Recuerda:
La "conferencia" es una conversación entre el orador y su
auditorio, o
entre los panelistas de un panel, o entre un entrevistador y su
entrevistado. En cambio, un "discurso" es un monólogo en el que
presentas o explicas tus ideas y conclusiones sin
mediar diálogo alguno con nadie.
¿Pudiera haber una conferencia sin diálogo?
En
cierto sentido sí. Pero para entender lo que es una conferencia
sin diálogo es importante entender primero lo que es un
"discurso" y lo que significan las preguntas retóricas. Ya vimos
arriba lo que es un "discurso". Veamos lo que son las preguntas
retóricas.
Una
pregunta retórica es una pregunta que el orador hace sin esperar
que el auditorio la responda audiblemente. Es un diálogo mental entre el orador y su auditorio.
Por ejemplo, dice: "¿A buen entendedor...?" y deja que el auditorio piense: "¡Pocas
palabras!".
Ahora
bien, no solo hay preguntas retóricas, sino toda clase de
expresiones retóricas. Por ejemplo, cuando decimos: "Sabemos lo
que sucederá si no bebemos agua por varios días" (el
auditorio pensará: "Moriremos" o "nos deshidratamos"); o cuando
decimos: "Si uno salta sin paracaídas desde un avión, no
puede esperar caer como una plumita" (el auditorio piensa: "¡Por
supuesto, se matará!"). Ha ocurrido un diálogo mental
entre el orador y el auditorio. Lógicamente, esto implica un
manejo hábil de la pausa.
Por
lo tanto, aunque no ocurre un diálogo verbal audible,
sí está ocurriendo un diálogo mental,
retórico. El orador sintoniza a nivel mental y emocional con el
auditorio y no necesita que este responda audiblemente, porque sabe o
intuye casi exactamente lo que la mayoría está pensandom
no porque sea un adivino, sino porque la experiencia le ha permitido
alcanzar un profundo conocimiento de la mentalidad del oyente promedio.
De esta manera, aunque el oyente no le responda verbalmente, mutuamente
saben lo que ambos están pensando y conversan mentalmente.
Está ocurriendo una verdadera conferencia o comunicación
porque las ideas están de hecho fluyendo en ambos sentidos.
Ilustrémoslo
con lo que ocurre con un conferenciante en lenguaje de señas que
hace una presentación ante un auditorio de audioimpedidos. No
hay voz, no hay sonido, pero el público entiende perfectamente
lo que quiere decirles porque ellos están captando las ideas y
reaccionando con igual facilidad como sucedería si
estuviese hablando. Algo similar ocurre con el lenguaje
retórico. El orador y el oyente fluyen en su comunicación
con un intercambio de ideas, no solamente de
palabras habladas, cumpliendo el
propósito de la comunicación, sino con el lenguaje de las
emociones, de mucho más valor que las palabras. De modo que en
cierto sentido se la puede considerar como una
"conferencia" aunque no esté ocurriendo un diálogo
verbal, porque el orador está manifestando y despertando en sus
oyentes la empatía requerida para la comunicación en
doble vía.
Lógicamente, una advertencia: Aunque esto exige un manejo
hábil de las relaciones humanas y del conocimiento del ser
humano, y el orador pudiera intuir hasta cierto punto razonable
lo que sus oyentes están pensando, no debería ser
tan presuntuoso de jurar que sabe lo que sus oyentes están
pensando, porque pudiera haber quienes no concuerden con él, o
pudiera ser que algunos no tengan capacidad mental suficiente
como para entender todo lo que está dando por sentado, o pudiera
ser que se hayan distraído justo en el momento de la
retórica, u otra razón.
Por otro lado, si el orador simplemente les habla o se dirige a ellos leyendo
de un escrito o diciéndoles lo que piensa u opina, sin establecer una comunicación mental y/o emocional de doble vía, hasta evadiendo el contacto visual, se trata de nada más que de un discurso o monólogo. La marca del inexperto.
Por
eso algunos "discursos" resultan a veces tan aburridos. Porque el
orador simplemente se limita a hablar y hablar y hablar, explicando sus
ideas y los resultados de sus investigaciones en un interminable
monólogo que no contempla un intercambio intelectual en tiempo
real. Aunque propone excelentes ejemplos, no está dando una
conferencia porque no ha establecido un contacto de doble vía.
No se trata de una "conferencia". Da por sentado que le entienden, da
por sentado que están de acuerdo, da sentado que harán lo
que les sugiere, da por sentado que cumplió con los requisitos
de la comunicación, cuando en realidad no ha logrado ninguna de
esas cosas.
Si
el público se retira diciendo: "¡¡Qué buen
discurso!! ¡¡Voy a poner en práctica lo que el
orador ha sugerido!!" muy probablemente se debió a que, aunque
no hubo un diálogo audible, se trató de una conferencia
magistral. Ha movido a acción.
Solo
las conferencias magistrales alcanzan ese nivel porque los docentes y
oradores experimentados encienden y fomentan desde la
introducción un diálogo mental con sus oyentes con un
intercambio fascinante de pensamientos, rico en información
nutriente. Un orador magistral no se inmuta ante la interrupción
o pregunta difícil de algún oyente bienintencionado que
desea saber más. Si tiene la respuesta y puede dársela en
ese momento, se la da en tiempo real. Si no puede dársela en ese
momento, de seguro le indicará en qué momento de la
conferencia se la dará, ya cuando termine de considerar el punto
principal o al final de la conferencia; o tal vez le dé
pistas para que busque la respuesta en la biblioteca o en Internet. Y
si no la tiene, será franco y le prometerá buscarla y
enviársela por correo.
Siendo
que la conferencia procura un diálogo con los oyentes,
usualmente contiene más elementos de motivación que un
discurso, que suele ser más bien frío y directo, sin
esperar una respuesta o reacción del oyente. Viéndolo
desde este punto de vista también podríamos decir que en
cierto sentido el discurso va dirigido con lógica principalmente
a la mente, mientras que la conferencia va dirigida con ilustraciones y
preguntas principalmente al corazón, al centro de los motivos.
Generalmente un discurso hace un llamado al razonamiento, mientras que
la conferencia, al corazón.
Bla, bla, bla, bla
El
palabrero es un discurstante que rellena prácticamente todos los
espacios con palabras. Rara vez hace pausas de reflexión. Sus
presentaciones están saturadas de explicaciones y argumentos
convincentes, pero carecen casi por completo del calor de amistad y
tono conversacional típicos de una conversación. Hablan al auditorio en vez de con el
auditorio. Su actitud suele dar la impresión de satisfacer una
necesidad personal de hablar, no de compartir o intercambiar algo
contigo. Solo parece un mensaje unidireccional, un "yo hablo y
tú escuchas", no un "conversemos".
Ahora
bien, es cierto que no es posible conversar con mil personas, pero a
menos que realmente se trate de un anuncio unidireccional, en que el
auditorio solo debe oír instrucciones procedentes de un
organismo o entidad superior, la empatía exige un tono
conversacional que dé lugar a un sentimiento de intercambio. En
pocas palabras, los discursantes suelen tender a ser palabreros,
mientras que los conferenciantes a ser conversadores. Los discursantes
no acostumbran a hacer pausas, mientras que los conferenciantes
hábiles insertan una extraordinaria variedad de pausas.
Nada
de esto significa que la conferencia sea superior al discurso, o
viceversa. Cada uno tiene su propio estilo y forma de llegar a la mente
y corazón del oyente. En ocasiones, conviene presentar la
información como un discurso, y otras, como una conferencia. Por
eso, si las circunstancias lo permiten, se logran excelentes resultados
combinando los estilos del discurso y la conferencia dentro de una
misma presentación.
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