El
corazón de las personas es comparable a un caracol, en el
sentido de que se encierra bajo un caparazón cuando se siente
amenazado, y solo sale a comer cuando tiene hambre y no hay amenazas a
la vista. Tratar a las personas con dureza y desconsideración
las intimida y pone a la defensiva. No hay mérito en maltratar a
la gente ni pisotear su autoestima, a menos que deseemos destacar entre
los demás por nuestra falta de habilidad para obtener
cooperación inteligentemente.
Obtener
cooperación por medio de tratar mal a las personas jamás
ha producido los mejores resultados, porque las personas no se sienten
comprometidas a realizar su trabajo por lealtad ni por
satisfacción, sino solo por un sentido del deber. En una
empresa, esa clase de trato exige una supervisión estrecha sobre
el empleado, lo que aumenta el índice de rotación de
personal, perjudicando los intereses de la empresa al incrementar los
costos de capacitación y entrenemiento. A la larga, es agotador,
y nada rentable, capacitar a una persona nueva a cada rato. El empleado
nunca alcanza la eficiencia que realmente se requiere, y cuando la
alcanza, se le despide. No tiene sentido.
El efecto de una palabra cortés
Muchas
veces bastan unas cuantas frases amables para transformar una
plática áspera en un diálogo amable. Por ejemplo,
puedes decir cosas como: Mucho gusto, es un placer conocerte,
¿me permites ayudarte?, ¿puedo preguntarte algo?,
encantado(a), por favor, gracias, ¿tendrías la amabilidad
de pasarme esa hoja de papel?, aprecio mucho tu ayuda, te felicito
sinceramente, ¿te ayudo? ¿Puedo ayudarte? ¿Es
primera vez que vienes por aquí? Eso inspira confianza.
Usa actitudes corteses
Algunos
creen que presionando con fuerza la mano de la otra persona al
saludarla le comunican seguridad y confianza. Y es cierto que la
seguridad con que uno estrecha las manos puede comunicar eso. Sin
embargo, ¿por qué alguien querría presionar demasiado las manos a otra persona, hasta el punto de causarle dolor o incomodidad? ¿No será por otros motivos?
La
falta de cortesía no solo puede comunicarse con las palabras,
sino también con las actitudes. Es apropiado presionar con
seguridad, pero nunca hasta el punto de causar dolor o incomodidad. Hay
una diferencia entre comunicar firmeza y confianza, y comunicar rudeza
y maltrato. Por eso, evita presionar mucho la mano de las personas al
saludarlas, para que no te recuerden como una bestia salvaje.
Por
otro lado, tampoco es conveniente presionar tan débilmente que
les parezca que están agarrando un trapo. La cortesía
exige mostrar interés en la persona, y el grado de
interés puede percibirse con las manos. Hemos visto que
demasiada fuerza puede expresar brusquedad, y demasiada fragilidad
puede expresar debilidad. Mucha fuerza ahuyenta, mucha debilidad
despierta lástima.
Conecta a las personas
Recuerda
presentar a las personas que están contigo, no solo diciendo sus
nombres, sino un detalle sobre su personalidad por el cual puedan
recordarlas. Por ejemplo: "Te presento a Luis, es oftalmólogo",
"Permíteme presentarte a Betty, que está inscribiendo a
los participantes", "Carlos, te presento a Roberto, el esposo de Mary".
Pasar por alto la presentación podría interpretarse como
una descortesía. Si lo olvidaste, bastará con decir: "Ah,
disculpa, te presento a [...]", y asunto arreglado.
No destaques por la verborrea
Hay
gente que cuando le dan la palabra, hubiera sido mejor ponerles un
parche en la boca. Comienzan a hablar y no tienen cuándo parar.
A esas les coniendría tomar un curso para "Callarse en
Público". Es una descortesía hablar sin permitir que los
demás participen.
Si
tienes habilidad para conversar, pregúntate: "Cuando me conceden
la palabra en una conversación habitual, ¿suelo consumir
el tiempo hablando solamente de lo que a mí me interesa,
acaparando la atención de todos y centrando sus miradas solo en
mí? ¿O más bien, incito la participación,
haciendo preguntas y procurando que los demás se expresen,
apartando un poco la atención de mí mismo y guardando un
silencio respetuoso para oír lo que ellos también tengan
que decir? Recuerda: Consume el tiempo solo si recibes indicios claros
de que les encantaría oír tus relatos. Si no,
caerás muy mal y pasarás por descortés.
A
menos que se trate de un discurso, permite que los demás
también participen. No los interrumpas a cada rato para volver a
tomar el control y apabullarlos con tu verborrea. Facilítales
las cosas para que tomen parte.
Recuerda los pequeños detalles
Haz
los favores rápidamente y sin brusquedad. Manipula las cosas de
los demás con delicadeza y consideración. Devuelve cuanto
antes esa llamada. Responde cuanto antes las cartas que te hacen
llegar. Defiende los derechos de los demás de la misma manera
como defiendes los tuyos. Sé un amigo leal.
En
vez de hablar todo el tiempo como una cotorra acerca de lo que a ti te
interesa, llenando el aire con tu voz y con nada más que tu voz,
concentrando la atención en ti, habla con entusiasmo de las
cosas que interesen a la otra persona, sin acaparar la
conversación, haciendo preguntas a uno y a otro, usando frases
de cortesía y desplegando un trato amable. El resultado es que
no solo estimularás la comunicación, sino que
dirán de ti: "¡Qué amable es esa persona!", y te
abrirán la puerta adondequiera que vayas. ¿No es ese un
gran beneficio por el que vale hacer el esfuerzo?
Tratar mal a los demás tiene malas consecuencias
Cierto
cliente de un restaurante solía maltratar emocionalmente al
empleado que le servía diciéndole palabras poco amables.
No sabía que el vengativo empleado siempre escupía en su
plato antes de llevárselo. Las cosas llegaron al colmo el
día que el cliente mordió pequeños trozos de
vidrio, lo cual terminó en un escándalo. Le hubiera ido
mejor siendo amable.
Cierta
familia que vivía en un edificio de viviendas compró un
equipo de sonido de última generación. El día del
cumpleaños del dueño de casa lo comprobarían. De
hecho, bebieron licor hasta embriagarse y se descontrolaron, bailaron
hasta altas horas de la noche y subieron tanto el volumen que los
vecinos se quejaron. Debido a la borrachera, no hicieron caso a las
quejas y respondieron con vulgaridades, hasta agrediendo
físicamente nada menos que a la presidenta de la junta de
propietarios. Llegaron varias unidades de la policía, la fiesta
fue disuelta y citaron al dueño de casa. La pregunta es:
¿De qué les sirvió un equipo tan potente?
¿Acaso no se suponía que se divertirían?
¿Era así como habían planeado terminar el
día? Lo único que consiguieron fue un terrible malestar.
Nunca resulta bien tratar mal a las personas. Les hubiera ido mejor
siendo amables.