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Pensamiento hipotético deductivo
©Miguel Ángel Ruiz Orbegoso

 ¿Qué sucedería si abriéramos ambas manos ante los ojos de un niño, le mostráramos cinco diferentes clases de dulces en cada mano
y le dijéramos: "Toma uno"? Probablemente le brillarían los ojos de asombro y desearía quedarse con todos. Pero como le dijimos: "Toma uno", lo pensará unos segundos, estirará la mano y tomará uno, quedándose con las ganas de no poder agarrar más.

He hecho eso muchas veces, no solo con niños, sino con adultos, y la mayoría tomó uno y dijo: "Gracias". Muy pocos dijeron: "¿No podrían ser dos?" o "¿Puedo agarrar más?", "No me gustan", "No deseo, pero le llevaré uno a mi sobrina", "No, gracias" u otra cosa.

Y podemos transferir el ejemplo a cualquier cosa. Por ejemplo, todos los días se oye música en la radio y la televisión, así como publicidad sobre automóviles, motos, viajes, ropa, comida y productos de belleza, etc. Por decirlo así, el mundo abre sus manos y ofrece una infinidad de cosas para que la gente tome alguna que le guste. Y las ventas siguen llenando las arcas de comerciantes y empresarios, quienes invierten fortunas en investigación de mercado para averiguar las tendencias, debilidades, gustos, deseos, necesidades y curiosidades de la gente para saber qué productos fabricar y vender. Y la gente consume todo lo que puede de entre lo que se le ofrece, tal como ocurre con los dulces del ejemplo. Ahora bien, ¿qué tiene que ver todo esto con el pensamiento hipotético deductivo?

Como explicamos resumidamente en nuestro Glosario, el pensamiento hipotético deductivo es un rasgo típico del inicio de la adolescencia y consiste en una suposición, posible o imposible (hipótesis), de la que se saca una conclusión mediante el uso del razonamiento (deducción) y la influencia de las emociones y sensaciones. Por medio de trascender la realidad con la imaginación (es decir, pensando hipotéticamente), el joven comienza a expandir su mentalidad (llegando a muchas, variadas y diferentes deducciones [lógicas o ilógicas, verdaderas o falsas, constructivas o destructivas, convenientes o inconvenientes, realistas o imaginarias, correctas o incorrectas]) dando forma a su propio criterio, fortaleciendo, confirmando, debilitando o hasta modificando por completo el conjunto de valores que se le transmitió en la niñez. Ahora se ha convertido en la escala de valores que regirá su vida en adelante, sus decisiones, acciones, reacciones, actitudes, inquietudes, metas, vocación, selección de los amigos y demás intereses. En algunos casos, los padres se escandalizan de ver cuánto cambió su hijo, y se preguntan: "¿Qué fue lo que sucedió? ¿Por qué lo hizo?".

Si cree que "amor" = "relaciones sexuales", y ha hecho suyo el concepto de que el mundo necesita más "amor", o que tener pareja se basa en el "amor", su concepto deformado lo meterá en tantos problemas que un día no sabrá cómo salir, porque seguirá metiéndose en dificultades si continúa en ese curso. Seguirá dando vueltas y trompicones alrededor de una definición que estuvo equivocada desde el principio.

Su criterio puede o no ser semejante al de otras personas cuya escala de valores guarde algún parecido, o bien, ser totalmente diferente, exclusivo, original, amplio, libre de la esclavitud a las costumbres, la moda, la publicidad, las tradiciones y los prejuicios. El pensamiento, aunque reciba toda la influencia que se desee, es personal. Nadie sino uno mismo puede modificarlo. ¿Cómo hacerlo? Acopiando información confiable, digna de crédito y de comprobada eficacia, y rodeándose de gente cuyos principios de vida sean elevados, evitando la influencia de estímulos que siempre llevaron al fracaso. "No todo lo que brilla es oro", ¿verdad?

Por eso se dice que lo que los medios de comunicación presentan como "moda", "tradición", "costumbre social", "etiqueta", etc. es un punto de referencia para las familias, para la comunidad, para la sociedad, para la nación o para el mundo entero, dependiendo de qué se trate. Especialmente los jóvenes son vulnerables a dichos puntos de referencia, ya que, o no tienen raíces sólidas en el campo familiar o las que tienen no les agradan.  Y por eso los medios compiten despiadadamente por cautivar a cierto segmento del mercado, si no a todo el mercado con sugestivos mensajes e influencias.

Si se deja a los niños a rienda suelta, creciendo sin referentes adecuados, cuando entren a la adolescencia escogerán instintivamente los que mejor les convenga, es decir, de entre aquello que el mundo les ofrezca, sin percatarse de que existen muchas otras y mejores alternativas. Simplemente estirarán la mano sin preguntarse "¿acaso no hay nada mejor?", contribuyendo a perpetuar el ciclo vicioso de decadencia moral generalizada que últimamente caracteriza al mundo. 

En la niñez aceptaron inconcusamente todo lo que le enseñaron sus mayores (conocimiento por inducción): "Todo lo que dicen mis padres (tíos, abuelos, maestros) es verdad". Pero ahora percibe que puede usar otras fuentes de información y otras líneas de razonamiento para llegar a conclusiones muy diferentes (conocimiento por deducción): "¿Será cierto todo lo que me han dicho?", pensando independientemente de los principios, las verdades o dogmas, estereotipos, paradigmas, reglas, costumbres y creencias recibidos. Si no se da cuenta de las diferencias, es decir, si no aprender a discernir, pueden terminar atrapados en una red, dirigir mal sus flechas del esfuerzo y dar en cualquier lugar menos en el blanco de la eficiencia.

Es cuando los amigos -que están en una situación similar- adquieren una influencia poderosa -y tal vez peligrosa- en su vida. Y los medios de comunicación cobran una importancia fundamental, ya que parecen abrirle los ojos al mundo como nunca antes lo había imaginado. ¡H
asta los dibujos animados, comedias, obras de teatro, efectos especiales, escenografías espectaculares y especulaciones científicas podrían influir y modificar sus deducciones.

Ni en la ciencia se puede confiar a ojos cerrados. Basados en conocimientos de última generación (como la física cuántica, la nanotecnología y la robótica, por citar solo algunos) científicos elaboran teorías cósmicas fabulosas, como las de los universos paralelos o la materia oscura, abriéndonos la mente de par en par con medidas que se expresan en miles de millones de años, algo imposible de comprobar, a fin de que no nos neguemos a ver un panorama totalmente nuevo del universo.
No decimos que todas las hipótesis sean ciertas o falsas. Pero de hecho, coadyuvan a que las hipótesis deductivas del ex niño comiencen a expandirse y dispararse a niveles aparentemente incontrolables. ¿Qué efecto puede tener tal avalancha de posibilidades?

Es cierto que hay que dejar volar la mente para poder trascender las fronteras del saber y de la inventiva. De hecho, no existiría la creatividad sin un pensamiento hipotético deductivo. ¡Necesitamos pensar creativamente! Pero, ¿a qué costo? ¿Acaso porque un rayo láser sea tan potente que pueda destruir una montaña comenzaré a disparar a diestra y siniestra eliminando todas las montañas que encuentre a mi paso? ¡Qué insensato sería eso!

Los chefs más renombrados consiguieron su reputación a fuerza de usar en toda su amplitud el pensamiento hipotético deductivo. "¿Qué pasaría si, en vez de huevo y leche, le pongo yougurt griego natural?" o "¿Qué pasaría si, para darle consistencia, hiervo un poco de linaza sobre un colador, en vez de usar fécula de papa o máiz?". A veces, cuando alguien exclama: "¡No seas loco!" es porque uno está dando en el clavo de algo grande, nuevo y extraordinario.

Ser creativo no significa que fabricar toda clase de bombas para destruir a nuestros semejantes sea una labor loable. Para ser francos, la creatividad puede usarse tanto para el bien como para el mal. Por la misma razón, ser poderoso no significa que uno deba descargar todo su poder en todo momento. La clave de los logros más extraordinarios no siempre fueron fruto del descontrol, sino del autodominio. Es cierto que se han descubierto cosas interesantes
por casualidad. Pero si esa hubiese sido la norma, hace mucho tiempo que hubiéramos destruido el planeta. Los inventores más inteligentes prefieren dar un uso controlado a su poder, porque de otro modo no recordarían las líneas de pensamiento con las que llegaron a sus deducciones, y posteriormente no podrían repetir los mismos resultados.

Si
tomaran el control de la mente y contribuyeran a una diversificación descontrolada, las frases del tipo "No creas en límites", "Retroceder nunca, rendirse jamás", "Ahora o nunca", "Libérate", "Supérate", "Nadie tiene por qué imponerte lo que debes hacer", "¡Tú puedes!", y otras por el estilo, el que fuera un chiquillo respetuoso y obediente, que ocupaba los primeros puestos de su clase, y que era la adoración de sus padres, poco a poco podría comenzar a volverse desobediente e indiferente a las normas, a proclamar su agnosticismo, enorgullecerse de haberse convertido en ateo y finalmente acabar como apologista de algún grupo rebelde, si no como adicto a alguna droga perjudicial, a la pornografía o sabe Dios a qué otras cosas.

No sería raro que en esta etapa comenzara a escuchar a todo volumen música extraña que ensalzara su supuesta liberación. ¿Qué haremos cuando también comience a escuchar voces en su interior, que le digan: "¡Mátalos a todos!" o "¡Arrójate del puente!"? ¿Simplemente obedecerá para seguir expandiendo el campo de sus hipótesis y deducciones ("¿Qué pasaría si los mato? Bueno, seguramente me capturarán y me meterán a la cárcel por el resto de mi vida. Mejor me quito también la vida y me voy con todos al otro mundo")? ¡Hipótesis descontroladas que pueden producir deducciones proporcionalmente descontroladas! La clave esté en autodominio y el uso racional del poder.

El autodominio puede compararse al timón de un automóvil. Imaginemos a alguien que decide acelerar a toda velocidad por una autopista, luego le quita el timón y acelera más rápido. ¿Cuál será el resultado? ¿Algún nuevo descubrimiento científico? ¿Alguna nueva receta para un restaurante de comida internacional? ¿Alguna nueva teoría filosófica? ¿Alguna nueva ruta para llegar a la Luna? ¿Algún contacto extraterrestre? No. Simplemente confirmaría que una estupidez solo lleva a otra estupidez. No se da cuenta de que su pensamiento hipotético deductivo, una característica natural en los adolescentes, le está jugando una mala pasada, extralimitándose y dirigiéndolo hacia un resultado muy diferente del que originalmente imaginó.
Por supuesto, son ejemplos exagerados que solo sirven para resaltar las diferencias. No significa que todos los jóvenes sean así o que lleven a la práctica todo cuanto se les ocurra.

No estamos contra la motivación que impulsa a uno a esforzarse por superar sus mejor marca. Pero cuando la motivación se convierte en pasión, y luego, en obsesión, de modo que se pierde el respeto por las regulaciones, es muy fácil cruzar la línea de la cordura y comenzar a vivir según normas que no contemplan la mesura, la consideración, la compasión. Es cuando el proceso de degeneración se hunde en las arenas movedizas del mal hasta que se vuelve muy tarde para retroceder y rehacer el daño o, por lo menos, recapacitar.

No hay por qué temer que todas las hipótesis de los jóvenes sean malas, o que las lleven a la práctica. Porque aunque se trate de deducciones aparentemente lógicas, recordemos que no son necesariamente reales. Pero queda claro que en esta etapa los jóvenes ponen más cuidado al seleccionar aquello a lo cual prestan atención, mejorando o empeorando su manera de expresarse, así como su capacidad de estudio y memoria, mediante el autocontrol de sus conocimientos (metacognición).

Sus reacciones para aprender, conectar y refutar ideas se vuelven más rápidas, agudas e incisivas que cuando era niño. En pocas palabras, lo que antes solo imaginaba, ahora se convierte en una realidad posible. Y no sería de extrañar que sus acciones y reacciones, fruto de este proceso de experimentación
, necesario para su desarrollo, y que resulta ser tan excitante como cualquier aventura, se confunda con un faltamiento de respeto.

De hecho, ¿acaso no son la radio, el teléfono, la televisión, el computador, Internet, el control remoto, los celulares, el jetski, el aerodeslizador, los satélites, las naves espaciales y casi todos los grandes descubrimientos, producto de pensamientos creativos que tuvieron su origen en la juventud temprana, cuando sus inventores jugaban en el vecindario con sus amiguitos? Las hipótesis y deducciones juveniles se propagaban como feromonas en el ambiente. Y es que el adolescente tiene muchas cosas en qué pensar, y tiempo mucho para hacerlo. Hoy existe un progreso tecnológico asombroso, nada menos que gracias a los creativos.

Con tanta carga emocional adicional, no es de extrañar que algunos temas complicados o importantes se vuelven difíciles de procesar o de reflexionar. Por ejemplo, puede que un joven no sepa si algo es correcto o incorrecto, pero está seguro de que está bien o mal. De niño aceptaba las imposiciones y acumulaba y usaba el conocimiento que recibía por inducción. Pero ahora lo cuestiona todo porque su propia capacidad de razonar le presenta posibilidades insospechadas que podrían llegar a realizarse. Se le ocurren teorías, proyectos e hipótesis (deducción), y también su inclinación política (cómo deberían ser o hacerse las cosas). Su concepto de lo que sería justo o mejor, brota y bulle. Encarémoslo, un adolescente (rebelde o no), es el resultado de las deducciones (lógicas o ilógicas) a las que llega con su pensamiento hipotético-deductivo.

Sin duda que la falta de guía adecuada en esta etapa de la vida podría marcar la diferencia entre una vida que termine en satisfacción o en dolor y sufrimiento. Los padres que no asumen su responsabilidad, o que tratan de hacerlo sin saber cómo, reflejarán esa misma tendencia en el joven y perderán la oportunidad de guiarlo por esta difícil transición a la edad adulta. Y hasta que no se detenga el patrón de actitudes, podrían pasar generaciones.

De ahí la necesidad de una disciplina temprana que ayude al joven a llevar a cabo su desarrollo, encaminándose de tal manera que se habitúe a autorregular adecuadamente sus conocimientos. Así la transición a su nueva forma de enfrentar la vida no será tan traumática. Aprenderá a valerse por sí mismo, pero ya no de un modo incontrolado, sino eficaz. Ante nuevas inquietudes que le hagan pensar: "¿Qué pasaría si desobedezco a mis padres?", "¿Qué pasaría si fumo?", "¿Qué pasaría si me emborracho?", "¿Qué pasaría si me voy de casa?", "¿Qué pasaría si robo?", etc., llegará a deducciones apropiadas que salvaguarden su futuro. Los tontos se irán al barranco, pero él permanecerá seguro por el resto de su vida.

En esta etapa
se vuelven cruciales sus referentes a través de la lectura de biografías aleccionadoras, sobre todo si se percibe un mal ejemplo de parte de sus figuras de autoridad, las que -se supone- deberían ayudarle. Los relatos de éxito de las vidas de otras personas pueden mostrarle los pros y contras del proceso de experimentación, y las acciones que otros decidieron tomar y las consecuencias que les sobrevinieron, buenas y malas. Las buenas para imitarlas, y las malas para rechazarlas. Sin referentes de calidad, quedará totalmente expuesto a los dulces que le ofrezca el mundo. Ni siquiera se tomará la molestia de pensar si habrá mejores opciones.

Siendo que el pensamiento hipotético-deductivo funciona como una herramienta intelectual que puede lograr mucho bien o mucho mal, es tarea indispensable de los padres anticiparse proactivamente y ayudar a sus hijos a utilizarlo de manera que les resulte en deducciones correctas que los pongan en ventaja, no en desventaja. Por ejemplo, si un joven crece creyendo en la suerte (casualidad), puede suponer que todas las consecuencias de lo que haga  están sujetas a una supuesta fuerza que está a su favor o en contra, pero que no puede controlar.  Podría terminar a edad temprana en la cárcel, si no muerto. Pero si se le explica que la suerte significa casualidad, y que uno no puede controlar la casualidad, lo ayudará a ser más cuidadoso con sus decisiones a fin de producir hipótesis y deducciones que lo pongan en ventaja, alejando de su vida las probabilidades de fracasar.

Cuando un delincuente se ve ante cuatro paredes, purgando algunos años de cárcel, inicia el proceso de darle vueltas a su pasado, probablemente a pensar en la familia y en todo el sufrimiento que les ha ocasionado, en los verdaderos amigos y en los momentos bonitos y feos, en lo que verdaderamente significaba la libertad. Pero también en las tendencias, "los amigos" y las circunstancias que lo desviaron poco a poco hacia el curso que finalmente lo llevó a la cárcel. En otras palabras, comienza a usar retrospectivamente el pensamiento hipotético-deductivo, llegando a la conclusión correcta: "Si hubiera aprovechado mis habilidades de manera diferente, no  hubiera terminado aquí". Ahora descubre que tiene una nueva oportunidad de ejercitar hipótesis y deducciones correctas y usarlas a partir de ese momento.

Dicho sea de paso, el pensamiento hipotético-deductivo es lo que originalmente impulsó a muchos hackers a expandir sus redes de información y su necesidad de investigar, ahondar y atreverse a espiar a otros a pesar de saber que en algunos casos podía costarles la libertad. Es cierto que se puede argumentar que no es un delito tomar fotografías de una casa y luego construir una igual, o darle las fotos a alguien para que la construya, en otras palabras, que no es lo mismo que robar la casa. Pero no todos lo entienden así, sobre todo si consideran que pagaron por los planos, por la edificación y por las licencias de construcción. En fin...

¿Cómo
ayuda el pensamiento hipotético deductivo a entender la oratoria de calidad?

A no ser que exista un propósito especial, un orador inexperto quizás se muestre dogmático y se precipite, mostrando a sus oyentes una conclusión o deducción antes de haber presentado un análisis o argumento motivador que la sustente. En todo caso, solo convencerá a un grupo de niños pequeños (que creen todo por inducción), no a jóvenes ni adultos (que desarrollan una creencia por deducción).

Los padres, maestros y conferenciantes deben tomar nota de esta importante facultad de la naturaleza humana al impartir educación y disciplina según las edades. A esto muy probablemente se refería Dale Carnegie cuando aconsejaba: "Diríjase al auditorio como si hablara con jóvenes de 14 años". Porque si uno se dirije al público teniendo en consideración el pensamiento hipotético-deductivo, tomará las debidas precauciones para expresar sus hipótesis de un modo que ayude al oyente a llegar a deducciones correctas.

Si el orador empieza su discurso con una declaración dogmática: "La Biblia dice que todos debemos dar el diezmo...", podría activar el pensamiento
hipotético-deductivo de una persona razonable, que podría reaccionar internamente pensando: "¿Y si no doy? ¿Qué me hará Dios? ¿Es cierto eso? ¿Cuánto dinero pidió Jesús antes o después de curar a alguien?", y llegar precipitadamente a la conclusión de que Dios es irrazonable e injusto, o bien activar en su interior sus defensas a fin de investigar más a fondo el asunto para ver si eso es lo que realmente exige Dios a la humanidad, o pensar que solo se trata de un ardid astuto del orador para llenar de dinero sus bolsillos.

Un orador entrenado nunca pide nada, nunca ordena nada, nunca exige nada sin haber sustentado debidamente las razones más aceptables y las motivaciones más agradables para el oyente individual. Lanzar porque sí un argumento dogmático no le ayudará. Todo lo contrario. Solo despertará y exacerbará el pensamiento hipotético-deductivo, provocando una reacción reticente. El auditorio llegará a una feliz deducción solo si el orador lo ayuda a percibir los beneficios que obtendrá
personalmente de hacer suyo el argumento.

Los dogmas funcionaban en épocas pasadas, cuando la gente no se atrevía a desafiar a la autoridad, sobre todo si esta vociferaba como un parlamentario excitado o blandía una espada como un mercenario a sueldo. En el siglo 21, el desafío contra la autoridad -familiar, religiosa, escolar, universitaria, municipal, policial, militar, federal, gubernamental, judicial, etc.- se ha vuelto tan común que no es recomendable presentar un argumento sin el debido sustento. Ahora que la humanidad está abriendo los ojos debido al adelanto tecnológico, muchos están dándose cuenta de que los gritos de ira y las espadas ensangrentadas solo proyectan falta de autocontrol y, en el peor de los casos, demencia.

Es fácil decir que la evolución por aquí y la evolución por allá. Pero un joven razonable que ha estudiado a fondo todo lo relacionado con el registro fósil, sabe que hay información que no se puede pasar por alto livianamente, por muy nutrido que alguien parezca estar con teorías que todavía necesitan comprobación. El pensamiento hipotético-deductivo es una extraordinaria herramienta intelectual para diseñar la mar de teorías interesantes. Pero sigue siendo hipotético. Es decir, solo es una herramienta que ayuda a llegar al fondo de la verdad. No equivale a la verdad misma.

Si un orador toma la palabra sin tener en cuenta que el pensamiento hipotético-deductivo de sus oyentes podría jugarle en contra, podría comenzar a lanzar ideas dogmáticas a diestra y siniestra y ponerse a sí mismo en desventaja desde el comienzo de su discurso y necesitará más que un buen argumento para convencerlos de que sus palabras verdaderamente tienen sustento.

Como hemos visto, el pensamiento hipotético-deductivo ayuda a uno a ver diferentes opciones, es decir, aparte de las que el mundo ofrece. Y a veces exige más que razones aceptables y motivaciones agradables para obtener la aprobación del auditorio. Por eso se necesitan explicaciones sólidas que puedan corroborarse mediante la investigación, y motivaciones apropiadas que impulsen a acciones loables que realmente funcionan en la vida real.

No todo lo que dicen los sabios es cierto,
y no todo lo que dicen los ignorantes es falso.


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