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Moral y ética, ¿son lo mismo?
©Miguel Ángel Ruiz Orbegoso

Sí y no, dependiendo del contexto. Moral viene del latín moralis (costumbres) y se refiere al conjunto de principios y normas elevados que la sociedad acepta, reconoce, promueve y exige como guía de comportamiento. Y ética viene del griego ēthos (hábito o costumbre), y ethikos (carácter). Ambas palabras tienen básicamente un significado similar. Sin embargo, por decirlo de manera simple, generalmente se considera que moral es el conjunto de normas de conducta mientras que ética es la conducta misma de las personas con base en dichas normas. Por ejemplo, si la madre dice a su hija : “¡No corras por el borde de la piscina!” está estableciendo una norma de conducta que espera que la niña obedezca. Si obedece, se dice que está actuando con ética.

No obstante, la niña ¿ha obedecido solo porque su madre se lo ordenó? Para que su obediencia no solo se base en el código de la madre, ella debe decirle:

- "No corras por el borde de la piscina porque podrías resbalar y golpearte, y si te golpeas, tendremos que irnos a casa para curarte y no podrás regresar a la piscina hasta dentro de un mes y no podrás venir a jugar con tus amiguitos. ¿Has entendido?".

- Sí.

- A ver, dime qué has entendido.

- Que si corro por el borde de la piscina, me puedo resbalar y golpear, y que si me golpeo nos iremos a casa y ya no vendremos a la piscina en un mes.

- ¿Un mes?

- O más..

De esa manera, la niña no obedecerá solamente porque la madre está dándole una orden, sino porque ha entendido la razón y hará suyo este aspecto importante del código moral, y por tanto, ya no obedecerá por no resbalar y golpearse, sino porque ADEMÁS no quiere irse a casa, sino seguir jugando en la piscina. La madre 1) le ha dado una orden, 2) le ha provisto un incentivo para cumplirla, y además 3) ha generado en su interior un incentivo propio que siga retroalimentando su determinación a seguir obedeciendo aunque ella no esté presente.

Lógicamente, la vida misma tiene sus propios recursos para ayudarnos a obedecer ciertas normas de conducta. En el ejemplo anterior, si la niña no obedeciera a pesar de las razones que se le hubieran dado ni a pesar del incentivo que se sembró en su corazón, es solo natural que, 
cuando la madre no la vea, ella continúe corriendo por el borde de la piscina hasta resbalar y golpearse seriamente y tengan que llevarla a casa para curarla. Entonces no solo sufrirá por el golpe, sino por no poder regresar a la piscina el resto de la temporada. Ahora sí aprende la lección, hace suyo el código moral y procura que en el futuro su comportamiento sea más eficaz. Aprende la ley de la consecuencia.

Por eso es interesante notar que la madre no solo le ha dado una orden y un incentivo, sino una seria advertencia de las consecuencias por desobedecer. La niña no solo recibe un código moral, sino una fuerte motivación para hacerlo suyo. Pero como su madre es más inteligente, porque sabe que probablemente su hija lo olvidará y correrá de vez en cuando, entusiasmada, ella observará su conducta por los próximos 15 minutos para fijar el concepto. Sabe que con una orden no basta, sino que debe inculcarla (repetirla varias veces), quizás hasta llamándola al orden y recordándoselo con firmeza en un tono amenazante. Ella no solo está teniendo en cuenta el sentido moral de su hija (el mandato), sino la ética (su comportamiento o respuesta al mandato). Si la niña acepta el consejo y reconoce que su madre sabe más que ella, no solo estará más protegida que si pasa por alto la orden, sino que se hará sabia y su comportamiento eficaz le ganará elogios de los demás, reforzando su autoestima e impulsándola hacia el éxito.

Por otro lado, decimos que una persona inmoral es la que no respeta -o se opone- a la moral,es decir, se rebela contra los códigos de buena conducta buenas costumbres; y que una persona amoral es la que no tiene moral, es decir, ni siquiera tiene un código moral al cual sujetarse, o que ignora conscientemente cualquier código que alguna vez haya conocido.

En el otro extremo tenemos a la persona confundida que se sujeta a un código supuestamente moral y se aferra a este a pesar de que nunca se detuvo a reflexionar en su consistencia. Sencillamente obedece porque sus padres (u otras figuras de autoridad) se lo inculcaron. Su sistema de "correcto" e "incorrecto", "bueno" o "malo" no se basa en una estructura sólida sino en meros temores alimentados por la tradición, la superstición, el prejuicio o la costumbre de una época. A partir de una base tan inestable cualquier cosa puede pasar: "Toda la gente de color es de raza inferior", "los niños no deben contradecir a los adultos", "nadie debe llegar a casa después de las 6". En tal ambiente los "nunca" y "siempre" se multiplican y se los aplica injustificadamente: "Nunca me digas que estoy equivocado", "Siempre debes consultarme todo antes de tomar una decisión". 

Deformado y contaminado el código (moral) se deforma y contamina la conducta (ética) resultante. Los pogromos registrados en la historia, y que lamentablemente todavía se llevan a cabo en algunos lugares de la Tierra, han sido el resultado de códigos morales retorcidos que las autoridades impusieron a la fuerza y las gentes aceptaron inconcusamente como verdaderos aplicando la letra de la ley sin tener en cuenta ninguna misericordia. ¡Prohibido desobedecer! ¡Prohibido reflexionar!¡Prohibido preguntar! ¡Prohibido opinar! ¡Prohibido cambiar! 

Con esto no quiero decir que ningún código moral sea confiable, sino que al manipularse nuestra natural necesidad por seguir un código (porque nuestra conciencia necesita un código, aunque sea rudimentario), se nos sujeta a un código incorrecto que no solo no nos permite movernos, sino que nos succiona y condiciona a prescindir de nuestra facultad de raciocinio. Los guardianes del código se asemejan a conductores de un tren sin frenos que se relevan unos a otros sin atreverse a hacer nada por mejorar las condiciones. Todo el sistema se retroalimenta aunque esté equivocado.

Por lo tanto, al margen de los significados y la palabrería, no suele enfatizarse que un empleado deba tener moral, sino ética; y no se dice que un estafador sea inético, sino inmoral. Por ejemplo, cuando motivamos a alguien, decimos que le hemos levantado la moral, no la ética. De modo que el uso que se da a estas palabras es diferente, pero básicamente, se refieren a lo mismo. Es el uso lo que suele conferirles una sutil diferencia. solemos usar "moral" para referirnos al conjunto de normas, es decir, al concepto general, mientras que preferimos referirnos a la "ética" para referirnos el desempeño, la conducta. El contexto es lo que finalmente indica el significado específico que se da coloquialmente a dichas palabras.

¿Cuándo empezó la ética?

Por lo común, se afirma que el origen de la ética se remonta hasta la filosofía moral griega. Sin embargo, siendo que los juicios de bueno, malo, correcto e incorrecto existen desde que el ser humano tiene conciencia, en Oratorianet.com enseñamos que, sin lugar a dudas, la ética y la moral son, en la naturaleza de las cosas, tan antiguas como el pensamiento consciente.  La respuesta realmente reside en los almacenes del tiempo.

La ética formula y comprueba las afirmaciones y juicios de la humanidad respecto a sus acciones en el marco de lo que se considera 'bueno' y 'malo', 'correcto' e 'incorrecto', así como en relación con sus 'obligaciones', 'prerrogativas' y 'prohibiciones'. Por ejemplo, el comité de ética de un ente colegiado vela por que sus miembros no violen el código moral de la institución, y en caso de pasarlo por alto, propone o aplica la disciplina que corresponde.

“Ladrón”, “incestuoso”, “inmoral”, “ejemplar”, “magistral” son valoraciones basadas en conceptos éticos. Por eso se llama rebeldes o antisociales a quienes adoptan posiciones intermedias o contrarias a la moral, o que no quieren ajustarse a ningún código estricto. Por ejemplo, una persona ecléctica pudiera sentirse justificada a quebrantar la ética y llegar a conclusiones antojadizas tales como: “Robin Hood no era ladrón, sino un ejemplar defensor de los pobres”, lo cual contradice el principio universal que indica que es incorrecto apoderarse sin autorización de lo que a uno no le pertenece.

Resumiendo, se entiende que aunque etimológicamente ética y moral tengan definiciones semejantes, la ética es la manera de comportarnos a la luz del código moral que nos han inculcado, la manera como respondemos o reaccionamos a la voz de nuestra conciencia moral. Por eso se dice que uno tiene moral cuando sabe perfectamente lo que es correcto e incorrecto, y tiene ética cuando lo demuestra con sus acciones.

¿Puntos de vista diferentes? 

Por lo tanto, al tratar de la conducta humanatendríamos que reconocer que una cosa es la moral como conjunto de normas establecidas por una comunidad que rige las acciones de todos sus miembros, y otra, la conciencia individual de los miembros de dicha comunidad. Esta diferencia implica una dificultad en potencia, ya que siendo que tenemos libre albedrío, cualquier miembro podría comenzar en cualquier tiempo a cuestionar a los demás, incluso oponiéndose a todos. Lógicamente, el pragmatismo terminaría otorgando la causa a quien sostuviera el mejor código y la mejor ética a fin de zanjar las cuestiones de fondo y forma. No puede haber dos afirmaciones ciertas que al mismo tiempo se mantengan firmes en un estado de oposición. Tarde o temprano una terminará cediendo o siendo eliminada bajo el peso de las consecuencias.

Por ejemplo, Colón mantuvo un enfrentamiento constante con los sabios de su época diciendo que era posible darle la vuelta al mundo en aproximadamente dos meses navegando hacia el oeste, mientras que los sabios afirmaban que era imposible porque la Tierra era más grande de lo que Colón suponía, cuyas declaraciones se fundaban en las antiguas teorías de Ptomomeo. Al final, quedó demostrado que Colón estaba equivocado, pero también quedó comprobado que los sabios no demostraron haberse comportado como verdaderos sabios ni científicos. 

Esto se debe a que ambos grupos solo disponían de teorías que nunca habían confirmado. En vez de competir tercamente uno en contra del otro, ambos grupos debieron cooperar entre sí hasta dilucidar la respuesta correcta. Por un lado, los sabios solo tenían teorías, pero no se atrevían a cruzar el mar para comprobarlas; y por otro, aunque Colón parecía estar equivocado, estaba dispuesto a dar la vida por hacerse a la mar y comprobarlo. La excusa de que el rey no estaba dispuesto a tirar su plata al agua por un proyecto descabellado no fue verdaderamente una excusa, porque en aquellos tiempos un par de carabelas era para los reyes lo que hoy sería un par de automóviles para un hombre rico.

Es cierto que muchos descubrimientos fueron posibles porque se rompieron los paradigmas o modelos antiguos, pero eso no debe confundirse con el libertinaje ni la rebeldía, porque no tiene nada que ver con eso. Una cosa es ensayar para descubrir e inventar cosas nuevas que mejoren la calidad de la vida, y otra muy diferente fomentar la desobediencia civil y el desorden. Tampoco debería usarse como justificación la teoría científica de que "todo tiende al desorden", porque precisamente la mano del ser humano es la que realiza el mantemiento de los equipos y herramientas que utiliza a fin de que no se echen a perder. Si nadie les diera mantenimiento, se oxidarían. La "tendencia al desorden" es, respecto de los asuntos del hombre, un efecto del descuido y de la falta de interés. Si no se enseña a los niños a arreglar su habitación, alguien tendrá que hacerlo o parecerá una casa de locos.

Con el tiempo, una diferencia de enfoques pudiera provocar discusiones o enfrentamientos acalorados sobre temas más importantes, tales como las causas justificadas para un matrimonio o un divorcio, el sentido de responsabilidad paternal y el derecho al aborto, la misericordia y la opción de practicarse uno a sí mismo la eutanasia, el beneficio o perjuicio de negar, autorizar o imponer un tratamiento médico cuestionable; y hasta enfrentamientos más serios, como chusmas, rebeliones, pogromos, genocidios y guerras. La pregunta es: ¿La norma o código moral de quién se debe tener en cuenta al tomar decisiones? ¿La que hay en la conciencia del propio afectado? ¿La de sus padres o abuelos? ¿La de sus ancestros? ¿La de un juez o tribunal? ¿La del presidente, jefe, pastor o hechicero de la tribu?

Es cierto que todos tenemos libertad para pensar y obrar de una u otra manera -lo que llamamos libre albedrío-, pero también es cierto que toda comunidad tiene normas propias que sus miembros convienen en acatar. Por ejemplo, en una sociedad moderna ninguno de sus miembros puede decidir que no se paguen impuestos o decidir que pueden matar a alguien porque no les cayó bien. Eso no está en discusión. O cumplimos la ley o vamos presos. Y por otro lado, no desestimamos que existen normas que están más allá de todo control humano. Por ejemplo, la ley de gravedad. Nadie puede decidir lanzarse desde un avión sin paracaídas y esperar llegar abajo sano y salvo; nadie puede sumergirse y bucear a -45 metros y suponer que no correrá peligro de sufrir una narcosis. Hay leyes y principios universales que escapan a la voluntad humana y que rigen para todos por igual, según su género y especie. Por eso las compañías de seguros no cubren los accidentes que ocurren más allá de cierto margen. Saltar de un avión sin paracaídas le tendría sin cuidado a un halcón peregrino, y a una foca no le molestaría sumergirse a grandes profundidades y por largos períodos.

Por eso, lo que para unos pareciera muy objetivo, para otros pudiera parecer mera subjetividad. De hecho, hay quienes afirman que la objetividad pura no existe, y que siempre juzgamos las cosas desde una perspectiva subjetiva, no importa cuán objetivos sean nuestros enfoques.

El punto es que mis valores difieren drásticamente de los de otra persona, según fui criado y educado, de modo que lo que para mí pudiera ser inaceptable, para otro pudiera ser aceptable; y aunque ambos hubiésemos recibido una formación similar, el conocimiento y la experiencia que hubiésemos adquirido individualmente a lo largo de la vida pudieran modificar drásticamente nuestros conceptos.

Por ejemplo, uno pudiera volverse un fanático religioso a pesar de que sus doctrinas no tuvieran ningún asidero confiable ("o te conviertes a mi religión o te mato"). Otro podría volverse un ateo empedernido a pesar de reconocer que no existe ningún efecto sin una causa. Por las mismas razones, una persona podría pensar que no causa daño a nadie si desparrama su basura en las calles, y otra tener la precaución de llevar consigo una bolsita, si por casualidad necesita deshacerse de alguna basurita, para arrojarlo después en un depósito apropiado.

Por eso, si alguien piensa casarse, debe observar cuidadosamente, y por todo el tiempo que sea necesario, la escala de valores por la que se rige su pareja, sobre todo cuando está bajo presión y toma decisiones que implican una postura ética. Si no tiene esa precaución, le dará sorpresas muy desagradables después de algún tiempo, especialmente después de que nazcan los hijos. Hasta la propia escala de uno podría ser un tropiezo para su pareja si no se toman en cuenta las diferencias. La vida es muy linda mientras no hay problemas, pero podría convertirse en un incendio abrasador si surgen presiones que exigen decisiones o reacciones éticas. Si ambos no se rigen por una escala de valores similar, no solo se expondrán a lamentar un mar de problemas, sino a ver, horrorizados, cuán fácil y rápidamente pueden complicarse la vida, ¡como un incendio!

El síndrome Robin Hood mencionado anteriormente surge cuando alguien sobrevalora lo que considera ‘buenas intenciones’ y justifica lo que en otras circunstancias hubiera considerado incorrecto. En otras palabras, tal vez justifique los medios que escogió para alcanzar cierta meta, pero sabía que no estaba obrando bien (un poquito de veneno no me matará). Es cuando oímos las noticias del deportista que consumió cierta sustancia química especial para potenciar su rendimiento y ganar una medalla; o la de un terrorista que se acogió a la “ley de arrepentimiento” solo porque se le acabaron las balas o lo capturaron.

Por eso, es importante tener en cuenta que una cosa es acatar una norma por estar bajo la obligación moral de hacerlo, y otra, porque realmente la persona desea acatarla por haberla hecho parte de sí misma. Por otro lado, el haberla hecho parte de sí misma no necesariamente significa que la norma sea correcta o esté justificada. Por ejemplo, hay quienes se sienten plenamente justificados a menospreciar, insultar, causar daño o hasta aniquilar a personas que no piensan como ellos o porque son de otro color, de otro vecindario, de otra pandilla, de otra facción, de otra nación, de otra religión, de otra secta, de otro partido, de otra tribu, de otro planeta o de otra dimensión.

Entonces, el que algo se acepte y acostumbre en un lugar no significa que sea correcto o incorrecto en otro. Por eso surge la eterna pregunta que muchos estudiosos no logran responder: ¿Existe verdaderamente un código moral que trascienda todas las culturas y religiones y pueda servir de base para considerar lo que verdaderamente es correcto o incorrecto, bueno o malo entre los seres humanos desde un punto de vista universal, tal como entre las diferentes especies de animales parece haber cierta armonía o equilibrio natural? Si en verdad entendemos que no puede haber un efecto sin una causa, la respuesta debiera ser sí.

Por tanto, muchos prefieren hablar de moral cuando se trata de principios que provienen de fuera, y de ética cuando provienen de nuestro interior, como una voz en la conciencia. La moral es el código al que todos deberíamos sujetamos, mientras que la ética es nuestro comportamiento a la luz de lo que nuestra conciencia nos dice que es correcto o incorrecto, basada en el código moral. En otras palabras, para que puedan brotar instrucciones a partir de nuestra conciencia tenemos que introducir previamente los principios guiadores básicos que provienen del código moral. Y si queremos entender cómo funciona la moral (el código o conjunto de principios y normas) y la ética (la manera como nos comportamos con base en dicho código), tenemos que enfocar la atención en los niños, ya que, dicho sin tapujos, todo se resume al hogar, donde por lo general se inculcan los valores básicos.

Ahora bien, aunque hay consenso entre la mayoría de especialistas en que los valores por los que una persona se rige por el resto de su vida se implantan antes de los 4 ó 5 años de edad, no se trata de valores que posteriormente no puedan modificarse si la persona se descuida, o si los refuerza conscientemente. Ella puede asumir la responsabilidad de mantener sus valores o modificarlos cuando lo desee, cambiándolos todos, reemplazando algunos o añadiendo otros a los ya existentes. El estudio y la experiencia influyen en su decisión de mantener o modificar su escala de valores y de someterse a ella estrictamente... o rebelarse.

Dicho sin rodeos, la cadena de la ética y la moral funciona así: Los padres y/o tutores instruyen y moldean a los niños. Todo lo demás son refuerzos, efectos de una causa. Enfrentémoslo: La disciplina o la falta de la misma es uno de los problemas más sobresalientes del comportamiento de los niños, y los hábitos y costumbres se arraigan en las tradiciones familiares perennizando la cadena. Por tanto, podemos cultivar una mentalidad fija: “Mis padres lo hicieron así, y yo seguiré haciéndolo igual hasta la muerte”, o “Así soy yo, siempre he sido así y no pienso cambiar, y al que no le guste, que se largue de aquí”; o bien cultivar una mentalidad en constante revisión: “Mis padres lo hicieron así, pero yo puedo hacerlo mejor”, o “Así soy yo y siempre he sido así, pero he decidido mejorar, porque ya no quiero ser así, y al que no le guste, más le vale comenzar a acostumbrarse”. Lógicamente, esta última postura no es muy cómoda al principio, porque exige mucho coraje, pero se puede. Por eso se dice que para volar sobre la tradición (de la comunidad o de la familia) hay que hacerse alas muy grandes.

Es oportuno tener en cuenta que, irónicamente, hasta los rebeldes que huyen de su hogar y luego se juntan con otros rebeldes terminan acatando códigos estrictos a los que los miembros del grupo que van uniéndose deben sujetarse con mayor rigidez e inflexibilidad que la que sus padres les impusieron en casa y por lo cual se rebelaron. Por un lado, se rebelaron contra la moral impuesta por sus padres, pero terminaron acatando reglas mucho más opresivas y exigentes, donde los castigos por violarlas pudieran variar desde la humillación más cruel hasta palizas inolvidables, si no algo peor (“Si nos traicionas, te matamos”).

Por eso algunos definen la ética como la ciencia de las costumbres, y otros prefieren definirla como una rama de la ciencia que estudia la bondad o maldad de los actos humanos en general a la luz de los patrones o modelos universalmente aceptados. Algo que sirve en corroborar las teorías o hipótesis del comportamiento. Pero su relatividad seguirá asombrándonos en tanto la humanidad siga rehusando unificar criterios y guiarse por un solo código moral. A esto se refieren los eclécticos que se sienten justificados a romper las reglas y decidir que tienen el derecho autodeterminado de fabricarse sus propias reglas, lo que a la larga suele generar un caos improbable de resolver. “Si no hubiéramos roto las reglas ni sometido a presión los paradigmas”, dicen algunos, autojustificándose, “nunca hubiéramos descubierto tal o cual cosa”.

Y es cierto que para realizar nuevos descubrimientos alguien tiene que permitir que la intuición y la investigación trasciendan los paradigmas, pero todo tiene un límite y debemos aprender a reconocerlo y respetarlo. En otras palabras, reconocer que hay paradigmas superiores que están sobre los paradigmas que pudieran modificarse. Por ejemplo, ninguna persona sensata se opondría a justificar la modificación de ciertas reglas o procedimientos en pro del progreso y desarrollo, siempre y cuando no perjudique, ni mucho menos ponga en peligro, la unidad, la paz ni la supervivencia de la humanidad. Desgraciadamente, a eso hemos llegado, y hemos chocado como el Titanic.

¿Una sola moral y ética para todos?

Bueno, preguntémonos: ¿Acaso el hecho de que cada vez más personas quieran disfrutar de tener un automóvil justifique que se rompa del equilibrio ecológico de modo que produzca un efecto invernadero y el deshielo de los polos destruya la Tierra? ¿Es realmente tan importante ir a tal velocidad que tengamos que usar cierta energía o combustible que destruya el planeta? ¿No sería mejor disfrutar todos de mayor bienestar manteniendo un procedimiento antiguo, en vez de poner en peligro la supervivencia de la humanidad solo porque unas cuantas personas quieren gozar de placeres que para disfrutar los cuales se requieran procedimientos arriesgados y peligrosos? Cuando nos detenemos a pensar con ética, llegamos a una conclusión; pero cuando no nos detenemos a pensar con ética, simplemente procedemos y hacemos lo que a la larga averiguamos y aceptamos que fue incorrecto. A eso me refiero con el Titanic.

Si en este momento tuvieras que votar para decidir a quién encargarle la administración de la Tierra, ¿en quién o en quiénes pensarías? ¿En alguien que carece de ética, cuya escala de valores está haciendo agua por haberse estrellado contra un iceberg debido a que siguió adelante a toda velocidad irresponsablemente solo por disfrutar de 15 minutos de gloria? Por favor.

Pero pensemos, ¿es la ética la que nos proporciona las razones para hacer algo (o no hacerlo), o son más bien las razones las que nos proporcionan la ética para hacerlo o dejar de hacerlo? No es mi propósito entrar en filosofías que giran como un trompo hasta caer inertes, sino simplemente estimularte a pensar y entender que tus acciones reflejan lo que eres por dentro, en cuanto a si te riges por principios rectos o torcidos, y, gracias a ello, puedas dejar de meter la pata y comenzar a capitalizar las acciones correctas, que son las que a la larga verdaderamente te permitirán disfrutar más de la vida.

Como bien dijo Michael Levin, profesor de filosofía del City College de New York, citado por el Times de Nueva York (1989): “La conducta recta es el resultado de un adiestramiento, no de la reflexión”. Pero lamentablemente sin reflexión no tendríamos oportunidad de siquiera comenzar a hacer algo por modificar la manera como hemos procedido. De hecho, reflexionar, tomar conciencia y autoexaminarnos sinceramente es el primer paso en la recuperación de cualquier conducta. El segundo es revisar y reestructurar la escala de valores (moral) con base en principios de comprobada eficacia. El tercero es adiestrarse en estos, es decir, ponerlos en práctica contra viento y marea hasta que se convierta en un hábito, costumbre o conducta (ética), de modo que, al observar el buen efecto que nos causa, deseemos no regresar nunca al modelo anterior

Eso de hacer cada uno lo que le da la gana teniendo como justificación la común definición del libre albedrío ciertamente ha resultado ser un desastre total para la humanidad. Nadie quiere renunciar a sus "derechos individuales", pero todos quieren paz. No se percatan de que la paz no es compatible con el desorden, y el orden es un producto de un código moral único. En fin...

¿Un mapa del comportamiento?

Por ejemplo, tu cerebro contiene un plano de tu cuerpo físico, de modo que aunque te amputaran un brazo tal vez sientas que sigue en su lugar. Pero si consumieras drogas y destruyeras la zona de tu cerebro que contiene el plano, pudieras experimentar estados de pánico producidos por la falta de puntos de referencia. Tal vez hasta te daría miedo adormecerte, porque entrarías en pánico de solo pensar en que te quedarás dormido. La pérdida irreversible del plano del cuerpo humano que hay en tu cerebro es uno de los síntomas característicos del raro síndrome de Kotar. Una vez perdido, no puede rehacerse, y hay que aprender a vivir sin él, lo cual pudiera ser desesperante. Quien juega con drogas, pudiera pagarlo realmente muy caro. “Quemar cerebro” no es una frase exagerada, como muy bien lo saben los que sufren de Kotar.

Bueno, con la ética sucede algo parecido, en cierto sentido. Cuando se pierde, el individuo queda a merced de los placeres inmediatos y a la larga pudiera sumirse en depresión, deambular por las calles sin un propósito en la vida, acabar en prisión o en un hospital psiquiátrico. La buena noticia es que no es igual al síndrome de Kotar, porque puede reconstruirse cultivando nuevas maneras de proceder, deteniendo la mala racha y comprobando que es posible salir adelante y disfrutar de la vida en términos diferentes, en términos que se avegan a un modelo de principios saludables. Diseñar un nuevo perfil con base en una escala de valores revisada, actualizada, mejorada y potenciada.

Por eso se dice que la ética no es una ciencia experimental, sino que se basa en razones válidas que proporcionan un fundamento sólido para el comportamiento. De esa manera sabemos por qué el asesinato, el fraude y el robo, por citar solo unos cuantos ejemplos, son comportamientos y conductas inaceptables en cualquier sociedad o comunidad.

Si logramos que un niño arme en su mente un conjunto de principios verdaderos sobre los cuales basar sus conclusiones, y que muy temprano en la vida aprenda a sacar lecciones del sistema de causa y efecto, es decir, que aprenda que cada decisión tiene una consecuencia (perjuicio o beneficio) a la cual tendrá que enfrentarse para bien o mal, le habremos dado una herramienta multipropósito para la toma de decisiones, y con el transcurso de los años se sentirá cada vez más seguro de sí mismo por saber que hizo lo que es correcto. “No quiero portarme bien solo porque lo exige mi papá, sino porque entiendo perfectamente que cada una de mis decisiones tendrá consecuencias, por pequeñas que sean”.

Lo que en una etapa temprana pudiera parecer disciplina injusta, con el tiempo pudiera evitarle ir a la cárcel, adquirir una enfermedad venérea incurable u otra desgracia. Los niños tienen que crecer con la noción clara de que le sobrevendrá una consecuencia desagradable por infringir flagrantemente el código moral que hay en su propia mente. Tiene que saber por qué hay personas que van a la cárcel, sufren enfermedades venéreas o se suicidan, por citar solo algunas, y tienen que saber que puede evitarse. Los niños ya no son como antes. Deben ser instruidos claramente respecto a los diferentes peligros que hallarán en la escuela, en el club, en la iglesia y en la calle. Un niño no adiestrado es un niño que se expone al peligro sin recursos para defenderse.

Si dice que “los niños no miden el peligro”, ¿verdad? Pero esa es una frase incompleta que oculta la verdadera causa de muchas desgracias que les ocurren a los niños. La frase completa es: “Los niños no miden el peligro porque sus padres no les enseñan con cariño a medir el peligro”. ¿Y cómo se les enseña? Mediante adiestramiento con base en el afecto sincero y en el sistema natural de causa y efecto, acción y reacción, decisión y consecuencia. El niño tiene que entender que hay un castigo por la violación del código moral que hay en su propia mente. Si no entiende eso, lo dejaremos como un bote que se deja a la deriva, sin timón, sin remos, sin combustible ni brújula. Tarde o temprano encallará en una playa desértica o se estrellará contra las rocas de alguna isla lejana.

Suena duro decirlo, pero en la mayoría de los casos, tras cada mala decisión tomada por un adulto respecto a asuntos de seria consideración, sobre todo cuando se justifica sin tener base, hay padres que no supieron criar, que no supieron enseñarle las diferencias entre lo bueno y lo malo, entre una decisión apropiada (qué favorece una consecuencia agradable) y una decisión inapropiada (que favorece una consecuencia desagradable). La mayoría de los padres se limitan a hacer pucheros y a decir: “¡Qué lindo eres!”, y le dan todo lo que piden. Pero no le dan las herramientas morales y éticas para construir su futuro.

Me refiero a que a menos que el niño entienda claramente que en verdad existe una consecuencia desagradable cuando se infringe flagrantemente el código moral que se le ha enseñado, no aprenderá a medir el peligro ni el riesgo que entrañan sus acciones, quedando totalmente expuesto a una cruda realidad que tal vez nunca llegue a entender (¿o no has oído a asesinos decir acerca de sus víctimas o de la sociedad: “En realidad, les hice un favor”)?

No estoy diciendo que uno debe desfogar su cólera masacrando a sus hijos. Me refiero a que los niños tienen que saber inequívocamente que 1) existen consecuencias reales y lamentables por pisotear flagrantemente los valores justos y rectosinculcados por sus padres y tutores, y 2) que sus padres son los encargados de hacerles ver el punto. ¿Cómo? Pudieran suprimir ciertos derechos o privilegios relacionados con el juego y la diversión, otorgarles premios especiales cuando manifiesten una buena conducta. Ahora existen leyes que penalizan es castigo físico. Los padres deben recurir a formas creativas de disciplina y control.

¿En qué casos es especialmente importante esto? Bueno, hay una infinidad de situaciones y no se puede pensar en todas. Pero les corresponde a los padres usar su imaginación y proyectarse hacia delante proactivamente para prever ciertas situaciones y explicar a sus hijos los peligros. Ciertos padres contemplaron con horror cómo el aparato de televisión había aplastado a su hijo, matándolo en un instante, porque el niño sacudió muchas veces violentamente la mesa sobre el cual estaba. En otro lugar, una niña murió en el hospital luego de rodar por las escaleras. En otro lugar, una señora comentaba, mostrando sus dedos torcidos, cómo se electrocutó cuando era niña. En otro lugar, un niño perdió la mano al lanzar fuegos artificiales, y en otro, un niño perdió las piernas por andar por una zona prohibida del campo. Y ha habido niños que se han metido a la lavadora, o han matado accidentalmente de un balazo a su hermanito, o se han asfixiado por tragarse objetos, o se han chupado los dedos después de acariciar al perro o al gato, introduciéndose la temida toxoplasmosis.

No es posible prever toda situación, pero sí es posible enseñar principios claros que gobiernen su vida. Por ejemplo, aunque no sofocaremos su afán de investigar y curiosear, que es la base de su desarrollo, le explicaremos claramente qué cosas no deben tocar, comer, oler ni mirar. Cuando tengan uso de razón, es decir, cuando comiencen a hacer preguntas, se les puede explicar claramente qué es lo que no deben tocar, comer, oler ni mirar sin permiso de sus padres; más adelante se les explica que se les dejará tocarlas, comerlas, olerlas y mirarlas cuando tengan más edad, y también se les aclara qué cosas no deben tocar, comer, oler ni mirar nunca. Por ejemplo, si contemplan un eclipse sin protección para los ojos, o el brillo que emite un equipo de soldadura, podrían terminar en el hospital y hasta perder la vista.

No es para volverlos enfermizos. Lo cierto es que sí se puede contemplar un eclipse, pero deben usar protectores para los ojos. Si pueden subir y bajar escaleras, pero deben saber qué es un traspié o cuáles son las consecuencias hay por caer aparatosamente. Pueden ver televisión, pero no todos los programas.

Una vez que el niño entienda el sistema de causa y efecto comenzará a aplicarlo a todo asunto en su vida y ya no necesitará que sus padres ni tutores estén vigilándolo para ver si obra bien o mal, porque él mismo habrá interiorizado el sistema de causa y efecto en su propio código moral, reconociendo que tras cada decisión existe una consecuencia real y tiene una pena por ello.

Pero ¿quién decide finalmente lo que es bueno y malo, correcto e incorrecto? Dijimos que los padres, con base en el código moral que ellos mismos recibieron de sus padres. Pero ¿si los padres recibieron una crianza insuficiente? Difícilmente se apartarán de las costumbres, tradiciones y reglas de la familia, y seguirán instruyendo ineficazmente a sus hijos. De ahí la importancia de la reflexión y el adiestramiento. No es que Levin diga que la reflexión no sirva, sino que se debe añadir el adiestramiento.

Eso nos lleva a una verdad indiscutible: Para averiguar si uno realmente está siguiendo un código moral correcto debe sentarse a reflexionar en los códigos o modelos recibidos por herencia, en cuanto a si estuvieron sustentados en la razón y la verdad. En otras palabras, meditar en las consecuencias y efectos cosechados a lo largo de la vida por someterse a dicho código, reflexionar en las consecuencias y efectos que ha tenido o tiene en la vida de sus hijos y nietos. ¿Son o fueron felices? ¿Tuvieron que sufrir una y mil desgracias antes de aprender que debían portarse bien?  

Cierta viuda que durante muchos años se alegraba de haber criado excelentemente a más de una decena de hijos sin haberles dado jamás un solo palmazo, se lamentaba por la terrible depresión que le causaba observar horrorizada que luego de cumplir los cuarenta años de edad, sus hijos comenzaban a desviarse poco a poco de sus enseñanzas y empezaban a pelear y discutir entre sí, hasta el punto de enemistarse como perros y gatos y odiarse a muerte. Se preguntaba ¿qué hice mal? Y entre otras cosas reflexionaba: “Creo que debí haberles dado un buen palmazo mientras estuve a tiempo”. En realidad, el punto es que la disciplina bien aplicada ayuda al hijo a entender lo que significan las consecuencias, es decir, la diferencia entre un beneficio y un perjuicio.

Conozco a especialistas en salud mental cuyos hijos dejan mucho que desear en lo que a ética respecta, que no difieren mucho de los hijos de la mujer mencionada arriba. Dejar a los hijos a rienda suelta y después consolarlos como si las consecuencias no les pertenecieran (el típico acto de golpear la roca y decirle: “¡Mala, mala, mala!”, como si la roca, no el niño, tuviera la culpa de haber tropezado con ella), no les enseña que ciertas consecuencias pueden evitarse con decisiones apropiadas, tomadas en etapas tempranas. En cambio, si los niños aprenden temprano en la vida que sus decisiones (grandes y pequeñas, correctas e incorrectas) tienen consecuencias, sabrán apoyarse en un código moral confiable y desplegarán lo que denominamos comportamiento ético.

Como dije antes, no intento filosofar ni aburrirte discurriendo sobre la moral y la ética, sino solo reforzar tu convicción de que todo tiene consecuencias en la vida, muchas de las cuales hubieran sido perfectamente controlables tomando otras decisiones. Por eso, ¿de qué me serviría hurgar en las tesis y antítesis holísticas, el verstand, vernunft y aufhenbung del asunto? Pero lo que aquí digo basta para estimularte a enseñar a los niños, lo más temprano en la vida, a observar y evaluar, en los términos más simples posibles, su propio comportamiento, y a percibir los valores que entran en juego tras cada elección.

Por ejemplo, cuando todavía es pequeño, pero con suficiente entendimiento, entrégale un huevo y observa lo que hace. En algún momento lo pondrá de cabeza y lo soltará, como siempre ha hecho con una pelota, rompiéndolo. Haz un gesto de asombro para recalcar tu desaprobación (“¡Ohhh!”) y dale a entender que eso no tuvo que ocurrir. Dile que traiga un trapo y deja que procure limpiar el piso. Luego, dale otro huevo, pídele que lo lleve con cuidado y lo coloque en un recipiente y ve si captó la lección. Si lo logra, festéjaselo con una sonrisa, un aplauso o un beso, y repite el ejercicio un par de veces. Si vuelve a romperlo, tal vez lo sobrestimaste; todavía no era el tiempo para enseñarle esa lección. Pero aún así, puedes usar a otro niño que le sirva de ejemplo, y entonces, al ver la escena del comportamiento correcto, entenderá lo que esperas de él. Si lo logra, sí era el tiempo para aprender la lección. Puedes hacerlo con un nieto o sobrino igualmente.

Los niños necesitan y pueden entender que los valores existen y sirven de base para tomar decisiones. Si no aprenden temprano el principio de acción y reacción, causa y efecto, decisión y consecuencia, les habremos hecho un daño que, en muchos casos pudiera asemejarse figuradamente al síndrome de Kotar. Es decir, les habremos borrado del cerebro el plano simbólico que necesitan para tomar decisiones y habrán quedado como un barco a la deriva en medio del océano, es decir, tomando decisiones a su buen entender, basándose en los valores que han absorbido de la televisión. ¿Qué decidirán cuando se desate para ellos la tormenta perfecta? ¿Decidirán cambiar el rumbo cuando aún estén a tiempo, u orgullosamente preferirán navegar hacia el huracán y enfrentar olas que a todas luces se nota que les será imposible superar?

“Pero todavía es muy chiquito, no entiende”, dirá alguien. Y respondo: “¡Qué ingenuidad!”. Los niños son más inteligentes que muchos adultos y aprenden perfectamente bien, muy temprano en la vida, sin maestros ni escuelas, a manipular las circunstancias a fin de que les compren lo que quieran y cuando quieran. ¿O crees que pierden el tiempo cuando ven televisión? ¡¡Muchos programas para niños les enseñan maneras eficaces de manipular a los demás!! ¿De dónde, si no, sacan eso de “nadie me comprende”?

En cierto supermercado dos esposos estaban discutiendo por no sé qué, y su hijo estaba observando. De repente, el padre dijo en tono firme: “Anda con tu madre”, y él respondió con una rabieta, vociferando: “¡Ayyyy, noooo! ¡Con mi mamá no! ¡Ella es la mala de la películaaaa!”. Y yo me preguntaba de dónde pudo sacar esa idea. No sería nada raro que su propia madre haya repetido en discusiones anteriores: “¡Claro, yo soy la mala de la película!”. Los niños son esponjas que aprenden muy bien las cosas. Pero hay que darles el material correcto, o lo interpretarán mal.

Nunca subestimemos la inteligencia de los niños. Ellos aprenden naturalmente a razonar, a sacar conclusiones y a percibir las definiciones de cuanto aparece ante ellos, y a veces captan la realidad mejor que los padres. Lógicamente, lo hacen de manera infantil y graciosa, pero aciertan... a su modo. Realizan su propia interpretación. Quizás no sepan lo que significa un valor, pero podemos ayudarles a discernirlo, cuando aprovechamos lo que sucede a su alrededor. Por ejemplo, si dice: “Mira papá, qué linda flor”, no sería razonable responderle: “Sí, hijito, esa flor se hizo sola, apareció por casualidad”, porque lo confundiríamos respecto al principio de causa y efecto. Y si dice: “¡Qué feo ese mono!”, no le diríamos: “No es feo, porque nuestros antepasados fueron monos”, porque cuando visite a sus abuelitos tal vez les diga: “¡Ustedes son monos, ustedes son monos!”.

Existe un conocimiento tácito en todos los seres humanos, que no debemos pasar por alto. Por ejemplo, un campesino que vive en una región muy apartada tal vez vea en cierta ocasión a un hombre montando bicicleta y se pregunte cómo lo hace, eso de mantenerse en equilibrio sobre las ruedas. Pero si consigue una bicicleta y lo intenta muchas veces, de seguro termina montándola, y sin duda se inclinará naturalmente a la izquierda o a la derecha cuando llegue a las curvas. No necesita conocimientos de física ni mecánica.

Igualmente sucede con la persona que lleva la ética a la práctica. Aunque no tenga estudios académicos de ética, se inclina naturalmente por la decisión más recomendable si se basa en un sistema interior eficaz de causa y efecto, acción y reacción, decisión y consecuencia.

La importancia del criterio

Pregúntate con base en qué criterios tomas tus decisiones. ¿En la presión que ejercen sobre ti las circunstancias, en la presión de otras personas, de las leyes o de tus deseos? ¿O las tomas basándote en los valores que aprendiste a defender porque entendiste que toda decisión en la vida tiene una consecuencia y sopesaste el factor riesgo/beneficio?

Dicen que el consuelo del tonto es dar consejos. En este caso, el tonto se refiere a alguien que por no medir las consecuencias tomó una mala decisión y sufrió la pena y que lo único que le quedó como consuelo fue poder aconsejar a otros para que tomaran la decisión correcta en etapas más tempranas de la vida y no les sucediera lo mismo.

Cierta joven se jactaba de ser muy liberal, le gustaba divertirse a sus anchas en clubes nocturnos a pesar de estar casada y tener varios hijos. Una noche conoció a un malandrín que poco a poco la sedujo a cometer un robo que parecía pan comido. Nadie se daría cuenta porque ella había trabajado en un banco y tenía ciertos conocimientos del teje y maneje del asunto, y él era un guardia de seguridad de una gran compañía. El resultado fue que con su parte del jugoso robo logró adquirir nada menos que una mansión de 2x2 en la prisión local y un curso de 8 años en delincuencia, para que cuando saliera metiera la pata más adentro.

¿Cuáles son tus valores?

Por eso surge la pregunta, ¿qué norma o valores tendrás en cuenta para tu próxima decisión? La clave está en la educación. Todos nos guiamos por lo que se nos ha enseñado. Nos conducimos según las reglas que se nos enseñaron en casa. Si no se nos enseñó la limpieza, difícilmente reflejaremos limpieza en nuestro arreglo personal, y además pasaremos dicha influencia a nuestros hijos. Pero aunque no se nos hubiera enseñado a ser limpios, todavía podemos aprender, si queremos, por medio de reflexionar, estudiar, averiguar y poner en práctica nuevos valores.

En el presente contexto, un valor es algo a lo cual asignamos una gran importancia y nos sirve de base para tomar decisiones apropiadas que resulten en bien.

En Oratorianet tenemos en cuenta diferentes clases de valores, según los objetivos. Por ejemplo, existen valores para motivar, valores para exponer en público, valores para las relaciones humanas y valores para vender. Pero todos se enfocan en un objetivo común: La satisfacción.

En el presente artículo consideraremos 5 valores aplicables a las relaciones humanas que son de comprobada eficacia en el trato. Cada uno de estos tiene el potencial de producir efectos maravillosos a corto, mediano y largo plazo, pero juntos producen una sinergia capaz de llevar tu satisfacción al más alto nivel de eficiencia en lo que a relaciones humanas se refiere. Cuando alguien nos ha contado sus problemas y dificultades en cierta relación, hemos comprobado que habían descuidado seriamente uno o más de estos valores:

Aprecio

El aprecio es el principal valor en nuestra escala de valores, porque apreciar es asignar un precio a las cosas. Un precio que no necesariamente se traduce en dinero. Sir Robert Walpole, del siglo 17 decía que “todo hombre tiene su precio”, una frase que ha dado la vuelta al mundo y ha perdurado en la conciencia de la humanidad. Todos tenemos un precio y estamos dispuestos a dar nuestro brazo a torcer cuando alguien lo paga.

Uno aprecia algo cuando le asigna un valor y lo demuestra viviendo su vida en armonía con dicho valor. Hay personas que fijan tarifas tan elevadas por su honor y dignidad que serían incapaces de hacer tratos con nadie al respecto. No violarían su código moral aunque las amenazaran de muerte. Ese es el caso de quienes no se quiebran ante las amenazas. Otros aceptarían poner a un lado su sentido de justicia y honradez por un regalo. Es el caso de las autoridades corruptas.

Uno pone precio a sus riñones de modo que quizás sería incapaz de donar uno de ellos a nadie. Pero quizás estaría dispuesto a dárselo a uno de sus hijos. Otro valora tanto el riñón de otra persona que sería capaz de contratar a sicarios que se lo roben, aunque ello significara dejarlo tirado en la calle, medio muerto. Uno quiere a sus hijos, pero los pederastas también, pero con otro propósito.

El aprecio determina a qué le prestamos atención y cuánto estaríamos dispuestos a pagar o cobrar por cada cosa que decimos o hacemos (en sentido general, no hablamos de dinero solamente). Existen los filantrópicos que no piden nada a cambio, y existen los grandes estafadores y chantajistas, que serían capaces de cualquier cosa con tal de satisfacer su codicia.

Pero este valor solo adquiere proporciones increíbles cuando lo manifestamos. En otras palabras, una cosa es sentir aprecio, y otra muy diferente, expresarlo. La forma más sencilla es diciendo “Gracias”. Otra manera es prestando verdadera atención cuando alguien nos saluda, nos habla o nos consulta.

Cuando sentimos aprecio por alguien, le expresamos agradecimiento por lo que esa persona significa para nosotros. Es fácil dar las cosas por sentadas y pasar por alto el sencillo gesto de expresar agradecimiento, pero como hemos dicho, es vital para las relaciones humanas porque hace que la otra persona sienta que sus esfuerzos valgan la pena, que se la valora como ser humano.

Menosprecio y desprecio significan lo opuesto. Saludar a alguien sin prestarle total atención es algo que suele interpretarse como un mensaje de “no me importas en absoluto”. Sin duda que produce un sentimiento de desprecio correspondiente. Este es un tema delicado porque debido a la imperfección tendemos a sensibilizarnos mucho ante cualquier indicio de menosprecio, por pequeño que sea, sobre todo si estamos pasando por un momento crítico.

Por ejemplo, Luisa, que es miope y ha olvidado ponerse sus lentes de contacto, pasa de largo sin saludar a Marita, pero Marita, malinterpretando lo ocurrido, no le dice nada. Simplemente también sigue de largo, pero piensa: “¡Hipócrita!”. Y en la siguiente oportunidad, cuando Luisa lleva puestos sus lentes, Marita la desconcierta quitándole el saludo. Esto ocurre muy a menudo. La mala interpretación es la madre de las malas relaciones. Pero la empatía nos ayuda a no caer en el error.

Empatía

Empatía es ponerse uno en el lugar de otra persona, una cualidad sin la cual es imposible llegar a su mente y corazón. Es la cualidad más difícil de cultivar, porque se opone a la inclinación egoísta, egotista y/o ególatra del ser humano. La tendencia que los medios de comunicación promueven es la satisfacción de uno mismo, no la del prójimo, y por lo tanto, no es fácil para las personas entender por qué deberían ponerse en el lugar de la otra persona, si lo que se supone es que ella se ponga en el de uno. Contradictorio, ¿verdad?

Figuradamente, diríamos que la empatía es como respirar por la otra persona o a través de ella, entrar en su mente y corazón para saber cómo se siente y poder reaccionar en armonía, tratarla correspondientemente. Por falta de empatía se rompen las amistades. Por falta de empatía se pasan por alto los sentimientos y las razones tras una decisión. Por falta de empatía uno antepone con firmeza su propio punto de vista sin consideración por el de la otra persona. Por falta de empatía levantamos paredes en vez de puentes, aislándonos de aquellos de quienes, de otro modo, pudieron seguir siendo nuestros amigos. Por falta de empatía retenemos el perdón y guardamos rencor. Por falta de empatía dejamos de ver las ventajas y los beneficios de pedir disculpas lo antes posible.

Un vendedor sin empatía es como un perro sin olfato, porque la empatía es esencial para percibir o reconocer las necesidades emocionales y limitaciones del cliente que a veces se esconden tras actitudes que disimulan su verdadera situación. El vendedor se concentra en las características del producto y en satisfacer las necesidades lógicas, echando a perder la venta.

Podemos decir que logramos tener empatía con alguien cuando realmente logramos comprender sus limitaciones y no le exigimos más de lo que verdaderamente puede dar o hacer. ¿De qué me sirve insistir en vender un producto de 50 si la personas solo dispone de 20? ¿O de qué me sirve hablar media hora de un shampoo si la persona necesita un perfume? ¿O de qué me sirve darle consejos sobre su vida conyugal si eso es precisamente de lo que no quiere hablar?

La empatía es un valor, y lo llevamos hasta el punto más elevado cuando decimos cosas como: “Te comprendo”, “No te preocupes”, “¿Puedo ayudarte?”, “¿Deseas hablar de ello?” o “Cuenta conmigo” “¿Qué opinas de eso?”, “Todos pasamos por problemas”.

Es fácil dar las cosas por sentadas y suponer que la otra persona sabe que la comprendemos. Pero en realidad, expresar comprensión significa más que sentirse como ella. Implica abrirse uno mismo y realizar acciones que realmente le demuestren que comprendemos sus limitaciones. Por ejemplo, cuando la perdonamos desde el corazón o le pedimos disculpas por haberla malinterpretado.

A veces las personas demoran más tiempo del que creemos y no pueden abrirse con nosotros hasta estar seguras de que nuestro interés es genuino. Eso nos lleva al siguiente valor clave.

Interés

Interés es inclinarnos de corazón hacia la otra persona de manera que se sienta el centro de nuestra atención por el tiempo que sea necesario. La miramos al rostro, sonreímos cortésmente, tal vez estrechemos su mano, y le prestamos muchísima atención a cada una de las palabras que dice. Le dejamos sentir que ha absorbido por completo nuestra atención en un instante.

Igual que los anteriores valores, no basta con sentir interés en nuestro interior. Tenemos que demostrarlo con hecho concretos. Por ejemplo, no mostraría interés por un auditorio si le habláramos mirando a la pared del fondo. Eso mostraría que los individuos que lo componen no nos interesan. Miramos a cada uno de ellos un momento, como conversando con esa persona, y luego pasamos a otra, haciendo sentir a todos que verdaderamente nos interesa saber cómo reaccionan al discurso.

Esto es particularmente importante cuando nos interrumpen, hacen preguntas u ofrecen sus comentarios. La manera amable de responder reflejará que realmente nos interesan. No mostraría interés si respondiéramos con aspereza, o dijéramos que su intervención ha sido de lo más inoportuna.

El interés en las personas es una cualidad fundamental de los anfitriones, porque sin interés se derrumba cualquier campaña publicitaria. Un anuncio que dice: “¡¡Venga, estamos para servirle!!” resulta en un despilfarro económico si en el punto de venta recibimos al cliente con una cara de palo, y peor si lo hacemos esperar y esperar y esperar. La publicidad resultó buena, porque atrajo al cliente potencial, pero la técnica de ventas resultó pésima porque el representante de la compañía que lo atendió descuidó la necesidad emocional del cliente con respecto a lo que le habían prometido: Buen trato.

Obsequiosidad

Obsequiosidad es también un valor clave. Significa ser generosos al dar de nuestro tiempo y atención, cuando obsequiamos algo que la otra persona valora. Por ejemplo, tal vez alguien te diga: “¡Qué bonito lapicero!”, y vas y le compras uno similar, o le regalas el que tienes.

Por supuesto, eso no significa que debas regalar todo lo que tienes. A veces podrás hacerlo, y a veces no. Sin embargo, lo que aquí resaltamos es el desprendimiento. Desprenderse uno de algo valioso para dárselo a otra persona. El efecto es un poderoso incentivo para las relaciones humanas. Regalar por regalar, o porque nos sobra el dinero, no causa tan buen efecto. El secreto del impacto en el corazón radica en el desprendimiento de algo que para uno es valioso, no el despliegue ostentoso del poder.

¿Por qué regalar? Porque un regalo tiene la capacidad de penetrar el corazón, aun el más endurecido, y causar un sentimiento de placer y satisfacción que no puede lograrse con ninguna otra cosa. ¿Por qué? Porque resume en un solo gesto todos los principales valores que promueven las relaciones humanas. Por ejemplo, anteriormente dijimos que el aprecio, la empatía y el interés son cualidades clave porque causan satisfacción; pero ahora imagina por un momento que metes todo en una pastilla y se la das a la otra persona. ¿Qué ocurriría? ¡Le causaría una explosión de satisfacción! Multiplicaste el efecto por tres.

Sin embargo, una advertencia. Como decía Peter Corneille: “La manera de dar vale más que lo que se da”. Ningún obsequio logra su cometido si no se da en el momento y la manera apropiados. El momento ha de ser cuando menos se lo espera, y la manera ha de ser única.

En cierta ocasión salimos del cine con mi esposa, nuestra hija de 9 años y dos amiguitas. Fuimos a dar una vuelta por un parque donde había una acogedora feria de artesanías. Solo estábamos mirando. De repente, las niñas mostraron un interés desbordante por unos llaveritos con imágenes de personajes de Walt Disney. Se les veían tan encantadas y felices, que les advertí: “No lo toquen si no lo van a comprar”, a lo que nuestra hija preguntó: “¿Puedes comprarme uno?”, y yo le dije: “No”. Y seguimos caminando y mirando cosas.

Pero en un momento en que se concentraron en otra cosa, yo hice como que me interesé en algo por allá, y regresé a lugar y le dije a la vendedora: “¡De prisa, déme esos tres allí, de prisa!”, y los compré. Cuando llegamos a la casa de sus amiguitas y nos despedíamos de ellas, metí mi mano al bolsillo y les mostré los llaveritos, diciendo: “Uno para cada una”. Estallaron de placer. El día de la boda de mi hija, una de aquellas niñas, que ahora también estaba casada, me dijo: “Nunca olvidé ese momento. ¡Fue lo máximo!”.

Un día en que sonó una canción por la radio mientras íbamos de un lugar a otro, el sonido de una harmónica resaltó de manera tan agradable que mi hija dijo, casi sin que nadie la oyera: “Me encanta la harmónica. Un día me compraré una”. Pero yo presté mucha atención. Dejé que pasara el tiempo, le compré una harmónica, la envolví en papel de regalo y le pedí a su esposo que la colocara bajo su almohada.

Cualquiera persona con suficientes ingresos puede ir a la tienda con un hijo y regalarle un automóvil. Pero una persona excepcional tal vez prefiera comprar el auto y poner la llave del automóvil sobre la mesa donde tomará el desayuno, o dentro de uno de los zapatos que sabe que llevará puestos, o colgarla del cepillo de dientes con una cadenita y una notita que diga: “Te espero afuera. Si no te gusta mi color, puedes cambiarlo cuando quieras”.

Un llaverito, una harmónica, un automóvil… no estoy hablando de cosas, sino de gestos. Cada uno sabe, mejor que nadie, lo que puede dar y cuándo puede darlo, pero lo importante, como dice Corneille, es hacerlo de manera que marque una diferencia. Eso es lo que penetra los corazones y deja imágenes imborrables que hacen que las personas sientan un profundo cariño por nosotros. No es el regalo en sí mismo lo que agrada, sino el momento y la manera de darlo, sobre todo cuando con ello demuestras que realmente pensaste en la persona.

Pero, sobre todo, recuerda que nada se aprecia tanto como el tiempo y las energías que dedicas a las personas, y que una sonrisa no cuesta nada. No esperes a que te ocurra lo que sucedió a cierto padre de familia muy ocupado que no pasaba mucho tiempo con su hijito. Cierto día el niño le preguntó: “Papi, ¿tú cuánto cobras por una hora de trabajo?”, a lo que su padre respondió: “¿Por qué lo preguntas?”. El niño dijo: “Porque estoy juntando mis propinitas para comprarte una hora para que estés solamente conmigo”.

Haz tú lo mismo. Presta atención. ¿Qué le gusta a la otra persona? Espera el mejor momento y dáselo de la manera más interesante.

Urbanidad

La urbanidad es tal vez uno de los valores que ética contienen, porque para manifestarla tienes que usar frases y gestos corteses y amables. 

Significa la delicadeza en el trato, la respetuosa distancia que uno mantiene con las personas en señal de consideración. Hablar vulgaridades, tratar mal a las personas, hacer bromas pesadas y burlarse de de todo es propasarse. La falta de respeto en el hogar se refleja tarde o temprano en la sociedad y termina carcomiendo sus estructuras.

La urbanidad es parte de lo que muchos denominan etiqueta (o ética) social. Contempla las reglas del buen trato en el desempeño. Por ejemplo, llevar la corbata bien puesta, el cabello bien arreglado, los zapatos limpios, las manos impecables, usar el toilette con respeto y consideración por los que lo usarán después, tener buen aliento, usar frases de cortesía y así por el estilo.

Lo ideal es que cada persona aprenda a respetarse a sí misma y a los demás de modo que se gane el respeto de todos y alcance cierta autonomía y sentido de responsabilidad, y que con el tiempo madure en la aplicación de los valores aprendidos. De esa manera, el código moral no solo se queda inerte en una intención, sino que lo lleva a la práctica para beneficio de sí misma y de los que la rodean.

En conclusión, con sentimientos y expresiones de aprecio, empatía, interés, obsequiosidad y urbanidad podemos dar niveles elevados a nuestros tratos, y experimentar la verdadera libertad que resulta de un proceder ético. En otras palabras, las reglas de comportamiento se dictan principalmente para quienes manifiestan desprecio, incomprensión, desinterés, codicia y falta de respeto por los demás, no para quienes valoran a las personas y procuran el bienestar de sus congéneres contribuyendo al esfuerzo de vivir en paz.

¿Tu punto de vista o el de quién?

Como hemos visto, todas las personas toman decisiones basadas en su propia manera de entender la vida. Unas tienen éxito, y otras no. Unas toman buenas decisiones, otras no. Unas reciben una buena educación, y con todo, se rebelan y tuercen las reglas para su propia conveniencia, estableciendo sus propios paradigmas, su propia cosmovisión o manera de ver las cosas.

Entonces, nos preguntamos ¿son correctos y bienvenidos todos los puntos de vista? Como dijimos anteriormente (cuando hablamos del caso de aquellos que adquirieron una mansión de dos por dos en la prisión), no es posible tener una visión equivocada y dar en el clavo de la satisfacción. La verdadera satisfacción solo procede del código moral correcto, de valores que promueven resultados correctos, positivos y constructivos a corto, mediano y largo plazo.

Es cierto que, para ciertas personas inexpertas en su trato, las demostraciones de aprecio, empatía, interés, obsequiosidad y urbanidad son tonterías y una pérdida de tiempo, no valores que muestran debilidad de carácter. Pero el tiempo inclina la balanza de la razón ¿y dónde terminan? Varadas en alguna playa, como una ballena que perdió la brújula. ¿Es eso aprovechar la vida? En otras palabras, hay dos clases de persona: La que aprende pronto que todas las decisiones tienen una consecuencia, una repercusión, y la que espera hasta el final para abrir los ojos y reconocer que si hubiera vivido su vida nuevamente, hubiese tomado decisiones muy diferentes.

Así decimos que la finalidad de la moral y le ética no puede ser naturalmente la infelicidad ni la insatisfacción, sino todo lo contrario. El perfecto orden en que se mueven los sistemas estelares y ecológicos nos muestran una cosmovisión perfecta de todas las cosas. ¿No has notados que cuando hablamos de imperfección nunca nos referimos a los animales ni a las cosas? Siempre nos referimos a los seres humanos. Porque el desorden y el caos nunca son producto de códigos irrazonables, sino todo lo contrario.

La naturaleza nos instruye todo los días con el canto de los pájaros, que nos dice que no estamos aquí por gusto, sino por una razón y un motivo específicos. Somos el efecto de causas que intervienen en nuestra vida. Pero la pregunta es: ¿Contamos con los códigos morales necesarios y apropiados para vivirla con ética? ¿Nos estamos tomando el tiempo para reflexionar en ello? ¿O tal vez hemos vivido demasiado aprisa?  

Así como todas las culturas y sociedades tienen diferentes códigos morales, igualmente cada individuo posee su propia visión de la ética. Lamentablemente, algunos piensan que mientras existan discrepancias básicas, la unidad y hermandad del hombre no será posible, porque lo que para unos sería loable, para otros sería condenable. La mismísima existencia de diferentes códigos morales se contradice con la esencia misma de un paradigma universal o cosmovisión, tal como sería absurdo que cada conductor estableciera sus propias normas de circulación vehicular y no esperara que aumentaran los accidentes. Va contra la razón.

Tal como la madre advierte a su hija que no corra por el borde de la piscina, y le da advertencias razonables por su bien, las bandadas de pájaros que vuelan en medio del cielo haciendo piruetas y giros increíbles de derecha a izquierda, y de arriba abajo, nos muestran que la naturaleza nos está diciendo que el secreto del éxito no consiste en que cada uno haga lo que le da la gana, sino en que se avenga a cierto criterio, bajo un solo código.

Si en una bandada, una sola de las aves decidiera hacer lo que quiere, se estrellaría con las demás. Pero no hace eso, porque el instinto le dice que el éxito de todas significa su propio éxito. Y lo mismo podemos decir de los cardúmenes, los rebaños, las gotas de lluvia. Todo armoniza con todo, en perfecta coordinación, aunque los individuos de cada especie son diferentes entre sí. No hay dos pájaros iguales, no hay dos copos de nieve ni dos puestas de sol iguales; pero todo refleja una perfecta armonía. Los únicos que faltamos somos nosotros. El libre albedrío nos resulta un poco incomprensible.

El ser humano, con sus diferencias morales y violaciones de los principios naturales ha ocasionado el trastorno que vemos todos los días en las noticias. Estamos atrasados en la ética humana. Un simple nido de hormigas refleja más orden y eficacia que cualquier organización humana. Seguimos buscando la verdad, pero fanfarroneamos diciendo que todo es relativo, que la verdad no existe.

Libertad, ¿hasta dónde?

Como bien dijo cierto pensador: La diferencia entre la libertad y el libertinaje radica en el sentido de responsabilidad. Y el sentido de responsabilidad existe porque existen las limitaciones. 

Cuando entendemos cuáles son nuestras limitaciones y las de los demás podemos entender nuestra verdadera libertad. Luego, lo enseñamos a los niños y se lo inculcamos hasta que demuestren que merecen más libertad. En otras palabras, somos libres en la medida en que respetamos nuestras libertades y nos sujetamos a ellas.

En mi trato con los demás tengo libertad para hacer muchas cosas, pero no todas me convienen. No tengo por qué echar mano de todos mis recursos ni jugar todas mis fichas a un solo caballo, por decirlo así.

Soy feliz en mi trabajo cuando aprecio el trabajo de los demás y lo demuestro reconociendo mis límites

Soy feliz en mi trabajo cuando comprendo con empatía las limitaciones de mis compañeros de trabajo, de mis superiores y subordinados, de mis hijos, de mi pareja, de mis padres y abuelos, de mis hermanos y tíos, de mis vecinos y condiscípulos, de mis maestros y asesores. Porque todos somos imperfectos y necesitamos más que nada que se comprenda que estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo. ¿Qué gano pensando que los demás tienen malas intenciones para conmigo?

Soy feliz en mi trabajo cuando verdaderamente me intereso en mis clientes, sondeo sus necesidades emocionales y les ofrezco los productos que más les conviene, cuando los visito o llamo por teléfono oportunamente sin esperar que se les terminen los productos que ya utilizaron. Cuando pienso en ellos y estoy para ellos cuando me necesitan.

Soy feliz en mi trabajo cuando soy una persona generosa que demuestra apertura de toda manera posible mediante obsequiar a tiempo un catálogo, una sonrisa, un gesto de amistad; cuando perdono una ofensa en vez de guardar rencor y me esfuerzo por ser una mejor persona cada día. ¿Qué gano levantando paredes que terminen encerrándome, en vez de construir puentes que permitan a los demás llegar a mi corazón?

Y soy feliz en mi trabajo cuando uso frases de cortesía para ablandar las relaciones tensas, cuando mantengo una distancia prudente con las personas y no me entrometo en sus asuntos privados, cuando reacciono con cortesía a pesar de su rudeza, porque comprendo que tal vez están atravesando por un momento difícil. Verdaderamente soy libre cuando reconozco mis limitaciones y jamás me aprovecho del trabajo ajeno para pisotear los justos intereses de mis compañeros de trabajo.

Comprendo que mis libertades pueden agrandarse o acortarse en la medida en que respeto los reglamentos y los derechos de los demás. Yo soy quien aumenta o reduce los lineros de mis propias libertades por medio de producir consecuencias positivas que dignifiquen mi vida.

He comprendido que si salto las barreras de la moralidad y busco maneras de justificarme, solo estoy engañándome interiormente, y tarde o temprano el resultado será reconocer, para mi lamento, que mis decisiones no fueron correctas.

Me acordaré de aquella joven que por salirse siempre con la suya terminó adquiriendo una mansión de dos por dos en una desolada prisión. No quiero que mis hijos sufran las consecuencias de mis malas decisiones, sino todo lo contrario. Me comprometo personalmente a hacer el esfuerzo de impartirle una educación y disciplina de la que jamás tengan que arrepentirse. Porque entiendo claramente que toda decisión, por pequeña que sea, tiene una repercusión directa en mis libertades, en mi felicidad y en la de los seres que amo.

Quiero ser diferente, quiero ser especial, quiero alcanzar mis metas y quiero demostrar que supe hacerlo en apego a un código moral que fue capaz de guiarme paso a paso por el difícil camino de la perseverancia. Quiero aprender lo que verdaderamente es la ética y enseñar a mis seres queridos el secreto que hay tras cada buena decisión.

Ahora entiendo que la moralidad es el conjunto de normas que me ayudan a vivir la vida de una manera que pueda sentirme siempre libre y feliz, respetando los derechos de los demás y haciéndome respetar. Y entiendo que la ética significa mi conducta basada en la moralidad.

Ahora entiendo que recibí una moral de mis padres, de mis maestros, de mis tutores, de mis asesores, y que siempre estuvo fuera de mí, hasta que mi mente y corazón, mis pensamientos y sentimientos, la acogieron para orientarme hacia el verdadero éxito.

Pero también entiendo que la ética no está en mí a menos que haga mío un código de moralidad que me hará feliz. Tal vez mis padres se equivocaron en algún momento, pero no quiero repetir sus errores, sino reforzar los buenos puntos y ser feliz.

Ahora entiendo que la moralidad y la ética van de la mano en todo momento, y quiero que cuando llegue el día en que ya no esté entre los míos, haya culminado la meta de haberlos inspirado en todo momento a respetar un código moral verdadero.

Quiero sentirme libre de obstáculos, libre de restricciones innecesarias, quiero sentir la libertad de poder alcanzar mis metas sin ofender a los demás. Quiero obrar bien. No quiero ser ignorante, no quiero tener miedo, no necesito montar en cólera ni violentarme contra nadie. Solo quiero ser feliz. Por eso quiero estudiar, quiero aprender más cosas y ser cada día más útil a los demás dentro de mis circunstancias.

Sé que mi libertad no es absoluta, y comprendo que la vida solo puedo vivirla con alegría y felicidad si me esfuerzo por entender mis limitaciones y las de los demás, viviéndola de modo que las generaciones futuras no me olviden tan rápido, sino que me recuerden como alguien que los amó entrañablemente, como alguien que siempre mantuvo en alto la ética como una bandera de dignidad personal.

Por eso, si quieres alcanzar el verdadero éxito en el trabajo y en todas las cosas, trabaja con ética, persevera, expresa aprecio hacia los demás, comprende con empatía sus limitaciones, interésate sinceramente en tus clientes y en tu familia, y no tengas miedo de ser una persona generosa. Porque el verdadero éxito no pertenece a quien lo quiere, sino al que lucha por él teniendo en cuenta la diferencias entre la moral y la ética.

Una persona pragmática es aquella que evalúa
la solidez y confiabilidad de la moral, la política y los protocolos de una organización
a la luz de la ética que manifiestan sus miembros en general.

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Bibliografía web sobre moralidad y ética

http://es.wikipedia.org/wiki/ética
http://www.misrespuestas.com/que-es-etica.html
http://www.filosofia.org/filomat/df467.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Valor
http://www.encuentra.com/documento.php?f_doc=1902&f_tipo_doc=9
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