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La tensión desgasta la tolerancia
©Miguel Ángel Ruiz Orbegoso

Para mediados del año 2001, tres seres humanos pusieron fin a su vida en algún lugar de la Tierra cada dos minutos. La tensión constante desgastó su capacidad para tolerar la desesperación. Y aunque pudo evitarse, lamentablemente un obstáculo favoreció el desarrollo de ciertos factores subyacentes, íntimos e insondables, en su corazón... ¡hasta el punto que detonó la carga explosiva del descorazonamiento!

Felizmente algunos que se acercaron al borde mismo de la muerte recuperaron el control de la brida de su vida y vivieron para contarlo, como Kay Redfield Jamison*, que confesó que cierta vez intentó suicidarse. Ella comenta que 'cuando la desesperación se vuelve insoportable, se debilita la capacidad mental para refrenar el impulso hacia el suicidio', tal como los frenos de un vehículo pueden volverse ineficaces en una pendiente pronunciada debido al roce constante. Entonces recuperó su confianza y comodidad, sintió nuevamente el compañerismo con los demás, se perdonó a sí misma, perdonó y pidió perdón a otras personas, y experimentó el éxito gracias a que tomó conciencia a tiempo de ciertos factores subyacentes, además de los obstáculos que le impedían sacar a luz el problema. Eso le permitió desactivar los detonantes.

"¿Factores subyacentes?", "¿obstáculos?", "¿detonantes?". Esas son palabras grandes. ¿Qué influencia tienen en la vida de las personas? Veamos.

El "lecho marino" de nuestro corazón

Un factor es un componente, una pieza, un elemento, un detalle, una parte de un todo. Y algo subyacente es aquello que yace o habita en una zona interior, íntima, inferior, profunda, recóndita, abisal o insondable. Cuando hablamos de un factor subyacente, nos referimos a un detalle latente u oculto. Usualmente decimos que "se nos escapó el detalle" después que las circunstancias se aclaran y nos damos cuenta de que hubimos pasado por alto cierto factor subyacente. Entonces, si es posible, le damos consideración, es decir, lo tomamos en cuenta, rectificamos nuestras acciones y obtenemos los resultados adecuados.

Eso significa que mientras se pasen por alto los factores subyacentes, será muy difícil atar los cabos necesarios para discernir un asunto. Por ilustrarlo, para atravesar el Canal de Panamá, el capitán de un barco está obligado por ley a ceder el mando de su nave a un Práctico, es decir, un navegante experimentado de la localidad que conoce perfectamente la geografía del lugar, especialmente el fondo marino. Una vez al otro lado, devuelve el control al capitán. El Práctico conoce perfectamente, por decirlo así,  "los factores subyacentes".

Algo similar sucede con las personas y las relaciones humanas. Aunque vemos y oímos a una persona con los ojos y oídos cuando nos habla, y tal vez hasta la toquemos al estrechar su mano, darle un abrazo o un beso, es imposible discernir los factores subyacentes que hay en su personalidad y carácter. Obtenemos una visión parcial. Solo el Creador puede discernir el 'lecho marino' de su mente y corazón, por decirlo así, sintonizar con ella a la perfección y satisfacer sus necesidades superiores.

¿Algo nos bloquea?

Por otro lado, un obstáculo es un inconveniente, un tropiezo, un estorbo, un atolladero, una barrera, una dificultad, un suceso imprevisto, un impedimento, un freno y cualquier cosa que entorpece o demora la consecución de cierto objetivo. Por ejemplo, tenemos que llegar puntualmente a una cita, y un accidente en la carretera obliga a todos a desviarse por una ruta alternativa. El resultado es que todos llegan tarde y cada uno sufre las consecuencias.

En las relaciones humanas, los obstáculos asumen una infinidad de tonos y matices dependiendo de lo que se trate. Por ejemplo, quizá queremos declarar nuestro amor a alguien y la timidez nos bloquee por completo. O queremos pedirle perdón a alguien a quien ofendimos, solo para enterarnos de que acaba de fallecer. O tal vez estamos llevando un regalo a un pariente, y nos enteremos de que acaba de traicionar nuestra confianza. O queremos contar a nuestros padres algo que nos genera una gran ansiedad, pero nos prohiben expresarnos con absoluta libertad. O queremos confesar un mal, pero sentimos temor de las consecuencias. El obstáculo se interpone impidiendo la solución, que pudiera estar representada por una satisfacción, alegría, consolación o absolución .

¿Una chispa en la alfombra?

Ahora bien, un detonante es una substancia o mezcla que puede causar el estallido de una carga explosiva, como, por ejemplo, la pólvora. Y hay muchas clases de detonantes, dependiendo del tipo de carga. Una chispa en una alfombra podría ocasionar un pavoroso incendio. En las relaciones humanas se podría decir que representa aquello que puede conducir a un estallido emocional. ¡Sí! Tal como para disparar balas hay que percutir la pólvora de sus casquillos, una pelea o "explosión de cólera" requiere un factor detonante.

Los factores subyacentes, obstáculos y detonantes son asuntos que nos conciernen, porque cuando se combinan negativamente pudieran liberar mucho poder destructivo. Por ejemplo, el suicidio es una manifestación y un efecto que nos desconcierta porque nada se puede hacer después de consumado. No podemos entrevistar al muerto. Discernimos muy tarde "el detalle que se nos había escapado", es decir, el factor subyacente, obstáculo o detonante que finalmente culminó en el hecho. Lamentablemente, como ocurre con los tornados: Hasta ahora su intensidad solo puede medirse por el daño que deja atrás". Voltaire decía filosóficamente, pretendiendo interpretar la voluntad del muerto: "Todo hombre que se quita la vida hoy en un arrebato de melancolía, en realidad habría deseado vivir hasta la próxima semana."

Por eso, veamos algunos de los factores subyacentes, obstáculos y detonantes más comunes y procuremos tenerlos siempre en cuenta para darles atención oportuna.

Factores subyacentes

Factores subyacentes pudieran ser: Interpretaciones inadecuadas de las circunstancias. Depresión. Estrés. Pena profunda. Pérdida de la esperanza. Falta de ganas de vivir. Herencia genética. Niveles bajos de serotonina en el cerebro. Alcoholismo. Afición por las drogas. Trastornos mentales. Cualquiera de estas cosas podrían desequilibrar a cualquiera.

Por ejemplo, el final de la obra "Romeo y Julieta" deja al espectador con una terrible sensación de impotencia al consumarse un suicidio que pudo evitarse. El apuesto Romeo se quita la vida junto al lecho de Julieta por creer que ella había fallecido. En realidad ella solo había bebido una poción que la sumió en un sueño profundo. Y Julieta se despierta y se suicida al ver lo que hizo Romeo. Una pésima interpretación de lo sucedido. Parece exagerado, pero  una simple deducción inadecuada puede acumular suficiente presión como para conducir  a un desenlace fatal.

Obstáculos

Obstáculos que dificulten o imposibiliten la solución pudieran ser: Sentimientos de vergüenza. Soledad por aislamiento voluntario. Desconfianza. Sensación de fracaso. Sentimientos de culpa. La persona pudiera sentirse tan avergonzada, que oculta o disimula lo sucedido. O tal vez se aísle manteniéndose a distancia de ciertas personas, o hasta completamente a solas. Por ejemplo, si alguien denuncia haber sufrido una violación, pero nadie le cree, pudiera ser más devastador que la violación misma, porque nadie denunciaría cosa semejante a sabiendas de que solo se le hará quedar en ridículo. Si piensa que nadie le creerá, o que el ofensor tomará represalias, tal vez prefiera ahogarse en silencio... o hacer algo peor.

Puede que se nuble el juicio de la persona, volviéndola excesivamente crítica consigo misma y con los demás, de modo que ahora condene dramática cualquier pequeño error humano, o deje de confiar en quienes, precisamente, hubieran podido ayudarla. Una vez arraigada la desconfianza en su corazón, tal vez abrigue una suspicacia exagerada para con todos. O pudiera embargarla una sensación de fracaso, sintiéndose inútil y sin probabilidades de tener éxito en campo alguno. El sentimiento de culpa quizás erosione su amor propio hasta dejarla con una sensación de vacío.

Cierta niña que había cumplido edad suficiente como para tomar conciencia de su femineidad se quejaba amargamente de su madre porque todas las semanas la revisaba para ver si había tenido relaciones sexuales con alguien. En su juventud temprara aquella madre había sufrido de abusos sexuales. Lamentablemente, perdió la perspectiva y echó a perder la felicidad de su hija rodeándola de un halo de desconfianza
permanente, cultivando en ella una fobia enfermiza por los hombres que se le acercaban.

También pudieran convertirse en obstáculos cualesquier sentimientos de autosuficiencia, exceso de amor propio o de confianza en sí misma, egolatría, presunción, arrogancia, orgullo, indiferencia, insensibilidad, apatía, engreimiento, falsa modestia o celo mal dirigido, cosas que impiden que reconozca y acepte cualquier clase de ayuda. Un alcohólico, por ejemplo, tiene que ser convencido de que tiene un problema, porque aunque le resulta imposible dejar de estirar la mano y tomar una copa, usualmente niega tajantemente su enfermedad.

Así, cualquier cosa, sentimiento o circunstancia que le cierre el paso a la ayuda que  requiere, se convierte en un verdadero obstáculo que, en el ínterin, contribuye a que los factores subyacentes se fortalezcan o multipliquen, acumulándose como una carga explosiva. Es así como lo que antes parecía algo insignificante, como, por ejemplo, una picadura de pulga, después se interprete como un mordisco de león, y más adelante, ¡como un pisotón de Godzila!

Detonantes

Puede convertirse en detonante potencial cualquier cosa que nos irrite o produzca estrés: Una injusticia. Una ofensa. Problemas en la escuela. Tensión por un examen. Sacar una baja calificación. La mención del nombre del ofensor. Mala salud que se quebrante gravemente de un momento a otro. Una fuerte inquietud acerca de lo que el futuro cercano deparare. Un problema familiar que se profundiza. Acoso intenso de parte de un abusón. Un romance trunco. Una profunda herida emocional causada, por ejemplo, por una traición. Sentimientos de incapacidad o impotencia para enfrentar un problema. Resentimiento. Envidia. Rencor. Celos. Sed de venganza por lo que se considera una injusticia. Separarse o divorciarse a mediana edad. Jubilación. Problemas laborales. Desempleo. Serias dificultades económicas. Pobreza extrema. Un revés en algún proyecto perfeccionista. Un fracaso total en los negocios. Deudas insoportables. Problemas con el Poder Judicial o con la Oficina de Impuestos. Hasta un factor subyacente podría convertirse al mismo tiempo en un detonante u obstáculo como, por ejemplo, la timidez o el sentirse acorralado.

Cualquier cosa puede convertirse en una fuente de estrés. Altos índices de delincuencia, problemas de vivienda, choque de culturas, prejuicio, una desilusión o decepción, cualquier clase de ruido molesto, escasez de alimentos o de agua, polución. Cualquier cosa que nos desilusione o eleve las tensiones generará frustración, y con ello, agresividad negativa y pérdida de paciencia.


Imaginemos que una joven pierde la esperanza de manejar cierta situación que para ella es de vital importancia (factor subyacente), y siente mucha vergüenza de hablar con su padre sobre el asunto porque él duda de ella (obstáculo). De repente, alguien la traiciona en un negocio, causándole una profunda decepción (detonante), activando la chispa que incendiará sus emociones.

De ninguna manera pretendemos simplificar la realidad, este artículo solo tiene el propósito de ilustrar la influencia que tienen los estímulos y las respuestas, las acciones y reacciones en la vida de las personas, para tomar conciencia de su impacto en nuestra motivación y en nuestras relaciones humanas, así como en las consecuencias por nuestras acciones u omisiones.

Carga explosiva

Como dijimos, para que un detonante funcione tiene que haber una carga explosiva. Los factores subyacentes primero tienen que acumular suficiente poder como para convertirse en una bomba. Desgraciadamente, el obstáculo cierra el paso a una consideración del asunto, y el poder efectivamente se acumula. Cuando hay suficiente carga explosiva, como, por ejemplo, una frustración insignificante, algo que a un observador casual pudiera parecerle una tontería, podría desencadenar una gran devastación. Cualquier ayuda que se hubiera podido ofrecer antes, llega tarde, porque el obstáculo impide que se note la verdadera magnitud del problema.

Por ejemplo, el rencor dificulta la ayuda porque impide que nazca o rebrote el sentimiento de misericordia, de compañerismo o de comodidad. La desconfianza cierra herméticamente su corazón como una compuerta de submarino, bloqueando todas las entradas. En cambio, recibiría la ayuda con una mejor disposición si logra cultivar pensamientos agradables. Sus sentimientos de culpa se aliviarían y la vergüenza desaparecería. Se sentiría más cómoda con su consejero, perdonaría voluntariamente a sus ofensores, o pediría perdón a quienes ofendió, y el sentimiento de compañerismo le devolvería la esperanza de poder alcanzar al menos un pequeño éxito en el futuro.

Confianza, comodidad, compañerismo, perdón y éxito son las cosas que hay que procurar a toda costa cuando queremos eliminar el obstáculo que impide tratar un asunto, porque en la mayoría de los casos pueden reducir la carga explosiva y allanar el camino a una consideración calmada. Sobre todo, si la persona está muy indispuesta, cualquier pequeño progreso es un alivio.

Piensa en función de principios

El ejercicio de algunos principios que rigen las relaciones humanas provechosas fomentan esos sentimientos básicos, especialmente cuando expresamos claramente cuánto valoramos a la persona, le decimos cuán útil es y cuánto la necesitamos.

Aislarse para rumiar el fracaso o cultivar los sentimientos de rencor es egoísta y muy perjudicial. En cambio, ayuda mucho aprender a expresar afecto sincero y a sintonizar con los demás, porque el desempeño eficaz en las relaciones humanas propende al éxito en cualquier otro campo.

Si queremos que confíen en nosotros, confiemos primero en los demás. Si queremos que nos perdonen lo que hicimos, perdonemos primero a los que hicieron algo en contra nuestra. Si queremos tener compañeros de verdad, hagamos cosas que estimulen el compañerismo de los demás. Si queremos que los demás se sientan cómodos en nuestra presencia, esforcémonos por sentirnos cómodos nosotros mismos en su presencia. Si queremos salir de un estado de fracaso, ayudemos primero a otros a tener éxito.

Una actitud perdonadora estimula la confianza; la confianza estimula el compañerismo; el compañerismo estimula la comodidad, y la comodidad estimula la producción de todas las demás cualidades que llevan al éxito verdadero en lo que respecta a las relaciones humanas.

Jamás olvides que el rencor aumenta la carga explosiva, mientras que el perdón la desactiva. Si en algún momento identificas un factor subyacente arraigándose y creciendo en tu interior, elimina el obstáculo buscando ayuda experimentada, confiando y perdonando.

Una salida para los sentimientos suicidas radica en el perdón. Necesitamos perdonar desde lo más profundo del lecho marino de nuestro corazón para renovar nuestros deseos de vivir, es decir, perdonarnos a nosotros mismos, perdonar a los demás y sentir su perdón. El perdón es el antídoto que salva la vida de las personas, y el rencor, el veneno que las consume.

"Pero ¿cómo voy a perdonar algo así?", puede que alguien diga. Y es cierto. No es algo tan simple. Pero si vemos más allá del dolor y logramos discernir lo que resultó en el comportamiento de la otra persona, tal vez podríamos comprender por qué cierto sabio dijo: "¡Perdónalos! Porque no saben lo que hacen". En otras palabras, muchas personas hacen daño a otras sin saber por qué. Probablemente fueron víctimas ellas mismas de una niñez ausente, de la falta de misericordia de otros o del odio criminal de parte de alguien, todo lo cual quizás les causó un daño irreparable en su mente y corazón, produciéndoles un callo en la conciencia, matándolas en vida.

De modo que cualquier solución eficaz debe concentrarse en el amor. Sin rencor, todo puede volver a la normalidad, todo se renueva, todo revive, todo regresa a su estado natural, las piezas encajan en su lugar, se nos cae la venda de los ojos y hallamos la respuesta o salida que estábamos buscando.

¡Siempre estamos a tiempo!

¡Sí! Al tiempo de escribir esto, se quitaban la vida en la Tierra unas 2700 personas debido a que ciertos obstáculos permitieron que ciertos factores subyacentes, íntimos e insondables, se desarrollaran hasta un punto crítico y atroz. La tensión constante desgastó su capacidad mental para tolerar la desesperación y un detonador los hizo volar en pedazos. Si tan solo hubieran sabido...

La próxima vez que contemples el lecho del mar, de un lago o río, piensa en tu íntimo e insondable corazón y evita cerrar tu mente como una compuerta de submarino. Siempre estarás a tiempo para pensar, para hablar con alguien y sacar a luz aquello que te molesta, para dar atención a la carga explosiva del rencor y la pasión de la cólera, para  desactivarla y dar cabida a un nuevo sentimiento, uno constructivo que te haga sentir bien. ¡Si! ¡Recuerda que siempre estás a tiempo!
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*Al tiempo de escribirse el presente artículo, Kay Redfield Jamison era Profesora de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins.


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