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Me
han dicho que tengo cara de tonto
©Miguel
Ángel Ruiz Orbegoso
Los volcanes pueden permanecer moderadamente tranquilos durante algún tiempo, pero debido al incremento de la presión, la masa de fuego que hay bajo la tierra puede acabar escapando por la parte superior o reventando por cualquier lado. ¿Flores? ¿Volcanes? Permíteme explicarte: Por
nacimiento, los seres humanos, salimos de seres humanos que vivieron
antes que nosotros, nuestros progenitores o padres, y por lo general,
un bebé proviene del interior de su madre, entra en el mundo
y con los
años se convierte en un ser capacitado para dar vida a otro.
Lo
que quiero decir es que todo proviene del interior de alguien o algo
que existió antes que nosotros, ya se trate de plantas,
magma o seres
humanos. En algunos casos se generan seres como nosotros, y en otros,
no. Por ejemplo, una erupción volcánica puede ser
muy devastadora, pero
en sí misma la lava o la ceniza no resulta en volcanitos
bebés.
Con
esas tres ilustraciones, las flores, los volcanes y los seres humanos,
me refiero a que, en la vida, algunas cosas proceden de otras que ya
existían. No fuimos los creadores de la primera flor, ni del
primer
volcán ni del primer ser humano. Por ejemplo, en el caso de
los seres
humanos, solo podemos continuar, ramificar, alterar o interrumpir la
línea de descendencia, pero no podemos crearla.
¡Ya existe!
Ocurre
algo similar con la personalidad y el carácter. Nacemos con
cierta
influencia que proviene de nuestros antecesores, y podemos alterarla y
modificarla, pero no podemos deshacernos de ella. Porque somos como las
flores que transmiten el polen y dan lugar a flores nuevas; y somos
como los volcanes, que tarde o temprano sacamos de nuestro interior lo
que verdaderamente somos. el lenguaje figurado te permite visualizar lo
que estoy diciendo. En pocas palabras, básicamente
tú eres lo que eres
como resultado de la contribución de tus progenitores.
Por
una ley natural, no nacemos como páginas en blanco. Venimos
al mundo
con un código genético intraconstruido y
preprogramado en muchos
sentidos, es decir, previamente escrito y diseñado en el
seno de la
naturaleza, la cual dio órdenes a nuestras
células para que formaran
las diferentes partes del cuerpo de una manera específica
que no
pudimos controlar a voluntad. Nadie puede decir “quiero tener
una nariz
diferente” y lograr que su nariz comience a cambiar por
sí misma. La
ingeniería genética nos promete que tal vez
algún día podamos ejercer
más control sobre nuestros genes, pero no por ahora (dicho
sea de paso,
la naturaleza tiene una programación definida, pero el
ambiente donde
uno nace y crece, así como la contaminación moral
y ambiental y otros
factores, pudieran dañar el código
genético, ya sea por medios
naturales o artificiales, y causar muchos problemas a los seres que
vienen después).
Junto
con la herencia física que recibimos de nuestros padres,
también
recibimos influencia sobre nuestra personalidad y carácter,
la cual nos
hacen reaccionar de determinadas maneras. Por eso a veces alguien
pudiera decir: “Ríes como tu abuela”, o
“eres terca como tu madre”, o
“te gusta el fútbol como a tu
tío”, o “eres músico
(médico, abogado,
artesano) porque somos una familia de músicos
(médicos, abogados,
artesanos)”. De modo que no venimos desprovistos de
inclinaciones
predeterminadas. Algunos investigadores hasta creen que venimos al
mundo con una empatía básica.
Sin
embargo, el que la naturaleza nos haya dotado de cierta influencia para
comenzar, porque el ser humano necesita una identidad elemental, no
significa que nuestra preprogramación sea como la de un
perrito que
solo puede ladrar, o un gatito que solo puede maullar. El ser humano
tiene un cerebro distinto al de las demás especies. Cuenta
con una
cualidad única en la naturaleza terrestre: Puede
autoprogramarse para
ser y hacer lo que desee.
Si
el ser humano quiere hablar varios idiomas, puede hacerlo; si quiere
tener varias profesiones, puede hacerlo; si quiere viajar, puede
hacerlo; si quiere construir casas, puede hacerlo; si quiere subir
hasta la luna, puede hacerlo; si quiere bajar a las profundidades del
mar, puede hacerlo; si quiere dominar a los tiburones y osos, o nadar
con ballenas y leopardos marinos, puede hacerlo. No hay cosa que pueda
imaginar que no pueda intentar hacerla. Ninguna otra especie
terrícola
conocida puede autoprogramarse.
Y
lo mismo podemos decir de la cara de tonto. El que alguien tenga cara
de tonto no tiene nada que ver con el rostro en sí, porque
los rostros
de las personas no son lo que nos transmiten emociones y sensaciones.
Son los rostros los que reflejan nuestras emociones y sentimientos. Por
ejemplo, la próxima vez que vayas a un velorio o mortuorio,
mira
detenidamente el rostro del fallecido y date cuenta del
vacío que te
causa. Es porque está desprovisto de emoción. Los
muertos son
absolutamente inexpresivos. Tienen rostro, pero, por ejemplo, no tienen
una expresión que nos comunique cariño o ira. No
comunican alegría ni
tristeza, dolor ni satisfacción, o sea, no tienen cara de
tontos ni de
vivos.
Por
lo tanto, la cara de tonto no depende de la cara en sí, sino
de la
expresión que pone del dueño de la cara. Porque
son los sentimientos y
las sensaciones los que crean o generan las expresiones del rostro. Y
lo mismo podemos decir de los gestos y ademanes, el tono de voz y la
escritura. Por eso los muertos no tienen expresión, porque
no sienten
nada. Y es interesante que si alguna enfermedad nerviosa interrumpe sus
sensaciones, aunque la persona esté viva y sienta emociones,
tal vez
tampoco exprese nada. Tiene un rostro inexpresivo.
De
modo que depende mucho de ti y de los sentimientos y las sensaciones
que cultivas en tu interior. ¡Como un volcán! Lo
que hay en tu interior
es como el magma de un volcán. La expresión de tu
rostro es solo un
reflejo de lo que hay en tu interior. La pregunta clave es:
“¿Qué
influencia pudiera haber causado las expresiones que hicieron que
alguien te diga que tienes cara de tonto?”. Si logras hallar
la
respuesta, podrás comenzar a modificar la
programación que causa dicho
efecto. Pero debes entender que tu expresión actual depende
mucho de
ti, de tus circunstancias y de tu autoestima.
A
veces se dice de ciertos niños: “Tiene cara de
vivo (porque se le ve
muy despierto)”, o “tiene cara de esconder algo
(porque ha hecho una
travesura)”, o “parece desnutrido (porque
está muy flaco)”, o “tiene
algo (porque está enfermo)”. El rostro comunica lo
que hay en nuestro
interior. No es por gusto que alguien diga: “Esa mujer tiene
cara de
pocos amigos”, es decir, que su rostro envía el
mensaje: “Si te
acercas, puedo ladrarte o morderte”. No sería raro
que, a raíz de dicho
estímulo, le pongan el sobrenombre de
“Pitbull” o
“Dragón”. Es como si
lleváramos un letrero a todas partes indicando lo que somos
por dentro.
Lamentablemente, algunos envían mensajes contradictorios.
Hay casos
excepcionales. Alguien tal vez tenga un gran corazón, pero
su rostro
comunique rencor y desprecio, o viceversa.
Si
caminas rígidamente, como un robot, y trabajas como
vigilante, podrían
apodarte “Robocop”. O si eres médico y
tratas mal a tus pacientes, no
sería raro que tus compañeros de trabajo te
apoden “Cruelo”. El
estímulo provoca la reacción de los observadores,
y lo que es peor, el
apodo va nutriendo tu carácter y personalidad. Si quieres
modificar la
situación, tendrías que dejar de caminar
rígidamente o de tratar mal a
tus pacientes. Mucho depende de ti.
Por
ejemplo, a veces se oye a alguien decir: “A mí
siempre me asaltan”, y a
otro, “a mí nunca me asaltan”. No es que
quiera establecer un análisis,
pero cabe preguntarse qué tiene uno que no tenga el otro por
lo cual a
uno siempre lo asalten, y a otro no. ¿No será que
los ladrones ven algo
en la expresión de uno, como si dijera: “Soy
asaltable”, mientras que
el otro dijera: “Mejor no te metas conmigo”. Los
ladrones no son
tontos. Intuyen con quién se meten, porque no quieren
problemas. Buscan
víctimas fáciles. Es cierto que a veces se
equivocan, pero en la
mayoría de los casos, observan muy bien a quién
van a asaltar,
procurando no equivocarse. Porque prefieren no meterse con alguien que
les dará batalla.
Por
ejemplo, hace algún tiempo, al pasar por un parque,
observé a una
señora que caminaba con los que parecían ser sus
hijos. Uno a la
derecha y otro a la izquierda. Ella tenía una
expresión dura y
dominante, y ellos, cara de tontos, andaban con paso pesado,
balanceaban poco los brazos y llevaban la cabeza gacha. Me
quedé
observando la escena con disimulo, pero con un enorme
interés. No te
imaginas el interés que les puse. ¿Por
qué?
Tenían
unos 15 ó 16 años de edad, y ella era una mujer
muy gorda de unos 45 ó
50 que llevaba un paso firme y decidido. Los muchachos la
seguían al
compás, y para un observador perspicaz era obvio que los
tenía
dominados y que la "cara de tonto" obedecía a una influencia
dominante
o sobreprotectora de la madre. Pero esa escena se ve en muchos lugares,
porque es muy común. Entonces, ¿por
qué me llamó tanto la atención?
¡Porque
los jóvenes vestían uniformes de karate, y los
dos ostentaban nada
menos que cinturón negro! Era evidente que la
señora los estaba
acompañando de regreso a casa de la academia de karate.
Increíble.
Sabemos
que nadie puede meterse con un cinturón negro y salir
impune. Pero era
muy interesante que no disimularan su cara de tontos. En
opinión de
algunos, eso los convertiría en especialmente peligrosos,
porque al
pasar por tontos y no estar vestidos con karateguis de seguro
incrementarían las probabilidades que algún
abusón inadvertido los
fastidiara de vez en cuando, y ya te imaginas el resultado (en defensa
propia, por supuesto).
Lo
que quiero decir es que aunque nacemos con una expresión
viva, dinámica
y exigente, y casi todos pegamos un alarido increíble al
momento de
nacer, con el tiempo perdemos viveza durante el proceso de
adaptación
al medio ambiente familiar y social. Entonces, cuando la nariz sigue
creciendo más de los que pensábamos, o nuestros
ojos comienzan a
torcerse, o las puntas de los pies se orientan hacia dentro,
algún
estúpido nos dice:
“¡¡Tonto!!”, y regresamos a
casa doloridos
emocionalmente, y nos miramos en el espejo, lloramos y nos preguntamos
“¿Por qué soy así?”.
A
nadie le gusta que le digan tonto, y a nadie le gusta descubrir lo que
significa esa palabra. Pero cuando dos, tres o más personas
lo repiten,
comenzamos a creer que tienen razón, y lo aceptamos, lo
asimilamos y
nos resignamos. Por lo tanto, no hacemos nada por modificar nuestra
expresión, porque creemos que vinimos al mundo
preprogramados para
parecer tontos.
Cuando
yo era niño, caminaba con las puntas de los pies hacia
dentro y la
cabeza gacha, pero había un vecino que caminaba con las
puntas
exageradamente hacia fuera y el cuello muy erguido, y yo lo observaba
preguntándome: “¿Por qué
camina así?”. Y había quienes
caminaban
normalmente, ni con las puntas hacia dentro ni hacia fuera. Entonces me
forcé a mí mismo y comencé a caminar
con las puntas exageradamente
hacia fuera, solo para contrarrestar mi defecto y ver qué
ocurría. El
resultado fue que corregí mi postura y nunca más
volví a andar con las
puntas hacia dentro ni exageradamente hacia fuera.
Cuando
estaba en los últimos años de la escuela, me
enamoré de la chica más
bonita de la escuela, y ella aceptó salir conmigo. Pero un
día que
caminábamos por un parque, me tomó el
mentón con un dedo, me empujó
suavemente la cara hacia arriba y me dijo: “Levanta la cara,
Miguelito”. Hasta ese momento, yo no había tomado
conciencia de que
solía caminar con la cabeza gacha, y hasta hoy le estoy
agradecido por
señalarme ese pequeño defecto y
enseñarme a alzar la cabeza. Ella me
enseñó a caminar derecho y a ver que la vida
estaba adelante y arriba.
Cuando
tenía entre 10 y 14 años de edad, uno de mis
hermanos mayores (16 años
mayor) solía decirme: “La gente inteligente no ve
las cosas, las mira;
no oye los sonidos, los escucha; no toca las cosas, las palpa; no huele
los olores, los olfatea; y no come los alimentos, los
degusta”. Se
refería a que observa todo con interés. Y me daba
ejercicios. Por
ejemplo: “Hoy quiero que mires todas las narices que puedas,
y a la
noche conversamos sobre tus observaciones. También una vez
me preguntó:
“¿Cuántos diferentes pájaros
puedes mencionar?”. Yo le dije: “Mmm, unos
20”. Y añadió: “A ver,
comienza”. Y comencé: “Loro, canario,
cuervo,
gallina, pato, perdiz, avestruz, águila, búho,
gaviota, gorrión, tucán,
cóndor, pelícano, pavo…” y
mencioné tantos que me quedé pasmado.
Entonces me dijo: “Así como sabes más
nombres de pájaros de lo que
creías, también eres más observador e
inteligente de lo que crees”. Y
me levantaba la moral.
Pero
tenía un hermano aún mayor (17 años
mayor), que cuando me equivocaba,
siempre me decía: “¡Caramba, hijo!
¿Por qué no te fijas en lo que
haces?”, y me hacía gestos de desprecio y
suspiraba, haciéndome sentir
culpable e ineficiente. Un día, al cabo de ver
cómo me menospreciaba,
lo abordé en privado para preguntarle por qué me
trataba tan mal. Pero
dijo que yo siempre había sido un inútil y
engreído. Dijo que mi padre
siempre me había preferido a mí y que no
tenía ningún sentido siquiera
darme explicaciones. Entonces me puse a llorar y le pedí que
me ayudara
y me tuviera más en cuenta, pero él me
condenó alzando la voz:
“¡¡Está
de más, tú y yo nunca seremos
amigos!!”, y siguió concentrado en lo
suyo. Me retiré y nunca volví a pedirle nada.
Nuestro padre había
muerto hacía poco tiempo de un paro cardíaco, y
yo contaba con unos 16
años de edad, la edad en que un joven necesita
más que nunca la guía y
el apoyo de sus mayores. Fue devastador.
Aunque
el hermanito que mis hermanos mayores habían pedido con
tanto empeño
("¡Queremos un hermanito! ¡Queremos un
hermanito!"), el final de la
historia fue muy distinto. Por un lado, un hermano me hacía
sentir
inteligente e importante, mientras que el otro me hacía
sentir estúpido
e inservible. Pero fue más fuerte la influencia del primero,
porque me
ayudó a ser lo suficientemente inteligente para entender
todas las
cosas. Porque ¿a quién crees que
preferí creerle? ¿Al que me bajaba la
moral o al que me la levantaba?
De
hecho, un día, el hermano que no me quería
partió de viaje para
siempre, dejándome una breve carta breve en la que me
encargaba a mis
dos hermanos menores y a mi madre, una responsabilidad más
grande de lo
que pensé que podía cargar, y nunca
volvió a comunicarse conmigo. Se
esfumó de mi vida y nunca volví a verlo. El otro,
el que me animaba,
falleció en la década del 90 dejándome
un extraordinario legado
intelectual.
No
tengo ni el tiempo ni el deseo de aburrirte contándote toda
mi vida,
pero te lo digo para que entiendas UNA cosa: Es un engaño
que creas que
eres un tonto solo porque otros te digan que pareces un
tonto. Pero mucho depende de ti en cuanto a si lo crees o no, en cuanto
a si te comportas o no como un tonto. Suena duro, pero prefiero ser
franco y asumir la responsabilidad de responder a tu consulta. Lo que
tú creas es lo que finalmente importa, porque es lo que
influye en tu
actitud.
Los
actores de cine tienen que actuar diferentes papeles. A veces hacen de
malos y a veces de buenos, a veces de vivos y a veces de tontos.
Pregúntate: “Cuando un actor parece tonto,
¿es acaso porque es tonto en
la vida real?”. ¡De ninguna manera! Solamente
parece tonto porque le
han pedido que haga el papel de tonto, y lo hace tan bien que pudieran
darle un Oscar a la mejor actuación. No es tonto, pero
parece tonto por
su expresión, sus actitudes y su manera de comunicarse. Lo
que nos
lleva a una conclusión interesante: La cara de tonto no es
el resultado
de que uno sea tonto, sino de que parezca tonto.
En otras palabras, depende de su expresión, de sus actitudes
y de su
manera de comunicarse. Lo mismo ocurre con un actor. Para parecer tonto
tiene que actuar como tonto.
La
piedra angular es: “¿Te consideras
tonto?”. Porque si te consideras
tonto, no vas a querer modificar tu expresión y siempre
seguirán
diciéndote tonto. Pero si no te consideras tonto,
podrás modificar tu
expresión y lograr que dejen de decirte tonto. No te
engañes. Lo que
opinas de ti mismo afecta la expresión de tu rostro, y la
expresión de
tu rostro les comunica a los demás lo que
tú piensas de ti mismo. El
rostro es como las fumarolas de un volcán. Indican la
actividad que hay
en su interior. Por eso los actores pueden actuar el papel de tontos, y
los tontos, el papel de vivos.
En
cierta ocasión, Olga de Chong, de mediana edad,
acompañó a su hija en
automóvil al centro de la ciudad. Su hija se bajó
para realizar un
trámite mientras Olga la esperó en el auto (el
auto era de la hija). De
repente, Olga sintió un movimiento extraño y se
percató de que eran
unos delincuentes tratando de llevarse un neumático. Un
sudor frío
recorrió como un latigazo por todo su cuerpo y, aunque no
sabía kung
fu, recordó los movimientos de kung fu que hacían
sus hijos cuando
practicaban en casa. De modo que cometió la locura de bajar
del auto,
saltar en posición de ataque y extender sus manos con las
uñas hacia
delante, a la vez que dejaba salir un extraño sonido, tipo
“¡¡jiooooooaaaaahhhh!!”. Los
tipos la miraron fijamente, luego se
miraron entre sí y salieron disparados como gatos techeros.
Finalmente,
Olga se dejó caer dentro del auto, temblando, muerta de
miedo,
diciéndose a sí misma: “Nadie va a
robarle a mi hijita”. Actuó como
peladora de kung fu, y ellos creyeron que era peleadora de kung fu.
¡Aun ella misma se lo creyó!
No
estoy diciéndote que fue un proceder sensato enfrentarse a
los
delincuentes, porque pudo ocurrir una desgracia. Un accesorio no vale
más que la vida, y hay ladrones curtidos que no
dudarían en responder
violentamente. Pero este episodio nos demuestra que cuando una
actuación es buena, todos la creen. ¿No
podrías hacer eso mismo para
modificar el concepto que los demás tienen de ti, no me
refiero a tomar
clases de karate o kung fu, sino a dejar de actuar como un tonto, es
decir, dejar de expresarte de una manera que los demás
interpreten como
tonta? En vez de mostrar una mirada pálida y
caída, como la de un
sabueso, es decir, triste y sin vida, ¿no podrías
imitar la expresión
de un águila y procurar darle más vida a tu
mirada? ¡Dejar de poner cara de tonto!
No
me refiero a parecer malo o duro de matar, sino de abrir u poco
más los
ojos y ser más observador, es decir, mirar las cosas en vez
de solo
verlas; escuchar los sonidos en vez de solo oírlos; palpar
las cosas en
vez de solo tocarlas; olfatear los olores en vez de solo olerlos; y
degustar los alimentos en vez de solo comerlos?
¿Cuántos pájaros
diferentes puedes mencionar?
También
te ayudará trabajar en tu porte y manera de andar. No que
parezcas un
arrogante e insensible que pone la nariz en las nubes, sino un poco
más
erguido, de modo que se te vea más seguro y confiado. Una
postura
encorvada no te favorece. Es como proclamar: “Soy asaltable,
maltratable, humillable”. Imagínate llevar una
camisa con un logotipo
que diga “patéame”. Sin duda no
faltará un abusón que se cruce en tu
camino y quiera darte gusto. ¿Podrías quejarte?
Tienes
que parecer más convincente si quieres darle forma a una
nueva manera
de expresar tu personalidad. Y si piensas que no tienes esas cualidades
necesarias, tómalas prestadas de otras personas por
imitación. Poco a
poco te sentirás mejor, cuando notes que cesan las frases
destructivas
que socavan tu amor propio.
Que
no te suceda como a aquellos jóvenes de cinturón
negro que aprendieron
a defenderse de los ataques pero no hicieron nada por dejar de provocar
ataques potenciales. La idea no es atacar ni contraatacar, sino dejar
de ponerte en una situación que provoque un enfrentamiento,
es decir,
dejar de poner
cara
de tonto.
Recuerda,
la cara de tonto no es un asunto del rostro en sí, sino de
la expresión
que uno pone. Si tu mirada parece perdida y tu espalda se encorva como
un junco; si dejas que tus anteojos resbalen hasta la punta de la
nariz, o si te llaman y te demoras un siglo en voltear, entonces,
prepárate, porque van a seguir tratándote como a
un tonto, y tarde o
temprano los ladrones te escogerán para asaltarte, y los
burlones para
burlarse. ¡No puedo creer que eso sea lo que quieres!
Si
no, entonces, mírate en el espejo y comienza a actuar como
otra
persona, una que comunique decisión y seguridad. Como
decía el famoso
psicólogo William James: “Actúa
valerosamente, y el valor surgirá”. Es
decir, actúa como un ratón, y te
convertirás en un ratón; actúa como un
águila y te convertirás en un águila.
Recuerda el proverbio antiguo que
dice: “Los justos son como un león joven que tiene
confianza”.
No
te digo que tomes clases de karate, porque como vimos en el caso de
aquellos jóvenes que seguían con cara de tontos
aunque tenían un enorme
cinturón negro, la clave no es aprender a pegarle a los
abusivos, sino
dejar de parecerles una tentación para burlarse.
Si
a menudo te dicen que tienes cara de tonto, o te tratan de una manera
que parecen dar a entender que creen que eres tonto o raro, es tiempo
de empezar a actuar de un modo constructivo. Mira al águila
y modifica
tu mirada. Vuélvete más observador, no solo con
la mente, sino con la
expresión de tu rostro, porque, recuerda: No depende de tu
cara, sino
de tu expresión. Por supuesto que estos cambios no los
harías por
agradar a los demás, sino por tu propio desarrollo personal.
El que
alguien te diga que pareces tonto te sirve como punto de referencia
para mejorar, porque tarde o temprano querrás encontrar un
trabajo
remunerador y disfrutar de la seguridad de un buen empleo; pero si el
que te contratará piensa: "Este parece tonto",
¿crees que te dará el
puesto? Sea como sea, tienes que mantener una actitud de progreso
permanentemente. No lo hagas por ellos, sino por ti.
Es
lamentable decirlo, pero la burla, el menosprecio y la
segregación
pueden ocasionar heridas emocionales muy profundas, y con ello, la mar
de reacciones negativas o hasta hostiles. En abril de 2007, un joven
disparó a quemarropa contra decenas de maestros y
estudiantes en una
universidad de los Estado Unidos después de enviar una
grabación
exponiendo sus motivos. Según él, era un acto de
venganza por la burla
y la humillación que sufrió de parte de una
sociedad que no lo
comprendió. Es fácil que digamos:
"¡Hombre! ¡Ese tipo estaba loco! ¡Era
un desequilibrado!", o "La ciencia ha demostrado que su cerebro estaba
mal!", pero eso no modifica el concepto que él
tenía de sí mismo
respecto a los demás ni lo que finalmente decidió
hacer. Desequilibrado
o no, la experiencia de sentirse burlado y humillado (en una palabra,
feo, ya sea por fuera o por dentro) fue suya propia, y nadie pudo
reconocer la magnitud de su resentimiento sino hasta que
detonó la
dinamita emocional que se había acumulado en su
corazón. Al margen de
los que pensemos, nunca resulta en algo bueno el que alguien se sienta
feo por dentro o por fuera. Ese es un concepto subjetivo que nadie
tiene por qué usar para hacerse daño a
sí mismo o a los demás.
¿Y
si genéticamente te pasaron una herencia que no te agrada, o
en tu
hogar hubo influencias que te hicieron sentir disminuido? No te vengues
volviéndote un crítico recalcitrante de cuanto
defecto puedas pescar en
los demás, o peor, ¡disparando contra una
multitud! Haz un esfuerzo por
recuperar tu dignidad, elévate un poco sobre el suelo y
siéntete bien
contigo mismo y con los demás. No te conviertas en un viejo
amargado o
una vieja frustrada que ahuyenta a las personas con una lengua
hiriente, con una mirada de pocos amigos o una pistola.
Recuerdo
una anciana amargada que nunca permitía que alguien la
ayudara con las
bolsas del mercado. Siempre respondía
ásperamente: "¡Yo puedo sola!".
Un día le vino un fuerte dolor a la columna y el orgullo la
consumió
porque, por un lado, se resistió a pedir ayuda a sus
vecinos, y por
otro, sus vecinos no se la ofrecieron nunca más. El
resentimiento es
una fuerza muy poderosa que jamás debemos menospreciar, pero
el final
siempre nos resulta mal a todos, sobre todo cuando la
víctima del
desprecio sería capaz de reaccionar destruyéndolo
todo a su alrededor
(ya no quiero vivir, me quitaré la vida, pero me
llevaré conmigo a
todos los que pueda).
Si
cuando te dijeron “cara de tonto” te sentiste
herido, entonces puedes
comprender cuán dañino es utilizar expresiones
como esa. No hagas lo
mismo con otras personas, especialmente con los niños. Una
persona
positiva es comunicativa, ayuda, estimula, felicita, encomia, elogia,
agradece, coopera y levanta la moral; una persona negativa dice cosas
que matan la motivación y destruyen la autoestima. No
actúes así. Nunca
hagas eso. El final no es bonito. Si quieres un final feliz, solo hay
una teoría: Tienes que reodearte de gente feliz y noble,
segura de sí
misma y comunicativa, y preguntarles cómo lo logran. La
próxima vez que
un amigo de la paz toque la puerta de tu corazón,
ábrele y préstale
atención. Tal posea la clave de la felicidad.
Ninguna
clase de crítica parece ser lo suficientemente buena como
para ayudar a
nadie, si esta no se basa en los principios de la crítica
(más
información sobre la crítica, en la obra
“Nadie es Perfecto, Cómo
criticar con éxito”).
Recuerda
que las flores y semillas provienen de las plantas, y las plantas, de
las flores y semillas. La flor se abre, expone el polen, las abejas se
posan sobre ella, el polen se adhiere a sus patas y se lo llevan a
otras flores que las reciben con beneplácito para crear la
siguiente
planta. Los volcanes pueden permanecer moderadamente tranquilos durante
algún tiempo, pero la masa de fuego que hay bajo la tierra
podría
escapar por la parte superior y reventar debido a la
presión. Y los
seres humanos salimos de seres humanos anteriores por nacimiento. El
bebé proviene del interior de la madre, entra en el mundo y
se
convierte en un nuevo ser, capaz de preservar la cadena de la vida.
Tú
eres como una flor que poliniza a otros con tus cualidades e influye en
los que vienen después, ya sean hijos, sobrinos, nietos,
amigos o
compañeros de estudios o de trabajo. Eres como un
volcán cuyo magma
bulle por salir y contarle al mundo todo lo que puedes dar. Hay
presión
en tu interior, y la pregunta que me enviaste es como una fumarola que
indica que quieres mejorar y explotar. Eres un ser humano que ha
recibido una herencia, es cierto, pero que no tiene por qué
vivir atado
a tradiciones, costumbres o falsedades esclavizantes que no promueven
la verdad y la bondad de las cosas. Recibiste una herencia, pero no
tienes que vivir conforme a una influencia destructiva, que te baje la
moral.
Si
quieres que cesen de una vez por todas los apodos o sobrenombres
desagradables, tienes que actuar como un águila, remontarte
sobre los
árboles y las montañas y disfrutar de un nuevo
concepto de ti mismo,
uno que se ajuste más a la verdad. Porque si bien es cierto
que tu cara
depende en parte de tu herencia genética, no puedes culpar a
tus genes
de la expresión que estás poniendo en este
momento. Recuerda: tu
expresión refleja el magma que hay en tu interior. Si tu
magma es
negativo, tu rostro será negativo, y si positivo, positivo.
Finalmente,
te sugiero leer el artículo “El crimen del
fotógrafo” donde explico el
enorme daño que causan los fotógrafos
ineficientes que toman
fotografías que contribuyen a que las personas cultiven una
imagen
empobrecida de sí mismas. Y ten presente esto: No existe
peor insulto
que decirle “¡Feo!” a alguien; ni peor
actitud que provocar dicho
insulto. En pocas palabras, haz algo por lo cual te admiren, y no por
lo cual te insulten. Procura enviar el estímulo adecuado y
producirás
las reacciones adecuadas.
Por
último, nunca te creas todo lo que hable la gente. Hay
muchos
resentidos que sencillamente no aprecian a los demás ni
tienen frases
agradables para otros, sino todo lo contrario. No faltará
alguien que
te diga que eres un inútil y te eche en cara todas tus
fallas; y habrá
quienes digan que leer o mirar tus obras no vale la pena, o que tus
esfuerzos de toda una vida no son nada más que basura, pero
tarde o
temprano desaparecerán de tu vida como una neblina.
¿Vas a creerles y
dirigir tu vida desde su perspectiva destructiva? ¡De ninguna
manera!
En realidad, nadie tiene cara
de tonto. ¡Ponen cara de tontos! Por eso, si crees que
estás poniendo
cara de tonto, imita un ejemplo diferente. Decídete a
modificar
cualquier estímulo negativo que estés enviando
con tus expresiones.
Porque lo importante no es ser un karateca por fuera, sino un karateca
por dentro. ¡Desarrolla la mirada observadora del
águila!
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