Sí
y no, dependiendo del contexto. Moral viene del latín
moralis (costumbres) y se
refiere al conjunto de principios y normas elevados que la sociedad
acepta,
reconoce, promueve y exige como guía de comportamiento. Y ética viene del griego ēthos
(hábito
o costumbre), y ethikos (carácter). Ambas
palabras tienen básicamente un significado similar. Sin
embargo, por decirlo de
manera simple, generalmente se considera que moral es el conjunto de
normas de
conducta mientras que ética es la conducta misma de las
personas con base en
dichas normas. Por ejemplo, si la madre dice a su hija :
“¡No corras por el borde
de la piscina!” está estableciendo una norma de
conducta que espera que la niña
obedezca. Si obedece, se dice que está actuando con
ética. -
"No corras por el borde de la piscina porque podrías
resbalar y
golpearte, y si te golpeas, tendremos que irnos a casa para curarte y
no podrás regresar a la piscina hasta dentro de un mes y no
podrás venir a jugar con tus amiguitos. ¿Has
entendido?". - Sí. - A ver, dime
qué has entendido. - Que
si corro por el borde de la piscina, me puedo resbalar y golpear, y que
si me golpeo nos iremos a casa y ya no vendremos a la
piscina en un mes. -
¿Un mes? - O
más.. De
esa manera, la niña no
obedecerá solamente
porque la madre está dándole una
orden, sino porque ha entendido la razón y
hará suyo
este aspecto importante del código moral, y por
tanto, ya
no obedecerá por no resbalar y golpearse, sino porque ADEMÁS no
quiere irse a casa, sino seguir
jugando en la piscina. La madre 1) le
ha dado una orden, 2) le ha provisto un incentivo para cumplirla, y además
3) ha generado en su interior un incentivo propio que siga
retroalimentando su determinación a seguir obedeciendo
aunque ella no esté presente. Por
eso es interesante notar que la madre no solo le ha dado
una orden y
un incentivo, sino
una seria advertencia de las consecuencias por
desobedecer. La niña no solo recibe un
código moral,
sino una fuerte motivación para hacerlo
suyo. Pero como su madre es más inteligente, porque
sabe
que probablemente
su hija lo olvidará y correrá de vez en cuando,
entusiasmada, ella observará su
conducta por los próximos 15 minutos para fijar el concepto.
Sabe que con una
orden no basta, sino que debe inculcarla (repetirla varias veces),
quizás hasta
llamándola al orden y recordándoselo con firmeza
en un
tono amenazante. Ella no
solo está teniendo en cuenta el sentido moral de su hija (el
mandato), sino la ética (su
comportamiento o respuesta al mandato). Si la niña acepta el
consejo y reconoce que su madre sabe más que ella, no solo
estará más protegida que si pasa por alto la orden, sino
que se hará sabia y su comportamiento eficaz le ganará
elogios de los demás, reforzando su autoestima e
impulsándola hacia el éxito. Se dice que una
persona inmoral
es la que no respeta -o se opone- a la moral,es decir, se rebela contra los códigos
de buena conducta buenas costumbres; y que una persona amoral es la que no
tiene moral, es decir, ni siquiera tiene un código moral al
cual sujetarse, o que ignora conscientemente cualquier código que alguna vez haya conocido. Por lo tanto,
al margen de los significados y la palabrería, no suele enfatizarse que
un empleado deba tener moral, sino ética; y no se
dice que un estafador
sea inético,
sino inmoral. Por ejemplo, cuando motivamos a
alguien,
decimos que le hemos levantado la moral, no la ética. De
modo que el
uso que se da a estas palabras es diferente, pero
básicamente, se
refieren a lo mismo. Es el uso lo que suele conferirles una sutil
diferencia. solemos usar "moral" para referirnos al conjunto de
normas, es decir, al concepto
general, mientras que preferimos referirnos a la "ética" para
referirnos el
desempeño, la conducta.
El contexto es lo que finalmente indica el significado
específico que
se da coloquialmente a dichas palabras. ¿Cuándo
empezó la ética? Por
lo común, se afirma que el origen de la ética se
remonta hasta la filosofía
moral griega. Sin embargo, siendo que los juicios de bueno, malo,
correcto e
incorrecto existen desde que el ser humano tiene conciencia, en
Oratorianet.com
enseñamos que, sin lugar a dudas, la ética y la
moral son, en la naturaleza de las cosas, tan
antiguas como el pensamiento consciente. La
ética formula y comprueba las afirmaciones y juicios de la
humanidad respecto a
sus acciones en el marco de lo que se considera 'bueno' y 'malo',
'correcto' e
'incorrecto', así como en relación con sus
'obligaciones', 'prerrogativas' y
'prohibiciones'. Por ejemplo, el comité de ética
de un ente colegiado vela por
que sus miembros no violen el código moral de la
institución, y en caso de pasarlo por alto, propone o aplica la disciplina que corresponde. “Ladrón”,
“incestuoso”, “inmoral”,
“ejemplar”, “magistral” son
valoraciones basadas en
conceptos éticos. Por eso se llama rebeldes o antisociales a
quienes adoptan
posiciones intermedias o contrarias a la moral, o que no quieren
ajustarse a
ningún código estricto. Por ejemplo, una persona
ecléctica pudiera sentirse justificada
a quebrantar la ética y llegar a conclusiones antojadizas
tales como: “Robin
Hood no era ladrón, sino un ejemplar defensor de los
pobres”, lo cual
contradice el principio universal que indica que es incorrecto
apoderarse sin
autorización de lo que a uno no le pertenece. Resumiendo,
se entiende que aunque etimológicamente ética y
moral tengan definiciones semejantes,
la ética es la manera de comportarnos a la luz del
código moral que nos han
inculcado, la manera como respondemos o reaccionamos a
la voz de nuestra
conciencia moral. Por eso se dice que uno tiene moral cuando sabe
perfectamente
lo que es correcto e incorrecto, y tiene ética cuando lo
demuestra con sus
acciones. Por lo tanto,
al tratar de la conducta humana
tendríamos que reconocer
que una cosa es la moral como conjunto de normas establecidas por una
comunidad, que rige las acciones de todos sus miembros, y otra, la
conciencia
individual de cada miembro de dicha comunidad. Esta diferencia implica
una
dificultad en potencia, ya que cualquier miembro podría
comenzar a rebelarse y abrigar un
punto de vista diferente al de los demás. Es
cierto que muchos descubrimientos fueron posibles porque se rompieron
los paradigmas o modelos antiguos, pero eso no debe confundirse con el
libertinaje ni la rebeldía, porque no tiene
nada que ver con eso. Una
cosa es ensayar para descubrir e inventar cosas nuevas que mejoren la
calidad de la vida, y otra muy diferente fomentar la desobediencia
civil y el desorden. Tampoco debería usarse como
justificación la
teoría científica de que "todo tiende al
desorden", porque precisamente
la mano del ser humano es la que realiza el mantemiento de los equipos
y herramientas que utiliza, a fin de que no se echen a perder. Si nadie
les diera mantenimiento, se oxidarían. La "tendencia al
desorden" es,
respecto de los asuntos del hombre, un efecto del descuido y de la
falta de interés. Si no se enseña a los
niños a arreglar su habitación,
alguien tendrá que hacerlo o parecerá una casa de
locos. Con
el tiempo, esta
diferencia de enfoques pudiera provocar discusiones o enfrentamientos
acalorados
sobre temas más importantes, tales como las causas
justificadas para un
matrimonio o un
divorcio, el sentido de responsabilidad paternal y el derecho al
aborto, la
misericordia y la opción de practicarse uno a sí
mismo la eutanasia, el
beneficio o perjuicio de negar, autorizar o imponer un tratamiento
médico
cuestionable; y hasta enfrentamientos más serios, como
chusmas,
rebeliones y
guerras. La pregunta es: ¿La norma de quién se
debe tener uno en cuenta
al tomar decisiones? ¿La que hay en la
conciencia del propio afectado,
la de sus padres o abuelos,
la de sus ancestros, la de un juez, la del presidente, la del jefe o
hechicero
de la tribu? Es cierto que
todos tenemos libertad
para pensar y obrar de una u otra manera, lo que llamamos libre
albedrío, pero
también es cierto que toda comunidad tiene normas propias
que sus miembros
convienen en acatar. Por ejemplo, en una sociedad moderna ninguno de
sus
miembros puede decidir que no se paguen impuestos o decidir que pueden
matar a alguien
porque no les cayó bien. Eso no está en
discusión. O cumplimos la ley o vamos presos.
Y por otro lado, no desestimamos que existen normas que
están más allá de todo control
humano. Por ejemplo, la ley de gravedad. Nadie puede decidir lanzarse
desde un
avión sin paracaídas y esperar llegar abajo sano
y salvo; nadie puede
sumergirse y bucear a Por
eso, lo que para unos pareciera
muy objetivo, para otros pudiera parecer mera subjetividad. Mis valores
pudieran diferir drásticamente de los de otra persona,
según fui criado
y educado,
de modo que lo que para mí pudiera ser inaceptable, para
otro pudiera
ser
aceptable; y aunque ambos hubiésemos recibido una
formación similar, el
conocimiento
y la experiencia que hubiésemos adquirido individualmente a
lo largo de
la
vida pudieran modificar drásticamente nuestros conceptos.
Por ejemplo,
uno
pudiera volverse un fanático religioso a pesar de que sus
doctrinas no
tuvieran
ningún asidero confiable, y otro
volverse un ateo empedernido a pesar
de razonar que
no puede existir ningún efecto sin causa; uno pudiera pensar
que no
causa daño a nadie si arroja basura a la calle, y otro tal
vez
acostumbre llevar consigo una bolsita, por si acaso. Por ejemplo, si
quieres casarte, observa cuidadosamente y por todo el tiempo
que sea necesario la
escala de valores por la que se rige tu pareja, sobre todo cuando
está bajo presión
y toma decisiones que implican una postura ética. Si no
tomas esta precaución, te dará sorpresas muy
desagradables después de algún tiempo,
especialmente después de que nazcan los hijos.
Hasta tu propia escala pudiera ser un tropiezo para tu pareja si no
tomas en
cuenta las diferencias. La vida es muy linda mientras no hay problemas;
pero
pudiera convertirse en un incendio abrasador cuando surgen presiones
que exigen
decisiones o reacciones éticas. Si ambos no se rigen por una
escala de valores
similar, no solo se exponen a lamentar un mar de problemas, sino a ver,
horrorizados,
cuán fácil y rápidamente pueden
complicarse, como un incendio. El
síndrome Robin Hood mencionado anteriormente
surge cuando alguien sobrevalora lo que considera ‘buenas
intenciones’ y
justifica lo que en otras circunstancias hubiera considerado
incorrecto. En
otras palabras, tal vez justifique los medios que escogió
para alcanzar cierta
meta, pero sabía que no estaba obrando bien (un poquito de
veneno no me matará).
Es cuando oímos las noticias del deportista que
consumió cierta sustancia
química especial para potenciar su rendimiento y ganar una
medalla; o la de un
terrorista que se acogió a la “ley de
arrepentimiento” solo porque se le
acabaron las balas o lo capturaron. Por eso, es
importante tener en
cuenta que una cosa es acatar una norma por estar bajo la
obligación moral de
hacerlo, y otra, porque realmente la persona desea acatarla por haberla
hecho
parte de sí misma. Por otro lado, el haberla
hecho
parte de sí misma no
necesariamente significa que la norma sea correcta o esté
justificada. Por
ejemplo, hay quienes se sienten plenamente justificados a menospreciar,
insultar, causar daño o hasta aniquilar a personas que no
piensan como ellos o porque
son de otro color, de otro vecindario, de otra pandilla, de otra
facción, de
otra nación, de otra religión, de otra secta, de
otro partido, de otra tribu,
de otro planeta o de otra dimensión. Entonces, el
que algo se acepte y acostumbre
en un lugar no significa que sea correcto o incorrecto en otro. Por eso
surge
la eterna pregunta que muchos estudiosos no logran responder:
¿Existe
verdaderamente un código moral que trascienda todas las
culturas y religiones y
pueda servir de base para considerar lo que verdaderamente es correcto
o
incorrecto, bueno o malo entre los seres humanos desde un punto de
vista universal,
tal como entre las diferentes especies de animales parece haber cierta
armonía
o equilibrio natural? Si en verdad entendemos que no puede haber un
efecto sin una
causa, la respuesta debiera ser sí. Por tanto,
muchos prefieren hablar
de moral cuando se trata de principios que provienen de fuera, y de
ética
cuando provienen de nuestro interior, como una voz en la conciencia. La
moral es
el código al que todos deberíamos sujetamos,
mientras que la ética es nuestro comportamiento
a la luz de lo que nuestra conciencia nos dice que es correcto o
incorrecto,
basada en el código moral. En otras palabras, para que
puedan brotar
instrucciones a partir de nuestra conciencia tenemos que introducir
previamente
los principios guiadores básicos que provienen del
código moral. Y si queremos
entender cómo funciona la moral (el código o
conjunto de principios y normas) y
la ética (la manera como nos comportamos con base en dicho
código), tenemos que
enfocar la atención en los niños, ya que, dicho
sin tapujos, todo se resume al
hogar, donde por lo general se inculcan los valores básicos. Dicho sin
rodeos, la cadena de la
ética y la moral funciona así: Los padres y/o
tutores instruyen y moldean a los
niños. Todo lo demás son refuerzos, efectos de
una causa. Enfrentémoslo: La
disciplina o la falta de la misma es uno de los problemas
más sobresalientes
del comportamiento de los niños, y los hábitos y
costumbres se arraigan en las
tradiciones familiares perennizando la cadena. Por tanto, podemos
cultivar una mentalidad
fija: “Mis padres lo hicieron así, y yo
seguiré haciéndolo igual hasta la
muerte”,
o “Así soy yo, siempre he sido así y no
pienso cambiar, y al que no le guste,
que se largue de aquí”; o bien cultivar una
mentalidad en constante revisión: “Mis
padres lo hicieron así, pero yo puedo hacerlo
mejor”, o “Así soy yo y siempre he
sido así, pero he decidido mejorar, porque ya no quiero ser
así, y al que no le
guste, más le vale comenzar a acostumbrarse”.
Lógicamente, esta última postura
no es muy cómoda al principio, porque exige mucho coraje,
pero se puede. Por
eso se dice que para volar sobre la tradición (de la
comunidad o de la familia)
hay que hacerse alas muy grandes. Es oportuno
tener en cuenta que, irónicamente,
hasta los rebeldes que huyen de su hogar y luego se juntan con otros
rebeldes
terminan acatando códigos estrictos a los que los miembros
del grupo que van
uniéndose deben sujetarse con mayor rigidez e inflexibilidad
que la que sus
padres les impusieron en casa y por lo cual se rebelaron. Por un lado,
se
rebelaron contra la moral impuesta por sus padres, pero terminaron
acatando reglas
mucho más opresivas y exigentes, donde los castigos por
violarlas pudieran
variar desde la humillación más cruel hasta
palizas inolvidables, si no algo
peor (“Si nos traicionas, te matamos”). Por eso
algunos definen la ética como la ciencia de las
costumbres, y otros prefieren
definirla como una rama de la ciencia
que estudia la bondad o maldad de
los actos humanos en general a la luz de los patrones o modelos
universalmente
aceptados. Algo que sirve en corroborar las teorías o
hipótesis del
comportamiento. Pero su relatividad seguirá
asombrándonos en tanto la humanidad
siga rehusando unificar criterios y guiarse por un solo
código moral. A esto se
refieren los eclécticos que se sienten justificados a romper
las reglas y
decidir que tienen el derecho autodeterminado de fabricarse sus propias
reglas,
lo que a la larga suele generar un caos improbable de resolver.
“Si no
hubiéramos roto las reglas ni sometido a presión
los paradigmas”, dicen algunos,
autojustificándose, “nunca hubiéramos
descubierto tal o cual cosa”. Y es cierto
que para realizar nuevos descubrimientos alguien tiene que permitir que
la
intuición y la investigación trasciendan los
paradigmas, pero todo tiene un
límite y debemos aprender a reconocerlo y respetarlo. En
otras palabras,
reconocer que hay paradigmas superiores que están sobre los
paradigmas que pudieran
modificarse. Por ejemplo, ninguna persona sensara se
opondría a justificar la
modificación de ciertas reglas o procedimientos en pro del
progreso y
desarrollo, siempre y cuando no perjudique, ni mucho menos ponga en
peligro, la
unidad, la paz ni la supervivencia de la humanidad. Desgraciadamente, a
eso
hemos llegado, y hemos chocado como el Titanic. ¿Una sola
moral y ética para todos? Si en este
momento tuvieras que votar para decidir a quién encargarle
la administración de
Pero
pensemos, ¿es la ética la que nos proporciona las
razones para hacer algo (o no
hacerlo), o son más bien las razones las que nos
proporcionan la ética para
hacerlo o dejar de hacerlo? No es mi propósito entrar en
filosofías que giran
como un trompo hasta caer inertes, sino simplemente estimularte a
pensar y entender
que tus acciones reflejan lo que eres por dentro, en cuanto a si te
riges por
principios rectos o torcidos, y, gracias a ello, puedas dejar de meter
la pata
y comenzar a capitalizar las acciones correctas, que son las que a la
larga verdaderamente
te permitirán disfrutar más de la vida. Como bien
dijo Michael Levin, profesor de filosofía del City College
de New York, citado
por el Times de Nueva York (1989): “La conducta recta es el
resultado de un
adiestramiento, no de la reflexión”. Pero
lamentablemente sin reflexión no tendríamos
oportunidad de siquiera comenzar a hacer algo por modificar la manera
como
hemos procedido. De hecho, reflexionar, tomar conciencia y
autoexaminarnos
sinceramente es el primer paso en la recuperación de
cualquier conducta. El
segundo es revisar y reestructurar la escala de valores (moral) con
base en
principios de comprobada eficacia. El tercero es adiestrarse en estos,
es
decir, ponerlos en práctica contra viento y marea hasta que
se convierta en un
hábito, costumbre o conducta (ética), de modo
que, al observar el buen efecto
que nos causa, deseemos no regresar nunca al modelo anterior Eso
de hacer cada uno lo que le da la gana teniendo como
justificación la
común definición del libre albedrío
ciertamente ha resultado ser un
desastre total para la humanidad. Nadie quiere renunciar a sus
"derechos individuales", pero todos quieren paz. No se percatan de que
la paz no es compatible con el desorden, y el orden es un producto de
un código moral único. En fin... ¿Un
mapa del comportamiento? Bueno, con la
ética sucede algo parecido, en cierto sentido. Cuando se
pierde, el individuo
queda a merced de los placeres inmediatos y a la larga pudiera sumirse
en
depresión, deambular por las calles sin un
propósito en la vida, acabar en
prisión o en un hospital psiquiátrico. La buena
noticia es que no es igual al
síndrome de Kotar, porque puede reconstruirse cultivando
nuevas maneras de
proceder, deteniendo la mala racha y comprobando que es posible salir
adelante
y disfrutar de la vida en términos diferentes, en
términos que se avegan a un
modelo de principios saludables. Diseñar un nuevo perfil con
base en una escala
de valores revisada, actualizada, mejorada y potenciada. Por eso se
dice que la ética no es una ciencia experimental, sino que
se basa en razones
válidas que proporcionan un fundamento sólido
para el comportamiento. De esa
manera sabemos por qué el asesinato, el fraude y el robo,
por citar solo unos
cuantos ejemplos, son comportamientos y conductas inaceptables en
cualquier
sociedad o comunidad. Si logramos
que un niño arme en su mente un conjunto de principios
verdaderos sobre los
cuales basar sus conclusiones, y que muy temprano en la vida aprenda a
sacar
lecciones del sistema de causa y efecto, es decir, que aprenda que cada
decisión tiene una consecuencia a la cual tendrá
que enfrentarse para bien o
mal, le habremos dado una herramienta multipropósito para la
toma de
decisiones, y con el transcurso de los años se
sentirá cada vez más seguro de
sí mismo por saber que hizo lo que es correcto.
“No quiero portarme bien solo
porque lo exige mi papá, sino porque entiendo perfectamente
que cada una de mis
decisiones tendrá consecuencias, por pequeñas que
sean”. Lo que en
una etapa temprana pudiera parecer un palmazo injusto, con el tiempo
pudiera
evitarle ir a la cárcel, adquirir una enfermedad
venérea incurable u otra desgracia.
Los niños tienen que crecer con una noción clara
de que hay una consecuencia
desagradable por infringir flagrantemente el código moral
que hay en su propia
mente. Tiene que saber por qué hay personas que van a la
cárcel, sufren
enfermedades venéreas o se suicidan, y tienen que saber que
pudieron evitarlo. Los
niños ya no son como antes. Deben ser instruidos claramente
respecto a los
diferentes peligros que hallarán en la escuela, en el club,
en la iglesia y en
la calle. Un niño no adiestrado es un niño
expuesto al peligro. Si dice que
“los niños no miden el peligro”,
¿verdad? Pero esa es una frase incompleta que
oculta la verdadera causa de muchas desgracias que les ocurren a los
niños. La
frase completa es: “Los niños no miden el peligro
porque sus padres no les
enseñan con cariño a medir el peligro”.
¿Y cómo se les enseña? Mediante
adiestramiento con base en el afecto sincero y en el sistema natural de
causa y
efecto, acción y reacción, decisión y
consecuencia. El niño tiene que entender
que hay un castigo por la violación del código
moral que hay en su propia
mente. Si no entiende eso, lo dejaremos como un bote que se deja a la
deriva,
sin timón, sin remos, sin combustible ni brújula.
Tarde o temprano encallará en
una playa desértica o se estrellará contra las
rocas de alguna isla lejana. Suena duro
decirlo, pero en la mayoría de los casos, tras cada mala
decisión tomada por un
adulto respecto a asuntos de seria consideración, sobre todo
cuando se
justifica sin tener base, hay padres que no supieron criar, que no
supieron
enseñarle las diferencias entre lo bueno y lo malo, entre
una decisión
apropiada (qué favorece una consecuencia agradable) y una
decisión inapropiada
(que favorece una consecuencia desagradable). La mayoría de
los padres se limitan
a hacer pucheros y a decir: “¡Qué lindo
eres!”, y le dan todo lo que piden. Pero
no le dan las herramientas morales y éticas para construir
su futuro. Me refiero a
que a menos que el niño entienda claramente que en verdad
existe una
consecuencia desagradable cuando se infringe flagrantemente el
código moral que
se le ha enseñado, no aprenderá a medir el
peligro ni el riesgo que entrañan
sus acciones, quedando totalmente expuesto a una cruda realidad que tal
vez
nunca llegue a entender (¿o no has oído a
asesinos decir acerca de sus víctimas
o de la sociedad: “En realidad, les hice un
favor”)? No estoy
diciendo que uno debe desfogar su cólera masacrando a sus
hijos. Me refiero a
que los niños tienen que saber inequívocamente
que 1) existen consecuencias reales
y lamentables por pisotear flagrantemente los valores justos y rectos
inculcados
por sus padres y tutores, y 2) que sus padres son los encargados de
hacerles
ver el punto. ¿Cómo? Pudieran suprimir ciertos
derechos o privilegios
relacionados con el juego y la diversión, otorgarles premios
especiales cuando
manifiesten una buena conducta, o por qué no, en el peor de
los casos, darles
un cariñoso palmazo en el pompis. No es por gusto que la
naturaleza les ha
provisto un buen colchón en esa zona. Esto sería
mejor que el un hijo se
electrocute o pierda un dedo por hurgar con un clavito en un
tomacorriente. ¿En
qué
casos es especialmente importante esto? Bueno, hay una infinidad de
situaciones
y no se puede pensar en todas. Pero les corresponde a los padres usar
su
imaginación y proyectarse hacia delante proactivamente para
prever ciertas
situaciones y explicar a sus hijos los peligros. Ciertos padres
contemplaron
con horror cómo el aparato de televisión
había aplastado a su hijo, matándolo
en un instante, porque el niño sacudió muchas
veces violentamente la mesa sobre
el cual estaba. En otro lugar, una niña murió en
el hospital luego de rodar por
las escaleras. En otro lugar, una señora comentaba,
mostrando sus dedos
torcidos, cómo se electrocutó cuando era
niña. En otro lugar, un niño perdió la
mano al lanzar fuegos artificiales, y en otro, un niño
perdió las piernas por
andar por una zona prohibida del campo. Y ha habido niños
que se han metido a
la lavadora, o han matado accidentalmente de un balazo a su hermanito,
o se han
asfixiado por tragarse objetos, o se han chupado los dedos
después de acariciar
al perro o al gato, introduciéndose la temida toxoplasmosis. No es
posible prever toda situación, pero sí es posible
enseñar principios claros que
gobiernen su vida. Por ejemplo, aunque no sofocaremos su
afán de investigar y
curiosear, que es la base de su desarrollo, le explicaremos claramente
qué cosas
no deben tocar, comer, oler ni mirar. Cuando tengan uso de
razón, es decir,
cuando comiencen a hacer preguntas, se les puede explicar claramente
qué es lo
que no deben tocar, comer, oler ni mirar sin permiso de sus padres;
más
adelante se les explica que se les dejará tocarlas,
comerlas, olerlas y mirarlas
cuando tengan más edad, y también se les aclara
qué cosas no deben tocar,
comer, oler ni mirar nunca. Por ejemplo, si contemplan un eclipse sin
protección para los ojos, o el brillo que emite un equipo de
soldadura, podrían
terminar en el hospital y hasta perder la vista. No es para
volverlos enfermizos. Lo cierto es que sí se puede
contemplar un eclipse, pero
deben usar protectores para los ojos. Si pueden subir y bajar
escaleras, pero
deben saber qué es un traspié o cuáles
son las consecuencias hay por caer
aparatosamente. Pueden ver televisión, pero no todos los
programas. Una vez que el
niño entienda el sistema de causa y efecto
comenzará a aplicarlo a todo asunto en
su vida y ya no necesitará que sus padres ni tutores
estén vigilándolo para ver
si obra bien o mal, porque él mismo habrá
interiorizado el sistema de causa y
efecto en su propio código moral, reconociendo que tras cada
decisión existe
una consecuencia real y tiene una pena por ello. Pero
¿quién
decide finalmente lo que es bueno y malo, correcto e incorrecto?
Dijimos que
los padres, con base en el código moral que ellos mismos
recibieron de sus
padres. Pero ¿si los padres recibieron una crianza
insuficiente? Difícilmente
se apartarán de las costumbres, tradiciones y reglas de la
familia, y seguirán
instruyendo ineficazmente a sus hijos. De ahí la importancia
de la reflexión y
el adiestramiento. No es que Levin diga que la reflexión no
sirva, sino que se
debe añadir el adiestramiento. Cierta viuda
que durante muchos años se alegraba de haber criado
excelentemente a más de una
decena de hijos sin haberles dado jamás un solo palmazo, se
lamentaba por la
terrible depresión que le causaba el observar horrorizada
que luego de cumplir
los cuarenta años de edad, sus hijos comenzaran a desviarse
poco a poco de sus
enseñanzas y empezaran a pelear y discutir entre
sí hasta el punto de
enemistarse como perros y gatos y odiarse a muerte. Se preguntaba
¿qué hice
mal? Y entre otras cosas reflexionaba: “Creo que
debí haberles dado un buen
palmazo mientras estuve a tiempo”. Conozco a
especialistas en salud mental cuyos hijos dejan mucho que desear en lo
que a
ética respecta, que no difieren mucho de los hijos de la
mujer mencionada
arriba. Dejar a los hijos a rienda suelta y después
consolarlos como si las
consecuencias no les pertenecieran (el típico acto de
golpear la roca y
decirle: “¡Mala, mala, mala!”, como si la
roca, no el niño, tuviera la culpa de
haber tropezado con ella), no les enseña que ciertas
consecuencias pueden
evitarse con decisiones apropiadas, tomadas en etapas tempranas. En
cambio, si
los niños aprenden temprano en la vida que sus decisiones
(grandes y pequeñas,
correctas e incorrectas) tienen consecuencias, sabrán
apoyarse en un código
moral confiable y desplegarán lo que denominamos
comportamiento ético. Como dije
antes, no intento filosofar ni aburrirte discurriendo sobre la moral y
la
ética, sino solo reforzar tu convicción de que
todo tiene consecuencias en la
vida, muchas de las cuales hubieran sido perfectamente controlables
tomando
otras decisiones. Por eso, ¿de qué me
serviría hurgar en las tesis
y antítesis holísticas, el verstand,
vernunft y aufhenbung del asunto? Pero lo que aquí digo
basta para estimularte
a enseñar a los niños, lo más temprano
en la vida, a observar y evaluar, en los
términos más simples posibles, su propio
comportamiento, y a percibir los
valores que entran en juego tras cada elección. Por ejemplo,
cuando todavía es pequeño, pero con suficiente
entendimiento,
entrégale un huevo y observa lo
que hace. En algún momento lo pondrá de cabeza y
lo soltará, como siempre ha
hecho con una pelota, rompiéndolo. Haz un gesto de asombro
para recalcar tu
desaprobación (“¡Ohhh!”) y
dale a entender que eso no tuvo que ocurrir. Dile
que traiga un trapo y deja que procure limpiar el piso. Luego, dale
otro huevo,
pídele que lo lleve con cuidado y lo coloque en un
recipiente y ve si captó la
lección. Si lo logra, festéjaselo con una
sonrisa, un aplauso o un beso, y
repite el ejercicio un par de veces. Si vuelve a romperlo, tal vez lo
sobrestimaste; todavía no era el tiempo para
enseñarle esa lección. Pero aún
así, puedes usar a otro niño que le sirva de
ejemplo, y entonces, al ver la
escena del comportamiento correcto, entenderá lo que esperas
de él. Si lo
logra, sí era el tiempo para aprender la lección.
Puedes hacerlo con un nieto o
sobrino igualmente. Los
niños
necesitan y pueden entender que los valores existen y sirven de base
para tomar
decisiones. Si no aprenden temprano el principio de acción y
reacción, causa y
efecto, decisión y consecuencia, les habremos hecho un
daño que, en muchos
casos pudiera asemejarse figuradamente al síndrome de Kotar.
Es decir, les
habremos borrado del cerebro el plano simbólico que
necesitan para tomar
decisiones y habrán quedado como un barco a la deriva en
medio del océano, es
decir, tomando decisiones a su buen entender, basándose en
los valores que han
absorbido de la televisión. ¿Qué
decidirán cuando se desate para ellos la
tormenta perfecta? ¿Decidirán cambiar el rumbo
cuando aún estén a tiempo, u
orgullosamente preferirán navegar hacia el
huracán y enfrentar olas que a todas
luces se nota que les será imposible superar? “Pero
todavía es muy chiquito, no entiende”,
dirá alguien. Y respondo:
“¡Qué
ingenuidad!”. Los niños son más
inteligentes que muchos adultos y aprenden
perfectamente bien, muy temprano en la vida, sin maestros ni escuelas,
a
manipular las circunstancias a fin de que les compren lo que quieran y
cuando
quieran. ¿O crees que pierden el tiempo cuando ven
televisión? ¡¡Muchos
programas para niños les enseñan maneras eficaces
de manipular a los demás!!
¿De dónde, si no, sacan eso de “nadie
me comprende”? En cierto
supermercado dos esposos estaban discutiendo por no sé
qué, y su hijo estaba
observando. De repente, el padre dijo en tono firme: “Anda
con tu madre”, y él
respondió con una rabieta, vociferando:
“¡Ayyyy, noooo! ¡Con mi mamá
no! ¡Ella
es la mala de la películaaaa!”. Y yo me preguntaba
de dónde pudo sacar esa idea.
No sería nada raro que su propia madre haya repetido en
discusiones anteriores:
“¡Claro, yo soy la mala de la
película!”. Los niños son esponjas que
aprenden
muy bien las cosas. Pero hay que darles el material correcto, o lo
interpretarán
mal. Nunca
subestimemos la inteligencia de los niños. Ellos aprenden
naturalmente a razonar,
a sacar conclusiones y a percibir las definiciones de cuanto aparece
ante ellos,
y a veces captan la realidad mejor que los padres.
Lógicamente, lo hacen de
manera infantil y graciosa, pero aciertan... a su modo. Realizan su
propia
interpretación. Quizás no sepan lo que significa
un valor, pero podemos
ayudarles a discernirlo, cuando aprovechamos lo que sucede a su
alrededor. Por
ejemplo, si dice: “Mira papá, qué linda
flor”, no sería razonable responderle:
“Sí, hijito, esa flor se hizo sola,
apareció por casualidad”, porque lo
confundiríamos respecto al principio de causa y efecto. Y si
dice: “¡Qué feo
ese mono!”, no le diríamos: “No es feo,
porque nuestros antepasados fueron
monos”, porque cuando visite a sus abuelitos tal vez les
diga: “¡Ustedes son
monos, ustedes son monos!”. Existe un
conocimiento tácito en todos los seres humanos, que no
debemos pasar por alto.
Por ejemplo, un campesino que vive en una región muy
apartada tal vez vea en
cierta ocasión a un hombre montando bicicleta y se pregunte
cómo lo hace, eso
de mantenerse en equilibrio sobre las ruedas. Pero si consigue una
bicicleta y
lo intenta muchas veces, de seguro termina montándola, y sin
duda se inclinará
naturalmente a la izquierda o a la derecha cuando llegue a las curvas.
No necesita
conocimientos de física ni mecánica. Igualmente
sucede con la persona que lleva la ética a la
práctica. Aunque no tenga
estudios académicos de ética, se inclina
naturalmente por la decisión más
recomendable si se basa en un sistema interior eficaz de causa y
efecto, acción
y reacción, decisión y consecuencia. Dicen que el
consuelo del tonto es dar consejos. En este caso, el tonto se
refiere a alguien que por no medir las consecuencias tomó
una mala decisión y
sufrió la pena y que lo único que le
quedó como consuelo fue poder aconsejar a
otros para que tomaran la decisión correcta en etapas
más tempranas de la vida
y no les sucediera lo mismo. Cierta joven se
jactaba de ser muy liberal, le gustaba divertirse a sus
anchas en clubes nocturnos a pesar de estar casada y tener varios
hijos. Una noche
conoció a un malandrín que poco a poco la sedujo
a cometer un robo que parecía
pan comido. Nadie se daría cuenta porque ella
había trabajado en un banco y
tenía ciertos conocimientos del teje y maneje del asunto, y
él era un guardia
de seguridad de una gran compañía. El resultado
fue que con su parte del jugoso
robo logró adquirir nada menos que una mansión de
2x2 en la prisión local y un
curso de 8 años en delincuencia, para que cuando saliera
metiera la pata más
adentro. ¿Cuáles
son tus valores? Por eso surge
la pregunta, ¿qué norma o valores
tendrás en cuenta para tu
próxima decisión? La clave está en la
educación. Todos nos guiamos por lo que
se nos ha enseñado. Nos conducimos según las
reglas que se nos enseñaron en
casa. Si no se nos enseñó la limpieza,
difícilmente reflejaremos limpieza en
nuestro arreglo personal, y además pasaremos dicha
influencia a nuestros hijos.
Pero aunque no se nos hubiera enseñado a ser limpios,
todavía podemos aprender,
si queremos, por medio de reflexionar, estudiar, averiguar y poner en
práctica
nuevos valores. En el presente
contexto, un valor
es algo a lo cual asignamos una gran importancia y nos sirve de base
para tomar
decisiones apropiadas que resulten en bien. En Oratorianet
tenemos en cuenta diferentes clases de valores, según los
objetivos. Por ejemplo, existen valores para motivar, valores para
exponer en
público, valores para las relaciones humanas y valores para
vender. Pero todos
se enfocan en un objetivo común: La satisfacción. En el presente
artículo consideraremos 5 valores aplicables a las
relaciones humanas que son de comprobada eficacia en el trato. Cada uno
de
estos tiene el potencial de producir efectos maravillosos a corto,
mediano y
largo plazo, pero juntos producen una sinergia capaz de llevar tu
satisfacción
al más alto nivel de eficiencia en lo que a relaciones
humanas se refiere.
Cuando alguien nos ha contado sus problemas y dificultades en cierta
relación,
hemos comprobado que habían descuidado seriamente uno o
más de estos valores: Aprecio El aprecio es
el principal valor en nuestra escala de valores, porque apreciar
es asignar un precio a las cosas. Un precio que no necesariamente se
traduce en
dinero. Sir Robert Walpole, del siglo 17 decía que
“todo hombre tiene su precio”,
una frase que ha dado la vuelta al mundo y ha perdurado en la
conciencia de la
humanidad. Todos tenemos un precio y estamos dispuestos a dar nuestro
brazo a
torcer cuando alguien lo paga. Uno pone precio
a sus riñones de modo que quizás sería
incapaz de donar
uno de ellos a nadie. Pero quizás estaría
dispuesto a dárselo a uno de sus
hijos. Otro valora tanto el riñón de otra persona
que sería capaz de contratar
a sicarios que se lo roben, aunque ello significara dejarlo tirado en
la calle,
medio muerto. Uno quiere a sus hijos, pero los pederastas
también, pero con
otro propósito. El aprecio
determina a qué le prestamos atención y
cuánto estaríamos
dispuestos a pagar o cobrar por cada cosa que decimos o hacemos (en
sentido
general, no hablamos de dinero solamente). Existen los
filantrópicos que no
piden nada a cambio, y existen los grandes estafadores y chantajistas,
que
serían capaces de cualquier cosa con tal de satisfacer su
codicia. Pero este valor
solo adquiere proporciones increíbles cuando lo
manifestamos. En otras palabras, una cosa es sentir aprecio, y otra muy
diferente, expresarlo. La forma más sencilla es diciendo
“Gracias”. Otra manera
es prestando verdadera atención cuando alguien nos saluda,
nos habla o nos
consulta. Cuando sentimos
aprecio por alguien, le expresamos agradecimiento por lo
que esa persona significa para nosotros. Es fácil dar las
cosas por sentadas y
pasar por alto el sencillo gesto de expresar agradecimiento, pero como
hemos
dicho, es vital para las relaciones humanas porque hace que la otra
persona
sienta que sus esfuerzos valgan la pena, que se la valora como ser
humano. Menosprecio y
desprecio significan lo opuesto. Saludar a alguien sin
prestarle total atención es algo que suele interpretarse
como un mensaje de “no
me importas en absoluto”. Sin duda que produce un sentimiento
de desprecio
correspondiente. Este es un tema delicado porque debido a la
imperfección
tendemos a sensibilizarnos mucho ante cualquier indicio de menosprecio,
por
pequeño que sea, sobre todo si estamos pasando por un
momento crítico. Por ejemplo,
Luisa, que es miope y ha olvidado ponerse sus lentes de
contacto, pasa de largo sin saludar a Marita, pero Marita,
malinterpretando lo
ocurrido, no le dice nada. Simplemente también sigue de
largo, pero piensa:
“¡Hipócrita!”. Y en la
siguiente oportunidad, cuando Luisa lleva puestos sus
lentes, Marita la desconcierta quitándole el saludo. Esto
ocurre muy a menudo.
La mala interpretación es la madre de las malas relaciones.
Pero la empatía nos
ayuda a no caer en el error. Empatía Empatía
es ponerse uno en el lugar de otra persona, una cualidad sin la
cual es imposible llegar a su mente y corazón. Es la
cualidad más difícil de
cultivar, porque se opone a la inclinación
egoísta, egotista y/o ególatra del
ser humano. La tendencia que los medios de comunicación
promueven es la
satisfacción de uno mismo, no la del prójimo, y
por lo tanto, no es fácil para
las personas entender por qué deberían ponerse en
el lugar de la otra persona,
si lo que se supone es que ella se ponga en el de uno. Contradictorio,
¿verdad? Un vendedor sin
empatía es como un perro sin olfato, porque la
empatía es
esencial para percibir o reconocer las necesidades emocionales y
limitaciones
del cliente que a veces se esconden tras actitudes que disimulan su
verdadera situación.
El vendedor se concentra en las características del producto
y en satisfacer
las necesidades lógicas, echando a perder la venta. Podemos decir
que logramos tener empatía con alguien cuando realmente
logramos comprender sus limitaciones y no le exigimos más de
lo que
verdaderamente puede dar o hacer. ¿De qué me
sirve insistir en vender un
producto de 50 si la personas solo dispone de 20? ¿O de
qué me sirve hablar
media hora de un shampoo si la persona necesita un perfume?
¿O de qué me sirve
darle consejos sobre su vida conyugal si eso es precisamente de lo que
no
quiere hablar? La
empatía es un valor, y lo llevamos hasta el punto
más
elevado cuando
decimos cosas como: “Te comprendo”, “No
te
preocupes”, “¿Puedo
ayudarte?”,
“¿Deseas hablar de ello?” o
“Cuenta
conmigo” “¿Qué opinas de
eso?”,
“Todos
pasamos por problemas”. Es
fácil dar las cosas por sentadas y suponer que la otra
persona sabe
que la comprendemos. Pero en realidad, expresar comprensión
significa más que
sentirse como ella. Implica abrirse uno mismo y realizar acciones que
realmente
le demuestren que comprendemos sus limitaciones. Por ejemplo, cuando la
perdonamos desde el corazón o le pedimos disculpas por
haberla malinterpretado.
A veces las
personas demoran más tiempo del que creemos y no pueden
abrirse con nosotros hasta estar seguras de que nuestro
interés es genuino. Eso
nos lleva al siguiente valor clave. Interés Interés
es inclinarnos de corazón hacia la otra persona de manera
que se
sienta el centro de nuestra atención por el tiempo que sea
necesario. La
miramos al rostro, sonreímos cortésmente, tal vez
estrechemos su mano, y le prestamos
muchísima atención a cada una de las palabras que
dice. Le dejamos sentir que
ha absorbido por completo nuestra atención en un instante. Esto es
particularmente importante cuando nos interrumpen, hacen
preguntas u ofrecen sus comentarios. La manera amable de responder
reflejará
que realmente nos interesan. No mostraría interés
si respondiéramos con
aspereza, o dijéramos que su intervención ha sido
de lo más inoportuna. El
interés en las personas es una cualidad fundamental de los
anfitriones, porque sin interés se derrumba cualquier
campaña publicitaria. Un
anuncio que dice: “¡¡Venga, estamos para
servirle!!” resulta en un despilfarro
económico si en el punto de venta recibimos al cliente con
una cara de palo, y
peor si lo hacemos esperar y esperar y esperar. La publicidad
resultó buena,
porque atrajo al cliente potencial, pero la técnica de
ventas resultó pésima
porque el representante de la compañía que lo
atendió descuidó la necesidad
emocional del cliente con respecto a lo que le habían
prometido: Buen trato. Obsequiosidad Obsequiosidad
es también un valor clave. Significa
ser generosos al dar de nuestro tiempo y atención, cuando
obsequiamos algo que
la otra persona valora. Por ejemplo, tal vez alguien te diga:
“¡Qué bonito
lapicero!”, y vas y le compras uno similar, o le regalas el
que tienes. ¿Por
qué regalar? Porque un regalo tiene la capacidad de penetrar
el
corazón, aun el más endurecido, y causar un
sentimiento de placer y satisfacción
que no puede lograrse con ninguna otra cosa. ¿Por
qué? Porque resume en un solo
gesto todos los principales valores que promueven las relaciones
humanas. Por
ejemplo, anteriormente dijimos que el aprecio, la empatía y
el interés son
cualidades clave porque causan satisfacción; pero
ahora imagina por un momento que metes todo en una pastilla y se la das
a la
otra persona. ¿Qué ocurriría?
¡Le
causaría una explosión de
satisfacción!
Multiplicaste
el efecto por tres. Sin
embargo, una
advertencia. Como decía Peter Corneille: “La
manera de dar vale más que lo que
se da”. Ningún obsequio logra su cometido si no se
da en el momento y la manera
apropiados. El momento ha de ser cuando menos se lo espera, y la manera
ha de
ser única. En
cierta ocasión salimos
del cine con mi esposa, nuestra hija de 9 años y dos
amiguitas. Fuimos a dar
una vuelta por un parque donde había una acogedora feria de
artesanías. Solo
estábamos mirando. De repente, las niñas
mostraron un interés desbordante por
unos llaveritos con imágenes de personajes de Walt Disney.
Se les veían tan
encantadas y felices, que les advertí: “No lo
toquen si no lo van a comprar”, a
lo que nuestra hija preguntó: “¿Puedes
comprarme uno?”, y yo le dije: “No”. Y
seguimos caminando y mirando cosas. Pero
en un momento en que
se concentraron en otra cosa, yo hice como que me interesé
en algo por allá, y
regresé a lugar y le dije a la vendedora:
“¡De prisa, déme esos tres
allí, de
prisa!”, y los compré. Cuando llegamos a la casa
de sus amiguitas y nos despedíamos
de ellas, metí mi mano al bolsillo y les mostré
los llaveritos, diciendo: “Uno
para cada una”. Estallaron de placer. El día de la
boda de mi hija, una de
aquellas niñas, que ahora también estaba casada,
me dijo: “Nunca olvidé ese
momento. ¡Fue lo máximo!”. Un
día en que sonó una
canción por la radio mientras íbamos de un lugar
a otro, el sonido de una
harmónica resaltó de manera tan agradable que mi
hija dijo, casi sin que nadie
la oyera: “Me encanta la harmónica. Un
día me compraré una”. Pero yo
presté
mucha atención. Dejé que pasara el tiempo, le
compré una harmónica, la envolví
en papel de regalo y le pedí a su esposo que la colocara
bajo su almohada. Cualquiera
persona con
suficientes ingresos puede ir a la tienda con un hijo y regalarle un
automóvil.
Pero una persona excepcional tal vez prefiera comprar el auto y poner
la llave
del automóvil sobre la mesa donde tomará el
desayuno, o dentro de uno de los
zapatos que sabe que llevará puestos, o colgarla del cepillo
de dientes con una
cadenita y una notita que diga: “Te espero afuera. Si no te
gusta mi color,
puedes cambiarlo cuando quieras”. Un
llaverito, una
harmónica, un automóvil… no estoy
hablando de cosas, sino de gestos. Cada uno
sabe, mejor que nadie, lo que puede dar y cuándo puede
darlo, pero lo
importante, como dice Corneille, es hacerlo de manera que marque una
diferencia. Eso es lo que penetra los corazones y deja
imágenes imborrables que
hacen que las personas sientan un profundo cariño por
nosotros. No es el regalo
en sí mismo lo que agrada, sino el momento y la manera de
darlo, sobre todo
cuando con ello demuestras que realmente pensaste en la persona. Pero,
sobre todo, recuerda
que nada se aprecia tanto como el tiempo y las energías que
dedicas a las
personas, y que una sonrisa no cuesta nada. No esperes a que te ocurra
lo que
sucedió a cierto padre de familia muy ocupado que no pasaba
mucho tiempo con su
hijito. Cierto día el niño le
preguntó: “Papi, ¿tú
cuánto cobras por una hora
de trabajo?”, a lo que su padre respondió:
“¿Por qué lo preguntas?”. El
niño
dijo: “Porque estoy juntando mis propinitas para comprarte
una hora para que
estés solamente conmigo”. Haz
tú lo mismo. Presta
atención. ¿Qué le gusta a la otra
persona? Espera el mejor momento y dáselo de
la manera más interesante. Urbanidad Significa la
delicadeza en el trato, la respetuosa distancia que uno
mantiene con las personas en señal de
consideración. Hablar vulgaridades,
tratar mal a las personas, hacer bromas pesadas y burlarse de de todo
es
propasarse. La falta de respeto en el hogar se refleja tarde o temprano
en la
sociedad y termina carcomiendo sus estructuras. La urbanidad es
parte de lo que muchos denominan etiqueta (o ética)
social. Contempla las reglas del buen trato en el desempeño.
Por ejemplo,
llevar la corbata bien puesta, el cabello bien arreglado, los zapatos
limpios,
las manos impecables, usar el toilette con respeto y
consideración por los que lo
usarán después, tener buen aliento, usar frases
de cortesía y así por el
estilo. Lo ideal es que
cada persona aprenda a respetarse a sí misma y a los
demás de modo que se gane el respeto de todos y alcance
cierta autonomía y
sentido de responsabilidad, y que con el tiempo madure en la
aplicación de los
valores aprendidos. De esa manera, el código moral no solo
se queda inerte en
una intención, sino que lo lleva a la práctica
para beneficio de sí misma y de
los que la rodean. En
conclusión, con sentimientos y expresiones de aprecio,
empatía,
interés, obsequiosidad y urbanidad podemos dar niveles
elevados a nuestros tratos,
y experimentar la verdadera libertad que resulta de un proceder
ético. En otras
palabras, las reglas de comportamiento se dictan principalmente para
quienes
manifiestan desprecio, incomprensión, desinterés,
codicia y falta de respeto
por los demás, no para quienes valoran a las personas y
procuran el bienestar
de sus congéneres contribuyendo al esfuerzo de vivir en paz. ¿Tu
punto
de vista o el de quién? Como hemos
visto, todas las personas toman decisiones basadas en su
propia manera de entender la vida. Unas tienen éxito, y
otras no. Unas toman
buenas decisiones, otras no. Unas reciben una buena
educación, y con todo, se
rebelan y tuercen las reglas para su propia conveniencia, estableciendo
sus
propios paradigmas, su propia cosmovisión o manera de ver
las cosas. Entonces, nos
preguntamos ¿son correctos y bienvenidos todos los puntos
de vista? Como dijimos anteriormente (cuando hablamos del caso de
aquellos que
adquirieron una mansión de dos por dos en la
prisión), no es posible tener una
visión equivocada y dar en el clavo de la
satisfacción. La verdadera
satisfacción solo procede del código moral
correcto, de valores que promueven
resultados correctos, positivos y constructivos a corto, mediano y
largo plazo. Es cierto que,
para ciertas personas inexpertas en su trato, las
demostraciones de aprecio, empatía, interés,
obsequiosidad y urbanidad son
tonterías y una pérdida de tiempo, no valores que
muestran debilidad de carácter.
Pero el tiempo inclina la balanza de la razón ¿y
dónde terminan? Varadas en alguna
playa, como una ballena que perdió la brújula.
¿Es eso aprovechar la vida? En
otras palabras, hay dos clases de persona: La que aprende pronto que
todas las
decisiones tienen una consecuencia, una repercusión, y la
que espera hasta el
final para abrir los ojos y reconocer que si hubiera vivido su vida
nuevamente,
hubiese tomado decisiones muy diferentes. Así
decimos que la finalidad de la moral y le ética no puede ser
naturalmente la infelicidad ni la insatisfacción, sino todo
lo contrario. El
perfecto orden en que se mueven los sistemas estelares y
ecológicos nos
muestran una cosmovisión perfecta de todas las cosas.
¿No has notados que
cuando hablamos de imperfección nunca nos referimos a los
animales ni a las
cosas? Siempre nos referimos a los seres humanos. Porque el desorden y
el caos
nunca son producto de códigos irrazonables, sino todo lo
contrario. La naturaleza
nos instruye todo los días con el canto de los
pájaros, que
nos dice que no estamos aquí por gusto, sino por una
razón y un motivo
específicos. Somos el efecto de causas que intervienen en
nuestra vida. Pero la
pregunta es: ¿Contamos con los códigos morales
necesarios y apropiados para
vivirla con ética? ¿Nos estamos tomando el tiempo
para reflexionar en ello? ¿O
tal vez hemos vivido demasiado aprisa? Así
como
todas las culturas y sociedades tienen diferentes códigos
morales, igualmente cada
individuo posee su propia visión de la ética.
Lamentablemente, algunos piensan
que mientras existan discrepancias básicas, la unidad y
hermandad del hombre no
será posible, porque lo que para unos sería
loable, para otros sería
condenable. La mismísima existencia de diferentes
códigos morales se contradice
con la esencia misma de un paradigma universal o
cosmovisión, tal como sería
absurdo que cada conductor estableciera sus propias normas de
circulación
vehicular y no esperara que aumentaran los accidentes. Va contra la
razón. Tal como la
madre advierte a su hija que no corra por el borde de la piscina, y le
da
advertencias razonables por su bien, las bandadas de pájaros
que vuelan en
medio del cielo haciendo piruetas y giros increíbles de
derecha a izquierda, y de
arriba abajo, nos muestran que la naturaleza nos está
diciendo que el secreto
del éxito no consiste en que cada uno haga lo que le da la
gana, sino en que se
avenga a cierto criterio, bajo un solo código. Si en una
bandada, una sola de las aves decidiera hacer lo que quiere, se
estrellaría con
las demás. Pero no hace eso, porque el instinto le dice que
el éxito de todas
significa su propio éxito. Y lo mismo podemos decir de los
cardúmenes, los
rebaños, las gotas de lluvia. Todo armoniza con todo, en
perfecta coordinación,
aunque los individuos de cada especie son diferentes entre
sí. No hay dos
pájaros iguales, no hay dos copos de nieve ni dos puestas de
sol iguales; pero
todo refleja una perfecta armonía. Los únicos que
faltamos somos nosotros. El
libre albedrío nos resulta un poco incomprensible. El ser
humano, con sus diferencias morales y violaciones de los principios
naturales
ha ocasionado el trastorno que vemos todos los días en las
noticias. Estamos
atrasados en la ética humana. Un simple nido de hormigas
refleja más orden y
eficacia que cualquier organización humana. Seguimos
buscando la verdad, pero fanfarroneamos
diciendo que todo es relativo, que la verdad no existe. Libertad,
¿hasta dónde? Como bien
dijo cierto pensador: La diferencia entre la libertad y el libertinaje
radica
en el sentido de responsabilidad. Y el sentido de responsabilidad
existe porque
existen las limitaciones. En mi trato
con los demás tengo libertad para hacer muchas cosas, pero
no todas me
convienen. No tengo por qué echar mano de todos mis recursos
ni jugar todas mis
fichas a un solo caballo, por decirlo así. Soy feliz en
mi trabajo cuando aprecio el trabajo de los demás y lo
demuestro reconociendo
mis límites Soy feliz en
mi trabajo cuando comprendo con empatía las limitaciones de
mis compañeros de
trabajo, de mis superiores y subordinados, de mis hijos, de mi pareja,
de mis
padres y abuelos, de mis hermanos y tíos, de mis vecinos y
condiscípulos, de
mis maestros y asesores. Porque todos somos imperfectos y necesitamos
más que
nada que se comprenda que estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo.
¿Qué gano
pensando que los demás tienen malas intenciones para
conmigo? Soy feliz en
mi trabajo cuando verdaderamente me intereso en mis clientes, sondeo
sus
necesidades emocionales y les ofrezco los productos que más
les conviene,
cuando los visito o llamo por teléfono oportunamente sin
esperar que se les
terminen los productos que ya utilizaron. Cuando pienso en ellos y
estoy para
ellos cuando me necesitan. Soy feliz en
mi trabajo cuando soy una persona generosa que demuestra apertura de
toda
manera posible mediante obsequiar a tiempo un catálogo, una
sonrisa, un gesto
de amistad; cuando perdono una ofensa en vez de guardar rencor y me
esfuerzo
por ser una mejor persona cada día.
¿Qué gano levantando paredes que terminen
encerrándome, en vez de construir puentes que permitan a los
demás llegar a mi
corazón? Y soy feliz
en mi trabajo cuando uso frases de cortesía para ablandar
las relaciones
tensas, cuando mantengo una distancia prudente con las personas y no me
entrometo en sus asuntos privados, cuando reacciono con
cortesía a pesar de su
rudeza, porque comprendo que tal vez están atravesando por
un momento difícil.
Verdaderamente soy libre cuando reconozco mis limitaciones y
jamás me aprovecho
del trabajo ajeno para pisotear los justos intereses de mis
compañeros de
trabajo. Comprendo
que mis libertades pueden agrandarse o acortarse en la medida en que
respeto
los reglamentos y los derechos de los demás. Yo soy quien
aumenta o reduce los
lineros de mis propias libertades por medio de producir consecuencias
positivas
que dignifiquen mi vida. He
comprendido que si salto las barreras de la moralidad y busco maneras
de justificarme,
solo estoy engañándome interiormente, y tarde o
temprano el resultado será
reconocer, para mi lamento, que mis decisiones no fueron correctas. Me
acordaré
de aquella joven que por salirse siempre con la suya terminó
adquiriendo una
mansión de dos por dos en una desolada prisión.
No quiero que mis hijos sufran
las consecuencias de mis malas decisiones, sino todo lo contrario. Me
comprometo personalmente a hacer el esfuerzo de impartirle una
educación y
disciplina de la que jamás tengan que arrepentirse. Porque
entiendo claramente
que toda decisión, por pequeña que sea, tiene una
repercusión directa en mis
libertades, en mi felicidad y en la de los seres que amo. Quiero ser
diferente, quiero ser especial, quiero alcanzar mis metas y quiero
demostrar
que supe hacerlo en apego a un código moral que fue capaz de
guiarme paso a
paso por el difícil camino de la perseverancia. Quiero
aprender lo que
verdaderamente es la ética y enseñar a mis seres
queridos el secreto que hay tras
cada buena decisión. Ahora
entiendo que la moralidad es el conjunto de normas que me ayudan a
vivir la
vida de una manera que pueda sentirme siempre libre y feliz, respetando
los
derechos de los demás y haciéndome respetar. Y
entiendo que la ética significa mi
conducta basada en la moralidad. Ahora
entiendo que recibí una moral de mis padres, de mis
maestros, de mis tutores,
de mis asesores, y que siempre estuvo fuera de mí, hasta que
mi mente y corazón,
mis pensamientos y sentimientos, la acogieron para orientarme hacia el
verdadero
éxito. Pero
también
entiendo que la ética no está en mí a
menos que haga mío un código de moralidad
que me hará feliz. Tal vez mis padres se equivocaron en
algún momento, pero no
quiero repetir sus errores, sino reforzar los buenos puntos y ser feliz. Ahora
entiendo que la moralidad y la ética van de la mano en todo
momento, y quiero
que cuando llegue el día en que ya no esté entre
los míos, haya culminado la
meta de haberlos inspirado en todo momento a respetar un
código moral
verdadero. Quiero sentirme
libre de obstáculos,
libre de restricciones innecesarias, quiero sentir la libertad de poder
alcanzar
mis metas sin ofender a los demás. Quiero obrar bien. No
quiero ser ignorante,
no quiero tener miedo, no necesito montar en cólera ni
violentarme contra
nadie. Solo quiero ser feliz. Por eso quiero estudiar, quiero aprender
más cosas
y ser cada día más útil a los
demás dentro de mis circunstancias. Sé
que mi
libertad no es absoluta, y comprendo que la vida solo puedo vivirla con
alegría
y felicidad si me esfuerzo por entender mis limitaciones y las de los
demás,
viviéndola de modo que las generaciones futuras no me
olviden tan rápido, sino
que me recuerden como alguien que los amó
entrañablemente, como alguien que siempre
mantuvo en alto la ética como una bandera de dignidad
personal. Por eso, si
quieres alcanzar el verdadero éxito en el trabajo y en todas
las cosas, trabaja
con ética, persevera, expresa aprecio hacia los
demás, comprende con empatía
sus limitaciones, interésate sinceramente en tus clientes y
en tu familia, y no
tengas miedo de ser una persona generosa. Porque el verdadero
éxito no
pertenece a quien lo quiere, sino al que lucha por él
teniendo en cuenta la
diferencias entre la moral y la ética.
Moral
y ética, ¿son lo
mismo?
©Miguel Ángel Ruiz Orbegoso
Lógicamente, la vida misma tiene sus propios recursos para
ayudarnos a obedecer ciertas normas de conducta. En el ejemplo
anterior, si la niña no obedeciera a pesar de las razones que se
le hubieran dado ni a pesar del incentivo que se sembró en
su corazón, es solo natural que, cuando la madre no la vea,
ella continúe corriendo por el borde de la
piscina hasta resbalar y golpearse seriamente y tengan
que llevarla a casa para curarla. Entonces no solo sufrirá por
el golpe, sino por no poder regresar a la piscina el resto de la
temporada. Ahora sí aprende la lección, hace suyo el
código moral y procura que en el futuro su comportamiento sea
más eficaz. Aprende la ley de la consecuencia.Ahora bien, aunque hay
consenso
entre la mayoría de especialistas en que los valores por los
que una persona se
rige por el resto de su vida se implantan antes de los 4 ó 5
años de edad, no
se trata de valores que posteriormente no puedan modificarse si la
persona se
descuida, o si los refuerza conscientemente. Ella puede asumir la
responsabilidad de mantener sus valores o modificarlos cuando lo desee,
cambiándolos
todos, reemplazando algunos o añadiendo otros a los ya
existentes. El estudio y
la experiencia influyen en su decisión de mantener o
modificar su escala de
valores y de someterse a ella estrictamente... o rebelarse.
Bueno,
preguntémonos:
¿Acaso el hecho de que cada vez más personas
quieran disfrutar de tener un automóvil
justifique que se rompa del equilibrio ecológico de modo que
produzca un efecto
invernadero y el deshielo de los polos destruya
Por ejemplo,
tu cerebro contiene un plano de tu cuerpo físico, de modo
que aunque te
amputaran un brazo tal vez sientas que sigue en su lugar. Pero si
consumieras
drogas y destruyeras la zona de tu cerebro que contiene el plano,
pudieras experimentar
estados de pánico producidos por la falta de puntos de
referencia. Tal vez hasta
te daría miedo adormecerte, porque entrarías en
pánico de solo pensar en que te
quedarás dormido. La pérdida irreversible del
plano del cuerpo humano que hay
en tu cerebro es uno de los síntomas
característicos del raro síndrome de
Kotar. Una vez perdido, no puede rehacerse, y hay que aprender a vivir
sin él,
lo cual pudiera ser desesperante. Quien juega con drogas, pudiera
pagarlo
realmente muy caro. “Quemar cerebro” no es una
frase exagerada, como muy bien
lo saben los que sufren de Kotar.Eso nos
lleva a una verdad indiscutible: Para averiguar si uno realmente
está siguiendo
un código moral correcto debe sentarse a reflexionar en los
códigos o modelos
recibidos por herencia, en cuanto a si estuvieron sustentados en la
razón y la
verdad. En otras palabras, meditar en las consecuencias y efectos
cosechados a
lo largo de la vida por someterse a dicho código,
reflexionar en las
consecuencias y efectos que ha tenido o tiene en la vida de sus hijos y
nietos.
¿Son o fueron felices? ¿Tuvieron que sufrir una y
mil desgracias antes de
aprender que debían portarse bien?
Pregúntate con base
en qué criterios tomas tus decisiones. ¿En la
presión
que ejercen sobre ti las circunstancias, en la presión de
otras personas, de las
leyes o de tus deseos? ¿O las tomas basándote en
los valores que aprendiste a
defender porque entendiste que toda decisión en la vida
tiene una consecuencia
y sopesaste el factor riesgo/beneficio?
Uno aprecia
algo cuando le asigna un valor y lo demuestra viviendo su
vida en armonía con dicho valor. Hay personas que fijan
tarifas tan elevadas
por su honor y dignidad que serían incapaces de hacer tratos
con nadie al
respecto. No violarían su código moral aunque las
amenazaran de muerte. Ese es
el caso de quienes no se quiebran ante las amenazas. Otros
aceptarían poner a
un lado su sentido de justicia y honradez por un regalo. Es el caso de
las autoridades
corruptas.
Figuradamente,
diríamos que la empatía es como respirar por la
otra
persona o a través de ella, entrar en su mente y
corazón para saber cómo se
siente y poder reaccionar en armonía, tratarla
correspondientemente. Por falta
de empatía se rompen las amistades. Por falta de
empatía se pasan por alto los
sentimientos y las razones tras una decisión. Por falta de
empatía uno antepone
con firmeza su propio punto de vista sin consideración por
el de la otra
persona. Por falta de empatía levantamos paredes en vez de
puentes, aislándonos
de aquellos de quienes, de otro modo, pudieron seguir siendo nuestros
amigos.
Por falta de empatía retenemos el perdón y
guardamos rencor. Por falta de
empatía dejamos de ver las ventajas y los beneficios de
pedir disculpas lo
antes posible.
Igual que los anteriores
valores, no basta con sentir interés en nuestro
interior. Tenemos que demostrarlo con hecho concretos. Por ejemplo, no
mostraría interés por un auditorio si le
habláramos mirando a la pared del
fondo. Eso mostraría que los individuos que lo componen no
nos interesan.
Miramos a cada uno de ellos un momento, como conversando con esa
persona, y
luego pasamos a otra, haciendo sentir a todos que verdaderamente nos
interesa
saber cómo reaccionan al discurso.Por supuesto, eso no
significa que debas regalar todo lo que tienes. A
veces podrás hacerlo, y a veces no. Sin embargo, lo que
aquí resaltamos es el
desprendimiento. Desprenderse uno de algo valioso para
dárselo a otra persona.
El efecto es un poderoso incentivo para las relaciones humanas. Regalar
por
regalar, o porque nos sobra el dinero, no causa tan buen efecto. El
secreto del
impacto en el corazón radica en el desprendimiento de algo
que para uno es
valioso, no el despliegue ostentoso del poder.
La urbanidad es tal vez uno
de los valores que ética contienen, porque
para manifestarla tienes que usar frases y gestos corteses y amables.
Cuando
entendemos cuáles son nuestras limitaciones y las de los
demás podemos entender
nuestra verdadera libertad. Luego, lo enseñamos a los
niños y se lo inculcamos
hasta que demuestren que merecen más libertad. En otras
palabras, somos libres
en la medida en que respetamos nuestras libertades y nos sujetamos a
ellas.
la solidez y confiabilidad de la moral, la política y los
protocolos de una organización
a la luz de la ética que manifiestan sus miembros en
general.
http://www.misrespuestas.com/que-es-etica.html
http://www.filosofia.org/filomat/df467.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Valor
http://www.encuentra.com/documento.php?f_doc=1902&f_tipo_doc=9
http://www.encuentra.com/documento.php?f_doc=1946&f_tipo_doc=9
http://www.misrespuestas.com/que-es-etica.html