Los
padres suelen decir "¡No!" a todo sin percatarse de que con el
tiempo los niños también aprenden rápidamente las
ventajas de ostentar el poder de decir "¡No!". Aunque los hijos
tal vez consideren injusto que se les haya negado las oportunidades de
experimentar con todo lo que les rodeaba, no disciernen que sus padres
tal vez lo hicieron por su bien o porque tal vez consideraron injusto
que malgastaran sus recursos económicos en proyectos que
parecían terminar en nada. De modo que con el tiempo se
desatapó una guerra de manipulaciones en las que usualmente
ganó el más hábil o el que logró acumular
más poder o control.
Si
los padres despliegan un gran poder y control, y además lo usan
injusta o irrazonablemente, tal vez acaben echando a perder a sus hijos
en sentido emocional. Probablemente con el tiempo se alejen para no
volver nunca más, sobre todo si cada vez que llegan de visita se
les castiga diciéndoles "ingratos". O si los hijos logran tener
éxito con alguno de sus proyectos, pudieran usar sus nuevos
poderes para mantener a raya la actitud dominante e injusta de sus
padres... y también podríamos seguir indefinidamente
hablando de las posibles consecuencias.
Pero ¿es justo?
Si
miramos alrededor, notaremos que la principal característica en
todo el mundo es la injusticia. No solo los niños se quejan de
sus padres y los padres de sus hijos, sino la sociedad en conjunto de
los gobernantes y los gobernantes de sus súbditos. Si alguien
puede estar seguro de algo es que tendrá que sostener una lucha
terrible para lograr que se le haga justicia, ya se trate de un asunto
pequeño, como un problema hogareño, como de un asunto
grande, como un juicio en una corte gubernamental.
Nadie
ignora que muchas veces, en lugares distintos, se ha condenado a muerte
a personas que tras su ejecución demostraron ser inocentes. Una
nueva autopsia, un registro de ADN o una confesión tardía
dieron un vuelco al caso. Y tampoco ignoramos las increíbles
injusticias que los noticieros destapan a diario. Nos quedamos
boquiabiertos de las cosas terribles que suceden en el mundo.
De
modo que la exclamación “¡Esto no es justo!”
se ha vuelto casi natural y no parece importarle a nadie. De hecho,
¿qué juez le cree a una persona que dice:
“¡Pero yo no lo hice!” o “¡No fue mi
culpa!”? Pareciera que a la gente le basta con encontrar un
culpable aparente y lavarse las manos. El prejuicio, la parcialidad, la
ignorancia, los dogmas, el resentimiento, el rencor, la envidia, los
celos, la codicia toman el control y la injusticia florece como un
campo de flores.
Entonces, ¿qué hacer?
Los
conceptos justo e injusto dependen de la información que uno
procesa en su mente, la cual a su vez contribuye a fortalecer nuestra
escala de valores o el conjunto de mandatos y prohibiciones que
aprendió de niño.
En
cierta ocasión, en una conversación en la que
participaban varias familias, solté la pregunta:
“¿Qué es un extraño?”, y un
niño de unos 7 años de edad alzó la voz
espontáneamente: “¡Es una persona mala que nos
quiere hacer daño!”. Pero aunque nosotros sabemos que eso
no es cierto, el niño lo cree. De hecho, a pesar de que
después se aclare su entendimiento, abrigará dicha
definición del término como un fundamento de sus
conceptos básicos. Lamentablemente, muchos niños nunca
aclaran su entendimiento y continúan guiándose por el
resto de su vida de un concepto deforme de lo que significa ser un
extraño.
La
palabra “extraño” tiene siete o más
significados en el diccionario de la Real Academia Española. Una
de ellas es: “|| 4. Dicho de una persona o de una cosa: Que es
ajena a la naturaleza o condición de otra de la cual forma
parte”. ¿Crees que un niño entendería ese
significado? ¿Crees que sus padres lo entenderían?
¿Lo entendiste tú? ¿O necesitaste repasar varias
veces la frase para poder asimilarla? Los niños no entienden lo
que dice el diccionario. Tampoco entienden lo que la experiencia les
dice: que un extraño es sencillamente alguien a quien uno no
conoce. Ellos entienden lo que han entendido, cuando sus padres les
explicaron lo que es: “Una persona mala que les quiere hacer
daño”.
En
realidad, sus bienintencionados padres sembraron un prejuicio en su
mente, o por decirlo de otra manera, le implantaron una pieza de
información equivocada a partir de la cual el niño
evaluaría todas sus relaciones humanas. Sin duda se
mantendría seguro, pero también le costaría
más trabajo entablar relaciones humanas provechosas. A menos que
se rectificara ese concepto, tal vez se volvería exageradamente
suspicaz con los demás. Entonces expliqué a sus padres
que deberían sentarse con él y ayudarle a mejorar su
entendimiento del significado del término
“extraño”.
Pero
ese es un caso de entre cientos de miles de millones en los que el
prejuicio se infiltra nublando el juicio de las personas. Y otro tanto
pudiera decirse de la parcialidad, la ignorancia, los dogmas, el
resentimiento, el rencor, la envidia, los celos, la codicia y otros
razonamientos y sentimientos dañinos. Lo que en realidad los
padres querían enseñar al niño era que no hablara
con personas desconocidas o que no le fuesen familiares.
Sin
embargo, por mucho que implanten en el niño toda clase de ideas
adecuadas e inadecuadas sobre el significado de “cuidarse de los
extraños”, ¿acaso no dicen las estadísticas
que la mayoría de los abusos de menores ocurre dentro del hogar
o es perpetrada por personas conocidas y respetables en quienes la
familia confiaba? Dicho sencillamente, un extraño es alguien a
quien todavía no conocemos bien. Pero ¿a quién se
le ocurriría decirle al niño “cuídate de tu
abuelita o del sacerdote”.
Los
conceptos y significados erróneos contaminan la escala de
valores de las personas, luego la escala de valores, construida con
dichos conceptos, da a luz decisiones erradas, y las decisiones
erradas, un mar de injusticia.
Si
no corregimos los conceptos equivocados que hay en nuestra mente, no
podemos reorientar nuestras emociones para lograr mejores motivaciones
y decisiones. Si no entendemos que la injusticia puede brotar hasta en
los momentos más inesperados y que es el fruto de un conjunto de
decisiones equivocadas, basadas en prejuicio, parcialidad,
información incompleta, dogma, resentimiento, rencor, envidia,
enojo, celo, codicia y otros sentimientos perjudiciales, ahondaremos
nuestro sufrimiento y lucharemos contra un fantasma.
No
es que la gente quiera ser injusta por sí misma. Lo que ocurre
es que toma sus decisiones basándose en razonamientos
equivocados que dan lugar a sentimientos que se desorientan y refuerzan
el error. Los que estudian historia saben que Saulo de Tarso, un
varón culto, educado en las mejores escuelas del siglo I de
nuestra era, que gozaba de una envidiable posición social y
económica, terminó reconociendo que acosó y
maltrató a los que seguían la secta de El Camino porque
ignoraba muchas cosas y reaccionaba ante ellas de una manera
prepotente, llevado por el prejuicio. El resultado fue que un
día se vio forzado a detenerse, reflexionar, revisar
profundamente su escala de valores, aceptar sus errores y modificar no
solo su manera de ser sino sus metas y la manera de alcanzarlas. De
hecho, sus hechos posteriores no lo hicieron famoso como Saulo de
Tarso, sino como San Pablo.
Reconócelo y remóntate como un águila
Reconócelo:
Allá afuera el mundo es injusto porque promueve una avalancha de
ideas y emociones que se basan en muchos conceptos erróneos y
cuestionables. Si esperas que el mundo sea justo, estás
esperando el tren de las 8 pm a las 10 pm. Es algo que nunca va a
suceder.
Lo
único que podemos hacer es esforzarnos por entenderlo, revisar
permanentemente nuestra escala de valores para ver si no estaremos
cometiendo alguna injusticia con los demás, y hacer todo lo
posible por no meternos en problemas, sabiendo que si no obramos
rectamente aumentaremos innecesariamente nuestras probabilidades de
sufrir por el peso de alguna injusticia.
Una
de las primeras cosas que aprendimos en la vida fue a decir
"¡No!", porque nuestra curiosidad natural nos metió en una
y mil dificultades a cada rato. Pero hoy no se trata de que queremos
coger un adorno fino, llevarnos un objeto peligroso a la boca, meter el
dedo en un conducto eléctrico, correr por el borde de una
piscina, quedarnos despiertos toda la noche viendo televisión o
usando la computadora, o que no queremos bañarnos, tomar alguna
medicina o no cumplir con nuestras responsabilidades. Hoy no se trata
de caramelos. Lo que nos duele es que nos digan que "no" ante un
reclamo por justicia.
Por
ejemplo, caes en desgracia y un amigo te ofrece dinero para pagar tus
deudas y resolver tus problemas si estás dispuesto a poner tu
casa como garantía. Acuerdan que si no puedes pagar, él
se quedará con la casa. La propuesta de tu amigo te parece
justa, porque sabes que podrás pagarle poco a poco, y ambos
aceptan. Entonces te da el dinero y pagas todas tus deudas. Pero de
repente, tu amigo te dice que ya no quiere hacer ningún trato
contigo, que le devuelvas inmediatamente hasta la última moneda
de ínfimo valor. ¿Qué ocurrió?
¿Qué le hizo cambiar de parecer tan abruptamente? Una
persona malvada le dijo que alguien le dijo que
eres un ladrón, estafador y mentiroso, lo cual no es cierto.
Pero tu amigo prefiere creerle y te lleva a los tribunales y convence a
los jueces de que tú lo planeaste todo porque
eres un ladrón, estafador y mentiroso. Los jueces se
parcializan, tu amigo se queda con la casa y a ti te meten a la
cárcel. Así es este mundo, así es este mundo. En
cualquier momento puede desatarse una guerra de manipulaciones en las
que se concede el premio al más cruel. Supongo que una de las
mejores ilustraciones que puedo usar es un concurso de "Vale Todo" en
el que los contrincantes se desangran dando rienda suelta a su
habilidad para derribar al otro.
Pero
no te engañes, el final de los que se benefician
superficialmente de una injusticia es siempre terrible. Conozco
montañas de casos en que personas que se jactaban de la gloria
cayeron en la más triste desgracia. Todos pagan. No me cabe la
menor duda.
Acuérdate de Hamán el agaguita
La Biblia*
cita el caso del injusto Hamán, un agaguita malvado, y
Mardoqueo, un hombre a quien Hamán odiaba por ser el
único que no se inclinaba ante de él en símbolo de
pleitesía. Abreviando y parafraseando el relato, el asunto
ocurrió más o menos así:
Cierto
rey había convocado a las jóvenes más bellas de su
reino para escoger de entre ellas a la que sería la reina, y
cierto hombre llamado Mardoqueo, procedente de un país distante,
era primo de Hadassa, una joven hermosa a la que había adoptado
el día que murieron sus padres.
Cuando
el encargado de seleccionar y preparar a las candidatas vio a Hadassa,
le agradó mucho. De hecho, todos los que la veían se
admiraban de su hermosura. Por eso el día en que todas las
jóvenes desfilaron ante el rey, Hadassa procedió a salir
y el rey quedó prendado de ella de modo que la coronó
como reina y convocó a un banquete al que invitó a todos
sus príncipes y amigos.
Nadie
sabía que Mardoqueo era pariente de Hadassa porque él le
había impuesto guardar el secreto. De hecho, nadie sabía
que ella misma procedía del pueblo de Mardoqueo.
Un
día unos hombres malos quisieron matar al rey y casualmente
Mardoqueo se enteró, de modo que fue y se lo contó a su
prima, la que a su vez se apresuró adonde el rey y le
habló en nombre de Mardoqueo. Cuando el complot fue sofocado,
los hombres fueron ahorcados y el rey ordenó que los pormenores
de lo ocurrido se registraran en Los Libros Del Reino.
Después
de un tiempo, el rey en el cargo a Hamán el agaguita y
ordenó a todos que se inclinaran ante él. Pero
Hamán empezó a odiar a muerte a Mardoqueo por no
inclinarse cuando pasaba, y desde entonces buscó maneras de
destruir a Mardoqueo y a su pueblo. No sabía que Mardoqueo era
primo de la reina y que el pueblo de Mardoqueo era el pueblo de la
reina.
Poco
después, Hamán habló al rey acerca del pueblo de
Mardoqueo, diciendo que era un pueblo rebelde que no acataba sus
órdenes, y sugirió destruirlos. Al rey le pareció
bien y ordenó que se pusiera todo por escrito para que no se
anulara, y lo selló con su anillo de sellar. “Haz lo que
quieras con ellos. No muestres piedad a nadie”, le dijo. Y
Hamán se puso a beber y brindar.
Al
enterarse de lo ocurrido, Mardoqueo se apresuró adonde la reina
para contarle acerca del macabro plan de Hamán, y ella
movió los asuntos para entrar adonde el rey y hablarle al
respecto. Cuando el rey la hizo pasar, le dijo que le pidiera lo que
deseara, y ella invitó al rey y a Hamán a un banquete.
Al
llegar a su casa, Hamán convocó a toda su familia y
fanfarroneó acerca de la invitación de la reina y de su
plan de destruir a Mardoqueo y a su pueblo. Entonces su esposa y sus
amigos le sugirieron que mandara a hacer una plataforma especial para
colgar a Mardoqueo y que lo ahorcara antes de entrar al banquete del
rey, y Hamán mandó construir un enorme cadalso.
Pero
la noche anterior el rey no logró conciliar el sueño.
Algo le preocupaba. De modo que ordenó a sus siervos que le
leyeran Los Libros Del Reino,
y allí estaba el informe acerca de cómo Mardoqueo
había salvado valientemente al rey en lo de la
conspiración de los traidores. Por eso preguntó
qué habían dado a Mardoqueo como recompensa, y ellos
respondieron: “¡Nada!”.
Por
coincidencia, Hamán estaba de pie allí mismo en el patio,
a punto de entrar adonde el rey para pedirle que lo autorizara a
ahorcar a Mardoqueo. Pero al entrar, el rey le preguntó:
“¿Cómo debería honrarse a alguien que merece
la admiración del rey?”. Y Hamán, suponiendo que el
rey estaba pensando en él, respondió: “Que el
príncipe más encumbrado del reino lo vista como a un rey,
le ponga una corona en la cabeza y lo monte en uno de los caballos del
rey, llevándolo por la plaza de la ciudad y gritando delante de
él: ‘¡¡Así se le hace al hombre a quien
el rey admira!!'”.
Entonces,
el rey le ordenó: “Apúrate, toma el vestido y el
caballo, y haz a Mardoqueo tal como has dicho”. Y Hamán
tuvo que cumplir la orden, después de lo cual se retiró a
su casa, avergonzado y furioso.
Poco
después, unos oficiales vinieron a Hamán de parte del rey
y lo condujeron al banquete que Hadassa había preparado. En el
banquete, el rey preguntó a la reina: “¿Qué
deseas pedirme?”, a lo que Hadassa contestó: “Que el
rey me conceda mi vida y mi pueblo”. Y le confesó que ella
era del mismo pueblo que Mardoqueo, y que alguien había tramado
destruir al pueblo de Mardoqueo, lo cual significaba que ella
también tendría que morir debido a la orden del
rey”.
Entonces,
el rey preguntó: “¿Quién es el que se
atrevió a maquinar esta cosa tan despreciable?”. Y
Hadassa, señalando a Hamán, respondió: “El
enemigo que tramó todo esto fue Hamán el agaguita”.
Ante aquello el rey se molestó, se puso de pie y se
retiró al jardín a reflexionar. Pero al regresar a la
casa vio a Hamán tirado sobre la reina (porque se había
aterrorizado y estaba agarrando su vestido al suplicarle piedad.), y
exclamó indignado: “¡¡Qué!!
¿Acaso también vas a forzar a la reina estando yo
presente?”. Y uno de sus esclavos dijo: “¡Hay
más, oh rey! ¡Hamán ha construido especialmente un
enorme cadalso en su casa para ahorcar a Mardoqueo!”.
Y
el rey se puso tan furioso que dijo: “¡¡Ahorquen
allí a Hamán!!”. Y ejecutaron la orden del rey y
colgaron a Hamán en el cadalso que había hecho para
Mardoqueo. Finalmente, el rey se quitó su anillo de sellar y lo
dio a Mardoqueo apoderándolo para que dispusiera todo lo
necesario para que el pueblo de Hadassa y Mardoqueo se defendiera del
ataque inexorable que Hamán había ordenado.
Todos pagan
El
mundo no es justo. Pero puedes evitar meterte en problemas por medio de
revisar constantemente tus conceptos, descartando inmediatamente los
que no son correctos y reforzando los que se asen de la justicia.
Puedes estar seguro que, de todas maneras, tarde o temprano, todos
rinden cuentas por sus injusticias. Acuérdate de Hamán el
agaguita.
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